EDUCACIÓN
¿Qué familia estamos construyendo? La visión de las juventudes sobre la imperfección y el cuidado generacional
Por Mairel Bueno Rocha:
Hablar de la familia es hablar de un espacio imperfecto. Es hablar de uno de los primeros lugares donde aprendemos a querer, confiar, discutir, perdonar, poner límites y relacionarnos con otras personas. Quizá por eso humanizar a la familia comienza por dejar de imaginarla como un lugar donde unos tienen todas las respuestas y otros solamente reciben lo que se les ofrece.
Pero también necesitamos reconocer que ninguna generación llega a la crianza con un manual perfecto. Nuestros abuelos y abuelas criaron con las herramientas de su tiempo; nuestros padres y madres hicieron lo mismo y nosotros probablemente también lo haremos. Algunas prácticas que hoy cuestionamos fueron consideradas normales durante décadas, mientras que otras representaron verdaderas revoluciones frente a las formas de crianza anteriores. Comprender esto no significa justificar violencia, abandono, abuso o aquello que vulnera la dignidad de una persona. Existen principios innegociables. Significa reconocer que comprender nuestra historia familiar puede ayudarnos a transformarla.
La juventud como fuerza transformadora
Las juventudes tienen mucho que aportar en esa transformación. Hoy cuentan con un lenguaje que generaciones anteriores no siempre tuvieron para hablar de emociones, límites, salud mental, relaciones, identidad y distintas formas de familia. Escucharlas es indispensable. La propia Convención sobre los Derechos del Niño establece el derecho de niñas, niños y adolescentes a expresar libremente su opinión sobre los asuntos que les afectan y a que esta sea considerada de acuerdo con su edad y madurez (Naciones Unidas, 1989).
Sin embargo, escuchar a las juventudes también puede abrir una conversación más profunda sobre la corresponsabilidad. Conforme crecemos y adquirimos autonomía, quizá también necesitamos preguntarnos: aquello que decimos no haber recibido, ¿sabemos ofrecerlo?
Si pedimos escucha, ¿escuchamos? Si queremos que nuestros límites sean respetados, ¿reconocemos los límites de los demás? Si reclamamos empatía, ¿intentamos comprender las circunstancias en las que nuestros padres aprendieron a ser padres? Si queremos comunicación, ¿estamos aprendiendo también a comunicar lo que sentimos sin lastimar?
Estas preguntas no buscan trasladar a los hijos la responsabilidad de aquello que correspondía a los adultos durante su infancia. La responsabilidad de crianza es clara; de hecho, la Convención reconoce que los padres o representantes legales tienen la responsabilidad primordial sobre la crianza y el desarrollo de niñas y niños (Naciones Unidas, 1989). La corresponsabilidad aparece de manera progresiva: cuando crecemos también adquirimos capacidad para decidir qué hacemos con nuestra historia y qué aportamos a nuestras relaciones.
Los padres pueden enseñar desde la experiencia, pero también pueden aprender de sus hijos. Las juventudes pueden cuestionar prácticas heredadas, pero también reconocer los esfuerzos y aprendizajes de quienes estuvieron antes. Los abuelos pueden transmitir memoria y, al mismo tiempo, descubrir nuevas formas de entender el mundo.
Humanizar a la familia tampoco significa romantizarla. En algunas historias existen heridas profundas que requieren distancia, límites e incluso intervención profesional. Reparar no siempre significa regresar a la relación que existía antes. A veces reparar significa reconocer lo sucedido, asumir responsabilidades y evitar que una herida continúe viajando de una generación a otra.
Tal vez ahí pueda nacer una verdadera conciencia social familiar: cuando dejamos de buscar únicamente quién tuvo la culpa y comenzamos también a preguntarnos qué podemos aprender y qué nos corresponde transformar.
Todos tenemos algo que reconocer, algo que aprender y probablemente algo que reparar. Nuestros padres también fueron hijos. Nuestros abuelos tuvieron miedos que quizá nunca pudieron nombrar. Y las juventudes que hoy cuestionan las formas anteriores de relacionarnos serán algún día la generación a la que otras juventudes harán nuevas preguntas.
Quizá humanizar la familia sea precisamente aceptar esa imperfección sin renunciar a mejorarla. No preguntarnos solamente qué familia recibimos, sino también qué familia estamos ayudando a construir. Porque una familia más humana no será aquella que nunca se equivoca, sino aquella que aprende a escuchar, reconocer, reparar y evolucionar sin perder algo esencial: la capacidad de cuidarse entre generaciones. ¿Qué sucedería si también entendiéramos a la familia como un espacio donde las generaciones pueden aprender unas de otras?
