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El voto de castigo que frenó la continuidad de Petro en Colombia

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Derrota de Cepeda y el triunfo de la derecha con Abelardo «El Tigre» De La Espriella

Opinión, por el dr. Juan Raúl Gutiérrez Zaragoza

El viernes pasado todo transcurría con normalidad al final de la clase del posdoctorado en Metodología de la Investigación Crítica, que se imparte en el Instituto de Pensamiento y Cultura Latinoamericana, fundado por el recordado doctor Hugo Zemelman Merino y dirigido actualmente por la doctora Estela Quintar.

A manera de despedida, felicité a estudiantes de Colombia, con quienes comparto el aula, por las recientes elecciones presidenciales de ese país hermano. Sin embargo, dos de mis queridas compañeras no tomaron a bien la felicitación y se suscitó un diálogo en el que expusieron las razones de su malestar.

Acto seguido, nuestra coordinadora planteó la posibilidad de realizar, la siguiente semana, un análisis coyuntural de esa elección, teniendo siempre presente al sujeto histórico. Los tres involucrados aceptamos la propuesta.

Por lo que significa en términos de hermandad latinoamericana, me parece pertinente compartir con ustedes, amables lectores, algunos de mis argumentos sobre las razones que llevaron a la derrota de Iván Cepeda, candidato del actual presidente Gustavo Petro.

Voy al punto. La derrota del candidato oficialista, Iván Cepeda Castro, frente al líder de la ultraderecha, Abelardo «El Tigre» De La Espriella, en la segunda vuelta presidencial, cerró uno de los capítulos electorales más polarizados en la historia reciente de Colombia.

Aunque las encuestas de la primera vuelta proyectaban un escenario favorable para la continuidad del Pacto Histórico, el veredicto definitivo del Consejo Nacional Electoral (CNE) ratificó la victoria de De La Espriella con 12 millones 960 mil 166 votos (49,66%), frente a los 12 millones 708 mil 312 votos (48,70%) obtenidos por Cepeda. El estrecho margen de apenas 251 mil 854 sufragios confirma un país fracturado en dos mitades ideológicas prácticamente idénticas.

El fracaso de la candidatura de Cepeda obedeció, grosso modo, a dos factores: una campaña aburrida y el voto de castigo estructural y acumulativo contra el legado de la administración saliente de Gustavo Petro.

Veamos. La principal bandera de la izquierda colombiana, sintetizada en el Plan de Desarrollo Colombia, Potencia Mundial de la Vida y en la estrategia de Paz Total, sufrió un cortocircuito con la realidad del ciudadano de a pie.

Durante la campaña, Iván Cepeda se vio obligado a defender un modelo de pacificación que, para amplios sectores de la opinión pública, había fracasado. Los ceses al fuego bilaterales decretados por la administración saliente fueron percibidos como ventanas de oportunidad que permitieron la expansión criminal y territorial del ELN y de las disidencias de las FARC, lo que se tradujo en un elevado costo: un vacío de autoridad.

Por otra parte, se asfixió a las clases productivas. El repunte agresivo de delitos de alto impacto, como la extorsión —las llamadas «vacunas»— al comercio, al agro y al transporte logístico, alejó a las clases medias y empresariales, que asociaron la retórica humanitaria de Cepeda con una preocupante debilidad del Estado en materia de orden público. Esto facilitó el ascenso de la narrativa de «mano dura» y de las megacárceles propuesta por De La Espriella.

Es innegable que este país sufre una crisis económica autoinfligida y, si a ello sumamos la parálisis del sector constructor, era de esperarse que el bolsillo de los colombianos fuera el argumento de mayor peso en las urnas. La desaceleración económica y la incertidumbre regulatoria pasaron una factura fiscal y laboral directa al candidato oficialista.

Abundo. Se desplomó la Vivienda de Interés Social (VIS). La parálisis en la construcción —que registró caídas históricas de hasta 55,7% en el inicio de obras debido a la reconfiguración y desfinanciación de los subsidios gubernamentales— destruyó miles de empleos de mano de obra no calificada. Cepeda no logró desligarse de la responsabilidad de haber frenado uno de los motores más dinámicos de la economía formal e informal.

