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OPINIÓN

La paz también se aprende festejando

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Opinión, por Violeta Moreno Haro

México lleva demasiados años hablando de violencia como si fuera destino. Nos hemos acostumbrado a mirar al país a través de sus heridas: las personas desaparecidas, las comunidades afectadas por el miedo, las familias que viven con preocupación constante. Sin embargo, ningún país puede avanzar si solo se reconoce desde el dolor.

Por eso el Mundial puede representar mucho más que futbol. Puede ser una oportunidad para fortalecer una energía distinta: una en la que ciudadanía y autoridades comprendan que la paz no se impone, se construye día a día; no se anuncia, se practica. Además de la seguridad, también necesita calles llenas de vida, familias reunidas, niñas y niños jugando, comercios activos y espacios públicos ocupados por la convivencia y la alegría.

Cuando una ciudad se prepara para recibir al mundo, no solo mejora estadios o vialidades. También impulsa una mejor coordinación en seguridad, movilidad, servicios, turismo, protección civil y atención ciudadana. Ahí surge una enseñanza valiosa: instituciones trabajando con responsabilidad y personas participando con respeto y compromiso. Porque la paz no depende de una sola autoridad; se vuelve posible cuando todas y todos contribuimos a cuidarla.

Durante años, muchas comunidades mexicanas han enfrentado momentos difíciles. No solo por la violencia directa, sino también por el desgaste emocional que provoca la incertidumbre. Por eso, los espacios de encuentro y festejo también pueden ayudar a sanar. No como una forma de ignorar los problemas, sino como una oportunidad para recuperar el ánimo colectivo y recordar que este país tiene una enorme capacidad de ser resiliente y salir adelante.

El futbol tiene una cualidad especial: reúne generaciones, barrios, familias, amistades y personas que quizá nunca se habían encontrado. Durante noventa minutos, millones comparten una misma emoción. Y eso, acompañado por autoridades responsables y una ciudadanía consciente, puede convertirse en una experiencia que fortalezca la convivencia y la confianza.

La paz que México necesita no llegará únicamente a través de grandes discursos. También puede comenzar en una plaza llena de familias, en una niña o un niño con la playera de la Selección, en una ciudad que funciona mejor, en un comercio que prospera, en una calle bien iluminada, en una autoridad que escucha y previene, y en una ciudadanía que festeja con entusiasmo.

El verdadero desafío es que ese espíritu no termine cuando concluya el torneo. Que las lecciones aprendidas durante el Mundial permanezcan en las colonias, escuelas, parques y comunidades. Que la alegría compartida no sea algo excepcional, sino parte de nuestra vida cotidiana. Que la seguridad no sea una medida temporal, sino una forma constante de construir bienestar.

México necesita recuperar algo muy profundo: la paz interior de su gente. No para olvidar el dolor, sino para no permitir que defina por completo nuestro presente. La paz también se fortalece cuando volvemos a convivir con confianza, a disfrutar los espacios públicos y a recordar que la vida en comunidad puede ser amable, ordenada y esperanzadora.

Si autoridades y ciudadanía trabajan juntas con ese propósito, el Mundial puede dejar una herencia más profunda que los partidos: la convicción de que México puede seguir sanando, organizándose y construyendo paz.


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