OPINIÓN
Infancia robada: el reclutamiento 2.0
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
En la edición de esta semana de Conciencia Pública, abordamos un tema que debería cimbrar los cimientos de nuestra comunidad: la desaparición de adolescentes en Jalisco. No estamos hablando simplemente de una cifra más en los reportes de seguridad; estamos hablando de una tragedia humanitaria que está fracturando el alma de cientos de familias jaliscienses.
La red criminal ha perfeccionado sus métodos para reclutar, someter y privar de libertad a nuestra juventud, utilizando no solo la fuerza bruta, sino trampas digitales sofisticadas bajo lo que nuestro colega, el periodista Jaime Barrera, ha llamado acertadamente «Reclutamiento 2.0».
El fenómeno no es nuevo, pero su mutación es alarmante. Lo que antes se perfilaba como una actividad dirigida a jóvenes adultos, hoy tiene como blanco predilecto a las infancias. Jalisco, desgraciadamente, ha asumido un liderazgo preocupante en el mapa nacional de desaparecidos, y un porcentaje devastador de este sector está compuesto por menores. Los datos son fríos y aterradores: de enero a julio, se reportaron 129 adolescentes sustraídos o ilocalizables. De ellos, más de 60 siguen sin aparecer. Esto significa que más del 40% de los menores que fueron arrancados de sus hogares en este periodo no han vuelto. Es una cifra que debería detener cualquier agenda política para centrarse exclusivamente en resolver este drama.
Como bien ha señalado Jaime Barrera en sus crónicas en El Informador, el crimen organizado apunta directamente a las infancias de Jalisco. Los utilizan para engrosar sus filas, privándolos de libertad mediante engaños laborales que resultan ser espejismos de bienestar. La mecánica es perversa: las organizaciones delictivas ya no esperan a que el joven busque el camino del mal; ellos lo crean a través de las redes sociales. Ofrecen sueldos de entre 20 y 30 mil pesos —cifras que para una familia en necesidad parecen una fortuna— bajo la fachada de puestos como guardias de seguridad o cortadores de agave.
El secretario de Seguridad, Juan Pablo Hernández, ha advertido sobre la evolución del perfil: el crimen ya no busca a jóvenes de 18 o 19 años. Ahora, el anzuelo se lanza a adolescentes de 13 a 17 años. Es la etapa de mayor vulnerabilidad, donde la identidad está en formación y la necesidad económica presiona con fuerza. Lo más dramático es la revictimización: los menores, bajo amenazas de muerte o daño a sus familias, son obligados a actuar como “reclutadores” de sus propios amigos y primos. Es un círculo vicioso de horror donde la víctima es obligada a convertirse en victimario.
Ante este panorama, la pregunta fundamental que debe hacerse la sociedad jalisciense es: ¿qué estamos haciendo? Es un tema que debería ocupar las portadas de todos los diarios, el centro de todas las conversaciones en las mesas de noticias y, sobre todo, la prioridad en la agenda de acción ciudadana. La indiferencia es el combustible de estos criminales. Si no logramos darle la trascendencia que merece, estamos condenando a nuestros jóvenes a participar en crímenes o a terminar en una fosa clandestina.
Indudablemente, la responsabilidad primaria es del Estado. Requerimos una respuesta institucional contundente: un gobierno efectivo, con capacidad de inteligencia real para desarticular estas redes antes de que la promesa de un empleo se convierta en una pesadilla irreparable. Necesitamos que se cumpla la ley y que la impunidad, ese cáncer que carcome nuestra justicia, sea extirpada. El gobierno de Jalisco ha implementado campañas de prevención, como «No es lo que parece» o «Alerta Joven», y trabaja en un marco legislativo para penalizar el reclutamiento de menores. Son pasos importantes, sí, pero insuficientes si no se acompañan de un cambio profundo en nuestra estructura social.
Aquí es donde entra la corresponsabilidad ciudadana. No podemos ser espectadores pasivos. Muchos de estos jóvenes caen en las redes del crimen porque buscan, con la inocencia propia de su edad, ayudar a sus familias ante carencias económicas. Son vulnerables porque tienen necesidades, y los criminales explotan esa necesidad con una precisión quirúrgica.
En este contexto de búsqueda de soluciones, tuve la oportunidad de conversar con José Ignacio Hurtado Pérez, un ciudadano preocupado por la realidad que vivimos. Él ha plasmado una propuesta valiosa en su libro “Descubre tu Potencial: Guía del Adolescente”. Con una premisa contundente —»Tu presente no define tu futuro, pero tus decisiones sí»—, Hurtado nos recuerda que la batalla por la juventud también es una batalla por la mente y el carácter. Este tipo de herramientas, junto con los programas de formación de valores impulsados por el secretario de Educación, Juan Carlos Flores, son fundamentales. La honestidad, la constancia y el sentido de responsabilidad no son conceptos abstractos; son el escudo más resistente contra las tentaciones del dinero fácil y la violencia.
Como sociedad, debemos fomentar que estos temas se discutan con seriedad en la familia. Necesitamos fortalecer la comunicación, no solo entre padres e hijos, sino entre organizaciones educativas, líderes religiosos y medios de comunicación. Si logramos construir una red donde el adolescente se sienta respaldado, valorado y con metas claras, será mucho más difícil para los reclutadores del crimen penetrar en su entorno.
No podemos permitir que el miedo se apodere de nosotros, pero sí debemos dejar que nos alerte. La lucha por nuestros jóvenes es la lucha por la supervivencia de nuestro tejido social. No dejemos que la indiferencia nos convierta en cómplices.
Debemos ir a la acción, a la prevención desde el hogar y a la exigencia de un gobierno que garantice la seguridad. En Conciencia Pública seguiremos señalando, investigando y alzando la voz. Porque mientras un solo adolescente siga ilocalizable, nuestra labor como periodistas y, sobre todo, como ciudadanos, no habrá terminado. Hagamos que nuestros jóvenes sean, de una vez por todas, nuestra prioridad absoluta. Es momento de pasar de la preocupación a la ocupación.