Referencias
Naciones Unidas. (1989). Convención sobre los Derechos del Niño. Asamblea General de las Naciones Unidas.
Opinión de las juventudes:
Lionel Escareño, 16 años, preparatoria
Si le preguntamos a cualquier mexicano qué es lo más valioso en su vida, lo más seguro es que responda con orgullo que su familia. Pero ¿de verdad sabemos qué es la familia? ¿O solo contestamos eso por costumbre? La cultura familiar en México está muy arraigada; sin embargo, pienso que ya olvidamos su verdadero significado.
No lo digo desde un pensamiento conservador, sino porque la familia ha pasado a un segundo plano, aunque sigamos afirmando que es lo más importante. En el estilo de vida actual tenemos en la mente mil cosas. Así como dice el refrán «todos los caminos llevan a Roma», en este caso todos nuestros esfuerzos parecen llevarnos a pensar en la familia, pero los enfocamos en lo material y nos olvidamos por completo del sentido real.
Ya no estamos siendo humanos, nos comportamos como máquinas que cumplen un horario y persiguen un objetivo. Es ahí donde perdemos el rumbo: la familia ha perdido su dimensión humana. Hoy en día actuamos sin empatía, sin amor a la vida, sin conciencia social y sin conciencia familiar.
Kraeven Osniel García Jiménez, 17 años, preparatoria
«Los nuevos ustedes» Que el hijo calle un segundo y el padre baje la voz; que ambos se miren de frente, sin corona ni disfraz. Somos la generación cruda que no traga en silencio, que alza el puño y el derecho donde antes solo hubo miedo. Escuchar también es lucha; ahí se gana o se pierde la paz.
Santiago Pérez, 16 años, preparatoria
La familia constituye la institución formadora por excelencia, mientras que la escuela complementa este proceso a través de la educación académica. Los valores, actitudes y pautas de comportamiento aprendidos en el hogar determinan directamente la manera en que el individuo se relaciona con el mundo exterior.
Por ello, en lugar de buscar culpables o estancarse en el reproche, el proceso de humanización exige asumir una postura de responsabilidad personal y compromiso consciente sobre las propias acciones.
Max Padilla, 17 años, preparatoria
Humanizar la familia es aprender y corregir, pero también escuchar. Es estar presente cuando algún integrante nos necesite y crear confianza para hablar sin miedo a ser juzgados. Es hablar con respeto y expresar lo que sentimos, porque las emociones también nos hacen humanos. Ser una figura de autoridad no significa ocultar emociones ni aparentar ser siempre fuertes. También significa aceptar nuestros errores, aprender de ellos y entender que todos, padres e hijos, necesitamos apoyo y comprensión.
Saory Alejandra Sandoval, 17 años, preparatoria
Para mí, humanizar la familia significa hacer que sea un lugar donde todos podamos sentirnos queridos, escuchados y apoyados. A veces podemos tener problemas o diferencias, pero creo que lo importante es aprender a hablar y entendernos. Mi familia es importante porque de ella aprendo muchas cosas y sé que puedo contar con ellos en momentos buenos y malos. Por eso, pienso que humanizar la familia también es valorar a cada persona y demostrar cariño, respeto y comprensión.
Roxana Najar, 16 años, preparatoria
La familia representa mucho más que un vínculo; es el lugar donde comienza nuestra formación como seres humanos. Es ahí donde una palabra puede sanar, un abrazo puede dar fuerza y un consejo puede cambiar nuestra manera de ver la vida. Humanizar la familia significa aprender a mirar más allá de los errores, escuchar sin juzgar y acompañar incluso cuando no tenemos las respuestas. Creo que una familia verdaderamente humana no es la que nunca tiene problemas, sino la que, a pesar de ellos, elige permanecer, comprender, analizar y crecer unida. Al final, los grandes logros pueden abrirnos puertas, pero son los valores que aprendemos en casa los que nos enseñan qué hacer cuando las cruzamos.
Ximena Jiménez, 17 años, preparatoria
La palabra humanizar, como su nombre lo dice, es ser humano: actuar como un ser pensante o desde tus sentimientos y alma. Entonces, ¿por qué dejamos de ser humanos con las personas que nos dieron en algún punto de la vida cariño, amor, felicidad y respeto? Debemos darles la atención que merecen y no solo culparlos por lo que tenemos o por lo que nos pasa, sino poner los pies en la tierra y empezar a hacernos responsables sobre nuestra propia vida.
