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La oportunidad de una generación; el Mundial de la esperanza mexicana
Opinión, por Diego Morales Heredia
México volvió a ganar. Dos partidos, dos triunfos y el boleto asegurado a los dieciseisavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. El resultado es inobjetable. El funcionamiento en campo, en cambio, sigue dejando preguntas abiertas.
La Selección Mexicana no ha deslumbrado. Ante Sudáfrica mostró orden y contundencia; frente a Corea del Sur sufrió por momentos, cedió la iniciativa y necesitó de una atajada decisiva para conservar la ventaja. Sin embargo, los Mundiales rara vez premian al equipo que mejor juega en la fase de grupos. Premian a los equipos que saben competir, que entienden el peso de cada partido y que encuentran la forma de ganar aun cuando no atraviesan su mejor momento futbolístico.
Y esa parece ser, hasta ahora, la principal virtud del equipo dirigido por Javier Aguirre. México no transmite la sensación de ser una selección arrolladora, pero sí la de ser un grupo unido. En la cancha se percibe un equipo solidario, comprometido y consciente de la oportunidad histórica que tiene enfrente. Hay una conexión entre jugadores, cuerpo técnico y afición que no siempre estuvo presente en procesos anteriores.
En ese escenario de luces y sombras, también han aparecido nombres propios que explican el paso perfecto del Tricolor. Raúl «Tala» Rangel se ha consolidado como una de las grandes revelaciones del torneo. Su intervención ante Corea del Sur, con una atajada decisiva en los minutos finales, confirmó la seguridad que transmite bajo los tres palos y recordó que las selecciones que aspiran a trascender suelen construir sus mejores historias desde la portería.
En ataque, Julián Quiñones se ha convertido en el futbolista más determinante del equipo. Su movilidad, capacidad para desequilibrar y sacrificio defensivo lo han transformado en el principal referente ofensivo de una selección que todavía busca su mejor versión futbolística. Más allá de los goles o las asistencias, Quiñones aporta algo difícil de cuantificar: la sensación de que cada vez que toca el balón puede cambiar el rumbo del partido.
Roberto Alvarado también ha sido un factor silencioso en el funcionamiento del equipo. Su despliegue, disciplina táctica y capacidad para aparecer en distintos sectores del campo le han dado equilibrio a una selección que necesita futbolistas capaces de interpretar distintos momentos del juego.
En el mediocampo, Erick Lira confirma que está listo para dar el salto al futbol europeo. Su lectura de juego, recuperación de balón y personalidad lo han convertido en una pieza indispensable del esquema de Javier Aguirre. A su lado, Edson Álvarez ejerce el liderazgo que se espera de un capitán mundialista: ordena, corrige, contagia intensidad y asume la responsabilidad en los momentos de mayor presión.
En defensa, Johan Vásquez aporta jerarquía. Su experiencia internacional y su capacidad para liderar la última línea le han dado estabilidad a un equipo que todavía busca consolidar una identidad futbolística.
Y quizá una de las señales más alentadoras esté fuera del once inicial. En el banquillo hay futbolistas que esperan su oportunidad sin generar ruido ni protagonismos innecesarios. En un torneo tan largo y exigente como este, la profundidad del plantel puede marcar la diferencia entre una buena actuación y una participación histórica.
Quizá por eso el entusiasmo ha desbordado las tribunas y las plazas públicas.
Las imágenes de los últimos días hablan por sí solas. Guadalajara convertida en una marea verde; la Glorieta Minerva repleta; el FIFA Fan Festival desbordado; miles de personas siguiendo los partidos desde plazas comerciales, restaurantes y espacios públicos. Lo mismo ocurre en la Ciudad de México, Monterrey y decenas de ciudades del país.
Por noventa minutos desaparecen las rivalidades. No importan las camisetas de Chivas, Atlas, América, Tigres, Cruz Azul o Pumas. El único escudo que importa es el de la Selección Mexicana. El futbol logra lo que pocas cosas consiguen en México: unir a millones de personas bajo una misma emoción.
Ahora, el equipo nacional tiene por delante un desafío que ninguna generación anterior ha conseguido superar. México nunca ha ganado sus tres partidos de la fase de grupos en una Copa del Mundo. El encuentro frente a Chequia, de locales, en el Azteca, representa la oportunidad de romper esa barrera y llegar a la fase definitiva con paso perfecto.
Pero el verdadero reto va más allá de una marca estadística.
La historia del futbol mexicano en los Mundiales ha estado marcada por un límite muy claro: los cuartos de final alcanzados en 1970 y 1986, ambas ocasiones con el impulso de jugar en casa. Desde entonces, ninguna selección ha logrado superar ese techo.
Cuarenta años después, y tras varios fracasos, entre ellos el quedarse en fase de grupos en el último Mundial en Qatar 2022, el destino vuelve a colocar a México frente a una posibilidad irrepetible.
La localía, el nuevo formato del torneo, el respaldo incondicional de la afición y el ambiente que se vive en todo el país han creado un escenario único. Pocas veces una selección mexicana había llegado a un Mundial con tantas condiciones a favor para aspirar a la mejor actuación de su historia.
Queda mucho camino por recorrer y la exigencia crecerá con cada partido. Pero, por primera vez en mucho tiempo, la conversación no gira en torno a si México avanzará de ronda, sino hasta dónde puede llegar.
Hay algo especialmente emocionante en recorrer las calles del país durante estos días y encontrar camisetas de la Selección Mexicana por todas partes. En las oficinas, en las escuelas, en el transporte público, en los restaurantes y en las plazas. Familias enteras, niños, adultos mayores y jóvenes portan con orgullo la playera verde como una forma de sentirse parte de algo más grande que un partido de futbol.
La ilusión está de vuelta. Y en un Mundial jugado en casa, eso ya es una victoria.




