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El Mundial que devolvió la ilusión y el reencuentro de México con su Selección
Por Diego Morales Heredia
Durante varios minutos nadie se movió de su lugar. En el Estadio Ciudad de México, miles de aficionados permanecían de pie mirando hacia la cancha, mientras los futbolistas mexicanos se abrazaban entre lágrimas. La escena se repetía, casi al mismo tiempo, en la Minerva de Guadalajara, en el Zócalo capitalino, en plazas públicas, restaurantes y salas de todo el país.
México acababa de ser eliminado del Mundial de 2026 después de caer 3-2 frente a Inglaterra. Sin embargo, aquella noche ocurrió algo que no se había visto en mucho tiempo: el aplauso terminó imponiéndose al reproche.
La Selección Nacional volvía a casa antes de lo que soñaba una afición que durante semanas imaginó lo imposible. Pero, por primera vez en muchos años, la eliminación no dejó una sensación de fracaso. Dejó orgullo. En el imaginario colectivo quedó instalada la idea de que este equipo había cumplido. No porque hubiera conquistado la Copa del Mundo ni porque rompiera la barrera de los cuartos de final que tanto persigue el futbol mexicano, sino porque devolvió algo que parecía extraviado desde hacía demasiado tiempo: la cercanía entre la Selección y su gente.
Esa fue, quizá, la mayor victoria del Mundial.
Porque el camino comenzó mucho antes del silbatazo inicial. México llegaba al torneo rodeado de dudas. La eliminación en Qatar todavía pesaba sobre la memoria de los aficionados; el proyecto deportivo parecía reconstruirse, una vez más, desde sus cimientos, y Javier Aguirre asumía, por tercera ocasión, la responsabilidad de dirigir al representativo nacional. Muchos veían en el «Vasco» una solución de emergencia; pocos imaginaban que terminaría construyendo uno de los equipos más identificables de los últimos años.
Aguirre entendió desde el primer día que no bastaba con elegir a los mejores futbolistas. Había que recuperar algo más profundo: el sentido de pertenencia. Su concentración previa no se limitó al trabajo táctico. Formó un grupo unido, convencido de competir, consciente de que el Mundial en casa exigía mucho más que buen futbol. El resultado fue una selección disciplinada, solidaria y con una identidad que durante mucho tiempo pareció perdida.
Las respuestas comenzaron a aparecer desde el arco. La lesión de Luis Ángel Malagón obligó a modificar el plan cuando el torneo estaba por comenzar. La responsabilidad cayó sobre Raúl «Tala» Rangel, un guardameta que llegaba acompañado de las dudas propias de quien sustituye al portero que apuntaba a ser titular y bajo la inevitable comparación con Guillermo Ochoa. Terminó convirtiéndose en una de las certezas del equipo.
Seguro bajo los tres palos, sobrio en los momentos de mayor presión y con personalidad para asumir el escenario más importante de su carrera, confirmó que el relevo generacional en la portería finalmente había llegado. Ochoa, por su parte, recibió los minutos de homenaje que una trayectoria irrepetible merecía, cerrando con dignidad una historia que marcó a toda una generación.
En defensa también quedaron conclusiones importantes. Johan Vásquez dejó de ser únicamente un mexicano consolidado en Europa para convertirse en el auténtico líder de la zaga nacional. Su personalidad, capacidad para anticipar y liderazgo silencioso sostuvieron a un equipo que encontró en él uno de sus principales pilares.
César Montes cumplió, aunque sin alcanzar el protagonismo que muchos esperaban. Distinto fue el caso de Edson Álvarez. Llegó sin el ritmo competitivo ideal y esa falta de continuidad terminó reflejándose durante el torneo. Sin alcanzar el nivel que suele mostrar en el futbol europeo, fue uno de los futbolistas que más quedó a deber. Jorge Sánchez ofreció actuaciones correctas y Jesús Gallardo volvió a demostrar que pocas veces deslumbra, pero casi siempre responde.
El mediocampo terminó revelando algunas de las mejores noticias del Mundial. Erick Lira confirmó que está listo para dar el salto al futbol europeo. Su capacidad para recuperar balones, ordenar el juego y sostener el equilibrio del equipo lo convirtieron en uno de los hombres de mayor regularidad durante el torneo.
Junto a él apareció el rostro del futuro. Gilberto Mora llegó al Mundial como una promesa y salió convertido en una realidad. Nunca desentonó, jamás pareció intimidado por el escenario y mostró una madurez impropia de su edad. Más que descubrir a un futbolista, México encontró a uno de los líderes de la siguiente generación.