Traigo también a cuento la amenaza de la pérdida de soberanía energética. La defensa dogmática de detener la firma de nuevos contratos de exploración de hidrocarburos derivó en un pánico económico real. El informe oficial de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), que confirmó que el país solo cuenta con 5,9 años de autosuficiencia en gas, transformó una propuesta ambientalista abstracta en una amenaza tangible de aumento de tarifas y desabasto energético para los hogares, empujando al electorado hacia la propuesta de apertura minero-energética de la oposición.

Un ojo al sistema de salud y a la intervención estatal. El manejo de la salud pública se convirtió en el ejemplo predilecto de la oposición para ilustrar los riesgos de la gestión del Pacto Histórico.

El congelamiento en el incremento de la Unidad de Pago por Capitación (UPC), por parte del gobierno, generó una crisis de insolvencia médica que forzó la intervención de las principales Entidades Promotoras de Salud del país, como Sanitas y Compensar.

La campaña de Cepeda no logró convencer a los votantes de las bondades del modelo predictivo estatal operado por la Administradora de los Recursos del Sistema General de Seguridad Social en Salud (ADRES). Por el contrario, la opinión pública asimiló la reforma como un regreso al ineficiente monopolio estatal del antiguo Seguro Social, provocando el temor a la desatención médica en enfermedades de alta complejidad.

En otro orden de ideas, Iván Cepeda encarnaba la continuidad de una burocracia caracterizada por su inestabilidad y baja ejecución presupuestal. Los constantes cambios en los ministerios de la administración saliente impidieron consolidar equipos técnicos capaces de materializar las promesas de la «Potencia de la Vida».

Los informes de la Contraloría de Colombia denunciaban la congelación de billones de pesos en cuentas estatales, en lugar de invertirse en obras viales o en la entrega de tierras. Al conocerse estos datos, se debilitó la tesis de Cepeda, según la cual el Estado requería un mayor control centralizado. El electorado castigó la paradoja de un gobierno que exigía más impuestos, pero demostraba una bajísima capacidad para ejecutarlos en las regiones.

Echemos un vistazo al territorio, donde el mapa electoral evidenció un patrón sociopolítico infranqueable para el Pacto Histórico.

El análisis territorial de la Registraduría demostró que las zonas andinas, urbanas y de mayor dinamismo empresarial del país —menos golpeadas por el conflicto abierto, pero severamente afectadas por la desaceleración económica y la incertidumbre fiscal— castigaron de manera masiva el proyecto de continuidad.

El factor Trump. El respaldo directo e inédito del presidente estadounidense Donald Trump a la campaña de Abelardo De La Espriella funcionó como un potente catalizador de legitimidad para el candidato de ultraderecha entre los sectores conservadores y defensores de la inversión extranjera. Aunque Cepeda denunció este hecho como una intromisión indebida en la soberanía nacional, el efecto neto blindó la opción de cambio tanto en los mercados como entre los votantes anticomunistas.

Pongámoslo así: más de 426 mil ciudadanos optaron por registrar su descontento mediante opciones alternativas en el tarjetón —como el voto por candidaturas menores o no reconocidas— o mediante el voto en blanco. En una contienda que se definió por apenas 251 mil votos, este porcentaje de electores, que rechazó la polarización, pero se negó a respaldar al oficialismo, terminó por sepultar las posibilidades de victoria de Cepeda.

El efecto Petro. A estas alturas vemos que resultó más un pasivo que un activo. Este punto merece un análisis más amplio, que ya no puedo desarrollar en este espacio.

A pesar de las acusaciones iniciales de fraude y de las tensiones del escrutinio impulsadas desde la Casa de Nariño, Iván Cepeda demostró responsabilidad democrática al reconocer de manera madura la victoria de su oponente. Al aceptar la derrota, reconoció implícitamente que su coalición no logró renovar la confianza mayoritaria del país.

Finalmente, la pérdida de la Presidencia repliega al Pacto Histórico a su papel tradicional: el Legislativo. Al ostentar el derecho a una curul en el Senado por haber ocupado el segundo lugar, Cepeda se perfila como el jefe natural de una oposición unificada, robusta y con capacidad de veto en el Congreso.

Desde allí buscará defender los remanentes de las reformas sociales y ambientales frente al anunciado modelo de privatización y desregulación energética que asumirá el poder el próximo 7 de agosto.

Próxima parada: Brasil.

El autor es doctor en Derecho por la Universidad Panamericana.


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