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OPINIÓN

La revolución de la IA: Economía de la abundancia

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Existe una idea tan antigua como la propia economía y tan aceptada que rara vez nos detenemos a cuestionarla: la riqueza surge de administrar recursos escasos. Desde Adam Smith hasta nuestros días, prácticamente toda la teoría económica ha intentado responder la misma pregunta: ¿cómo asignar de la mejor manera aquello que no alcanza para todos? La tierra era escasa; después lo fueron el capital, la energía, el trabajo especializado y el conocimiento. Cada revolución económica modificó la forma en que producíamos riqueza porque alteró aquello que las sociedades consideraban escaso.

La inteligencia artificial podría ser la primera innovación en mucho tiempo que no solo cambie la manera de producir, sino el concepto mismo de escasez sobre el que construimos buena parte de nuestra economía.

Durante siglos, el conocimiento fue uno de los activos más escasos que existían. Un médico acumulaba experiencia durante décadas. Un abogado dedicaba años a dominar el derecho. Un ingeniero resolvía problemas que la inmensa mayoría era incapaz de comprender. La especialización tenía un enorme valor económico precisamente porque muy pocas personas podían ofrecerla. La escasez del conocimiento explicaba el prestigio de las profesiones, justificaba largos procesos de formación y permitía que ciertas habilidades fueran excepcionalmente bien remuneradas.

La inteligencia artificial comienza a alterar esa lógica. No porque convierta a cualquier persona en médico, abogado o ingeniero de la noche a la mañana, sino porque reduce de manera drástica el costo de acceder a una parte del conocimiento que antes solo podía obtenerse después de años de estudio o mediante la consulta de un especialista. Nunca había sido tan sencillo redactar un contrato, interpretar un estado financiero, escribir código, traducir un texto o comprender un artículo científico con ayuda de una herramienta disponible desde un teléfono celular.

La discusión pública, sin embargo, parece atrapada en un debate mucho más superficial. Nos preguntamos si la inteligencia artificial eliminará empleos, si reemplazará a los profesionistas o si algún día será más inteligente que los seres humanos. Son preguntas legítimas, pero ninguna de ellas alcanza el verdadero alcance de la transformación que estamos viviendo. El cambio más profundo no consiste en que las máquinas respondan preguntas. Consiste en que el conocimiento, uno de los recursos históricamente más escasos, comienza a convertirse en un bien cada vez más accesible.

Y, cuando una escasez desaparece, la economía siempre se reorganiza.

La Revolución Industrial redujo la importancia de la fuerza física. Un hombre con una excavadora podía hacer el trabajo de cientos. Internet redujo el costo de acceder a la información. Hoy nadie necesita recorrer kilómetros para consultar una enciclopedia o una biblioteca. La inteligencia artificial parece estar haciendo algo semejante con la capacidad intelectual aplicada a cientos de actividades cotidianas. No elimina la necesidad de pensar, pero modifica profundamente el costo de producir determinadas respuestas.

Eso obliga a replantear una idea que durante décadas dimos por sentada: que el conocimiento era la principal ventaja competitiva de las personas y de las naciones.

Durante generaciones les dijimos a nuestros hijos que estudiar era el camino para diferenciarse. Y era cierto. En una economía donde el conocimiento era escaso, quien sabía más tenía mayores posibilidades de prosperar. Pero, si millones de personas comienzan a acceder a herramientas capaces de explicar, programar, traducir, analizar o redactar con una calidad creciente, entonces la ventaja competitiva deja de estar únicamente en acumular información. El valor comienza a desplazarse hacia otro lugar.

La pregunta ya no será quién sabe más. La pregunta será quién comprende mejor; quién ejerce un juicio más sólido; quién identifica un problema que nadie más había visto; quién es capaz de conectar ideas aparentemente inconexas y convertirlas en innovación. La inteligencia artificial abarata el acceso al conocimiento, pero no elimina la necesidad de criterio. De hecho, cuanto más abundantes sean las respuestas, más valiosa será la capacidad de distinguir cuáles merecen ser seguidas.

Esa transformación alcanza también a los países. Durante décadas medimos el desarrollo en función de la disponibilidad de recursos naturales, infraestructura o capital financiero. En los próximos años, la diferencia entre las economías más dinámicas y las más rezagadas dependerá cada vez más de su capacidad para incorporar inteligencia artificial a sus procesos productivos, formar talento capaz de trabajar con ella y desarrollar instituciones que aprovechen el incremento de productividad que promete esta tecnología.

Aquí aparece un riesgo que merece discutirse con mayor seriedad. Si bien el acceso al conocimiento tiende a democratizarse, la capacidad de desarrollar los modelos de inteligencia artificial más avanzados tiende a concentrarse. Entrenar un modelo de frontera requiere inversiones multimillonarias, enormes centros de datos, cantidades extraordinarias de energía, chips altamente especializados y equipos científicos que solo unas cuantas empresas y países pueden reunir. Paradójicamente, mientras el conocimiento se vuelve más accesible para millones de personas, la infraestructura que permite producir esa inteligencia parece concentrarse en muy pocas manos.

Ese no es únicamente un problema empresarial. Es un problema de economía política. Porque quien controle la infraestructura sobre la que funcionará buena parte de la productividad del siglo XXI tendrá una influencia extraordinaria sobre la economía global. La discusión no debería plantearse en términos de demonizar el éxito de esas empresas ni de impedir la innovación. La verdadera pregunta es cómo preservar un ecosistema donde nuevos competidores, nuevas universidades, nuevos centros de investigación y nuevos países puedan seguir participando en la construcción de esa infraestructura y no limitarse a consumirla.

Para México, esta no es una discusión futurista. Es una decisión de política pública. Si asumimos que la inteligencia artificial será tan importante como la electricidad o Internet, entonces la conversación deja de ser tecnológica y se convierte en educativa, económica e industrial. No se trata de construir el modelo más grande del mundo, sino de formar investigadores, fortalecer universidades, desarrollar capacidades propias y crear un entorno donde la inteligencia artificial incremente la productividad nacional en lugar de profundizar una dependencia tecnológica permanente.

Las grandes revoluciones económicas nunca modificaron únicamente las herramientas con las que trabajábamos. Cambiaron aquello que las sociedades consideraban valioso. Quizá la inteligencia artificial termine haciendo exactamente eso. Tal vez, dentro de algunos años, descubramos que la mayor transformación de nuestra época no fue haber construido máquinas capaces de responder preguntas, sino haber inaugurado una economía donde el conocimiento dejó de ser escaso y el criterio se convirtió en el recurso más valioso de todos.


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