Nancy Sofía Preciado, 17 años, preparatoria
Para mí, hablar sobre la humanización de la familia es un tema sensible, porque puede traer recuerdos difíciles de la infancia. Entiendo humanizar a la familia como reconocer que nuestros familiares son personas con sentimientos, experiencias, errores, dificultades y una historia que influye en su forma de actuar. Esto no significa justificar acciones negativas, sino intentar comprenderlas desde la empatía. La familia influye mucho en nuestra formación, ya que desde pequeños aprendemos de nuestros padres, abuelos y demás familiares valores, ideas y formas de ver el mundo. También nuestros padres fueron formados por sus propias familias y, muchas veces, buscan no repetir lo que vivieron para darles algo mejor a sus hijos. Aunque algunas personas crezcan en familias con situaciones difíciles, esas experiencias también pueden llevarlas a querer cambiar y no repetir la historia. Por eso, considero que la familia influye en quienes somos, pero no determina completamente quiénes seremos, porque al crecer podemos cuestionar lo aprendido, formar nuestro propio criterio y decidir qué queremos conservar o cambiar.
Donovan Aceves, 17 años, preparatoria
Para mí la familia, como primera y más esencial institución de excelencia, no se sostiene únicamente por normas, jerarquías o logros externos, sino por la calidez, la escucha atenta y el amor que se comparte cada día. Humanizarla significa dejar de verla como un modelo perfecto e inalcanzable para reconocerla como un espacio vivo, lleno de luces y sombras, donde cada miembro, con sus virtudes y sus límites, es acogido tal cual es. Excelencia familiar no es no cometer errores, sino saber pedir perdón, tender la mano, celebrar los pequeños avances y acompañar en las dificultades sin juzgar, transformando el hogar en un refugio seguro donde todos aprenden, crecen y se sienten valiosos por el simple hecho de existir. Así, la verdadera excelencia de la familia reside en su capacidad de ser deeply humana: imperfecta, cálida, solidaria y siempre dispuesta a reconstruirse con ternura.
Víctor Gómez, 17 años, preparatoria
Humanizar a la familia significa reducir el juicio hacia ellos; es comprenderlos, entender sus motivos y perdonar los errores que cometieron. Implica tratarlos por lo que son: nuestra familia, sí, pero, ante todo, seres humanos. No le exigíamos perfección a nuestra familia cuando nosotros tampoco lo somos. Consigamos una mayor empatía con las personas que nos vieron crecer y aprender. Porque a ellos sí les debemos la vida.
Ramón Ávila, 17 años, preparatoria
El humanizar la familia para mí significa concientizarnos nosotros mismos de todo lo que una vez se nos enseñó en casa y que ahora reforzamos en la preparatoria, que es como nuestro segundo hogar. Todos nuestros valores y enseñanzas que nos transmitieron nuestros papás, así sea a base de puro cinturón, es la manera en que algunos necesitamos formarnos para poder saber realmente qué tan importante es el valor que tenemos todos y cada uno de nosotros. Porque hasta que ya estamos en el hoyo, por fin vemos cuánta razón tenían nuestros padres y cuánto nos servía todo lo que nos decían o corregían, y ahí es cuando por fin comenzamos a construir como humanos: ellos nos formaron, nosotros construimos.
Juan García, 16 años, preparatoria
En un mundo que avanza a la velocidad del algoritmo, humanizar se ha convertido en el verbo más urgente de nuestra época. No se trata solo de ser amables o mostrar empatía en redes sociales; es un llamado visceral a recuperar la calidez, la imperfección y la reconexión genuina en la tecnología, las empresas y nuestras relaciones diarias antes de que la inercia digital nos vuelva irreconocibles.
José González, 16 años, preparatoria
Humanizar a la familia significa reconocer que cada persona tiene valor, sentimientos y una forma única de ver el mundo. Desde una perspectiva filosófica, la familia es uno de los primeros espacios donde aprendemos qué significa ser humanos: amar, respetar, escuchar y convivir con los demás. Una familia de excelencia no busca la perfección, sino construir relaciones basadas en la comprensión y la empatía. Al final, humanizar la familia es entender que crecer como persona también significa ayudar a los demás a crecer.
Marco Chávez, 17 años, preparatoria
Para mí, humanizar la familia significa entender que no somos perfectos y que todos tenemos diferentes formas de pensar, sentir y ver la vida. La familia no solo debería ser un lugar donde se ponen reglas, sino también un espacio donde podamos ser nosotros mismos, hablar de lo que sentimos y saber que alguien nos va a escuchar. Creo que cuando aprendemos a respetarnos y a entender a los demás, la familia se vuelve más humana, porque al final no se trata de tener una familia perfecta, sino de aprender a convivir y crecer juntos.
Carlos Loera, 17 años, preparatoria
Cuando no eres feliz, no dices nada, porque cuando ves las estrellas, ves el camino. La noche es bonita. La familia también tiene noches.


