OPINIÓN
La lista y la libertad
Por Violeta Moreno Haro
La libertad de expresión suele ser cómoda mientras lo que se expresa coincide con nosotros. La verdadera prueba comienza cuando alguien dice algo que molesta, cuestiona o contradice al poder.
La polémica reciente por la exhibición de nombres de periodistas, medios y actores políticos críticos de la llamada Cuarta Transformación, dentro del espacio oficial Derecho de Réplica, abrió una discusión necesaria. Desde el gobierno se sostiene que no se trata de una “lista negra”, sino de ejemplos para señalar información que consideran falsa o manipulada. Del otro lado, periodistas y opositores advierten que exhibir a personas desde el aparato del Estado puede convertirse en una forma de presión.
Vale la pena escuchar ambos argumentos.
Por supuesto que ningún periodista tiene derecho a mentir deliberadamente. La libertad de expresión no significa libertad para fabricar hechos, difamar o abandonar el rigor. Quienes ejercemos el periodismo tenemos una enorme responsabilidad frente a nuestras audiencias.
Y el gobierno tiene derecho a aclarar información incorrecta y la obligación de proporcionar datos.
El problema es que un periodista y el Estado no tienen el mismo poder.
Un periodista puede publicar una columna equivocada y debe responder por ella. Un gobierno, en cambio, dispone de presupuesto, instituciones, tribunas oficiales, áreas jurídicas y una capacidad de comunicación muy superior. Por eso, cuando desde el poder se individualiza a periodistas críticos, resulta legítimo preguntar dónde termina la réplica y dónde comienza la intimidación.
El derecho de réplica debe existir, desde luego, pero tendría que funcionar para todos y no convertirse en un privilegio del poder.
Y hay algo todavía más importante.
Un gobierno puede aclarar, explicar y desmentir cuando sea necesario. Pero tampoco tendría que defender su imagen todos los días si la realidad estuviera haciendo suficientemente bien ese trabajo.
Porque existe una forma de comunicación política mucho más poderosa que cualquier conferencia, lista o desmentido: la vida cotidiana de los ciudadanos.
Si usted, amable lector, sale de su casa sintiéndose seguro; si su sueldo le alcanza; si encuentra medicamentos cuando los necesita; si sus hijos tienen oportunidades; si puede trabajar, emprender y regresar tranquilo a su hogar, entonces la imagen del gobierno sería prácticamente indestructible.
No porque los periodistas hablaran bien de él.
Sino porque millones de mexicanos podrían decir: A mí me está yendo bien.
Y contra esa percepción difícilmente podría una columna construir una narrativa.
Quizá, entonces, el poder debería preocuparse menos por quién escribió una crítica y más por preguntarse por qué esa crítica encuentra eco entre la gente.
Los periodistas debemos responder por nuestras palabras.
Los gobiernos, por sus resultados.
Y cuando el poder comienza a llevar la cuenta de quién lo critica, aunque asegure que solo pone “ejemplos”, la discusión deja de ser únicamente sobre periodistas.
Empieza a ser sobre la libertad de todos.