Luis Romo también sorprendió. Pocos imaginaban que tendría tanto protagonismo dentro del esquema de Aguirre, pero terminó respondiendo con experiencia, equilibrio e incluso con un gol que justificó plenamente la confianza del cuerpo técnico.
No todos lograron aprovechar la oportunidad. Álvaro Fidalgo nunca encontró el protagonismo que muchos esperaban. Brian Gutiérrez dejó la impresión de jugar condicionado por el peso del escenario. Y, mientras Guillermo «Memote» Martínez no consiguió justificar plenamente su convocatoria, quedó la sensación de que Armando «Hormiga» González merecía muchos más minutos para demostrar el talento que lo llevó hasta la Selección.
Hubo, además, futbolistas cuyo aporte difícilmente podrá medirse en estadísticas. Roberto «Piojo» Alvarado fue uno de ellos. Su sacrificio, disciplina táctica y generosidad para jugar siempre al servicio del colectivo terminaron convirtiéndolo en uno de los hombres de mayor confianza para Aguirre. En un Mundial donde el equipo estuvo por encima de las individualidades, el «Piojo» representó mejor que nadie esa filosofía.
En el ataque reaparecieron los referentes. Raúl Jiménez consiguió, por fin, marcar en una Copa del Mundo y terminó consolidándose como el mejor centrodelantero mexicano de su generación. Sus goles, liderazgo y experiencia volvieron a hacerlo indispensable cuando el equipo más lo necesitaba.
Pero, si hubo un futbolista que terminó conquistando al país, fue Julián Quiñones. Antes del torneo todavía existían voces que cuestionaban su lugar en la Selección. Cuatro goles después, esas dudas desaparecieron por completo. Su potencia, movilidad y determinación lo convirtieron en la gran figura mexicana del Mundial. Más allá de los números, Quiñones logró algo todavía más importante: volvió a ilusionar a millones de aficionados que hacía mucho tiempo no encontraban un nuevo ídolo con la camiseta nacional.
Claro que no todo fue perfecto. La eliminación frente a Inglaterra dejó una decisión que probablemente seguirá discutiéndose durante años. Cuando México necesitaba ir con todo en busca del empate, Javier Aguirre decidió retirar del campo precisamente a Quiñones, el futbolista más desequilibrante del equipo y la gran figura del torneo. Para buena parte de la afición, ese cambio marcó el punto de quiebre del partido y abrió un debate que difícilmente desaparecerá: si el «Vasco» fue demasiado conservador en el momento más importante del Mundial.
Pero reducir el legado de Aguirre a una sustitución sería profundamente injusto. Su mayor obra no fue táctica. Fue emocional. Consiguió que México volviera a creer.
Los estadios lucieron llenos. Las plazas públicas recuperaron una imagen que parecía olvidada. La Minerva volvió a convertirse en punto de encuentro. Miles de familias se reunieron frente a una pantalla para compartir noventa minutos de esperanza. Durante semanas, el país volvió a sentirse unido alrededor de una camiseta verde. Hacía mucho tiempo que la Selección no generaba esa cercanía con la gente.
Por eso la derrota frente a Inglaterra dolió tanto. Porque existía la sensación real de que este equipo podía seguir avanzando. Pero también por eso el aplauso terminó siendo más fuerte que el enojo. La afición entendió que había un proyecto, una identidad y un grupo que había dejado absolutamente todo dentro de la cancha.
Quizá esa sea la mejor herencia que Javier Aguirre deja al futbol mexicano. No únicamente un Mundial competitivo, sino una base sólida para el futuro.
Rafael Márquez recibe una Selección con identidad, una columna vertebral consolidada y una generación que ilusiona. Gilberto Mora, Erick Lira, Obed Vargas, Mateo Chávez y Armando «Hormiga» González representan el comienzo de un nuevo ciclo que apunta hacia el Mundial de 2030.
Cuando pasen los años, Javier Aguirre será recordado como el único entrenador mexicano que dirigió tres Copas del Mundo: Corea-Japón 2002, Sudáfrica 2010 y México-Estados Unidos-Canadá 2026. Las estadísticas dirán hasta dónde llegó en cada una de ellas. Pero el futbol rara vez se explica únicamente con números.
Hay procesos que se miden de otra manera. Se miden en la confianza recuperada. En los estadios llenos. En las plazas públicas abarrotadas. En los niños que volvieron a ponerse la camiseta de la Selección. En los aplausos que acompañaron una derrota. En la sensación colectiva de que, por primera vez en muchos años, México volvió a reconocerse en el equipo que lo representaba.
Porque la Copa del Mundo no terminó con un título. Pero sí con algo que también parecía imposible: la reconciliación entre la Selección Mexicana y su afición.



