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JALISCO

Chernóbil de Jalisco: El arte de cambiarle de nombre al desastre

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Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

Hay catástrofes que no necesitan reactor nuclear para irradiar su veneno. Basta con la complicidad del poder, la codicia de quienes construyen sueños sobre suelo barato y el silencio cómplice de autoridades que, como aquellos funcionarios soviéticos del 26 de abril de 1986, prefieren lavar las calles con polvo blanco antes que confesar a sus ciudadanos la magnitud real del desastre. Y cuando el desastre ya no puede ocultarse, basta entonces con cambiarle el nombre.

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, reconstruyó en Voces de Chernóbil la tragedia de quienes vivieron aquel horror desde adentro. No la tragedia técnica del reactor número cuatro, sino la humana: la esposa que corre al hospital a ver a su marido bombero y lo encuentra hinchado, irreconocible; los militares que patrullan con caretas mientras la gente compran pasteles en las tiendas como si nada; los funcionarios que advierten al primer miliciano que uno encuentra: «No os lo dirán; es un secreto de Estado».

Esa es la marca indeleble que nos heredó el siglo XX: no la explosión, sino la mentira administrada con calculada frialdad institucional. La radiación del silencio oficial mata más lento, pero mata igual.

Conviene recordar esto cuando uno recorre —aunque sea mentalmente— los pasillos desolados del fraccionamiento Lomas del Mirador, en Tlajomulco de Zúñiga, al sur de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Allí, en lo que iba a ser la etapa 15 de un desarrollo habitacional de la constructora Homex, mil doscientas viviendas quedaron en obra negra cuando la empresa se declaró en quiebra en 2015. 

Con el tiempo, los vecinos y los reporteros que se aventuraban a entrar le pusieron nombre propio: el Chernóbil mexicano. No por capricho ni por poesía oscura, sino porque el paisaje obligaba: edificios vandalizados, vegetación devorando lo que antes fueron ventanas, noches de balaceras, fosas clandestinas que los colectivos de madres buscadoras rastrean con la misma angustia con que aquellas esposas soviéticas buscaban a sus maridos entre los escombros del reactor.

El desastre de Tlajomulco no fue accidental. Fue diseñado. El urbanista Carlos Romero Sánchez, de la Universidad Panamericana en Guadalajara, lo ha dicho con precisión quirúrgica: el caso no debe entenderse únicamente como un fracaso inmobiliario, sino como el emblema de un modelo de ciudad que privilegió la especulación sobre las necesidades humanas. Suelo barato en la periferia, rentabilidad máxima para el desarrollador, cero servicios para el comprador. 

Miles de familias enviadas a vivir lejos del empleo, los hospitales y las escuelas, atadas a una ruta de camión —la 187— que va tan repleta que la gente invierte dos horas en llegar al centro. Tlajomulco acumula hoy 77 mil 709 viviendas deshabitadas, el mayor número de cualquier municipio en el país. Ese no es un accidente. Es el resultado de decisiones que alguien tomó, que alguien firmó y que alguien cobró.

Ana llegó hace dieciséis años con un crédito de Infonavit y la ilusión de un hogar. Le prometieron escuelas, comercios y seguridad. «Nunca hubo nada», dice hoy, con la parsimonia de quien ha repetido la misma frase frente a demasiados micrófonos. Tuvo que comprar una bomba e instalar un tinaco en el techo porque el agua no llegaba. Tuvo que abandonar su casa en 2012 por la delincuencia y regresar para encontrar más paracaidistas que vecinos. Ningún funcionario le ha dado una respuesta que no sean promesas futuras envueltas en comunicados de prensa.

Y aquí llega el tercer acto de esta historia, el más revelador de todos.

El jueves 19 de marzo de 2026 —hace apenas cuatro días—, Pablo Lemus Navarro, Gobernador de Jalisco y Gerardo Quirino, presidente municipal de Tlajomulco, se presentaron en Lomas del Mirador para anunciar el Plan Integral de Recuperación de Vivienda. Con bombo, platillos y Comunicado de Prensa, el mandatario Estatal declaró que más de mil viviendas han sido recuperadas y que el lugar ya cuenta «con condiciones integrales de infraestructura, servicios, movilidad y equipamiento». Y acto seguido, con la solemnidad de quien bautiza un navío, le cambió el nombre al sitio: Lomas del Mirador deja de existir. En adelante se llamará Arbolada del Mirador.

Hay que reconocer la audacia del gesto. El Chernóbil soviético tardó décadas en ser rehabilitado y aún no puede habitarse. El Chernóbil jalisciense, en cambio, fue resuelto con un comunicado de prensa, una nueva arboleda en el nombre y la concurrencia del gobernador, el presidente municipal, el coordinador de gestión territorial, el gerente de reinserción de vivienda del Infonavit y, conviene subrayarlo, Salvador Zamora Zamora, Secretario General de Gobierno del Estado y expresidente municipal de Tlajomulco —es decir, uno de los hombres que gobernaba el municipio mientras el desastre se cocinaba a fuego lento.

Pero los números no mienten, aunque los comunicados intenten lograrlo. Se recuperan poco más de mil viviendas de un universo de 77 mil 709 abandonadas. Eso es aproximadamente el 1.3 por ciento del problema. Las escuelas prometidas, la Línea 4 del tren eléctrico, la futura Línea 5, la Universidad Aeronáutica, la ampliación de vialidades: todo está en tiempo futuro, en el modo verbal preferido de quienes gobiernan con fotografía en mano. «Vamos a hacer», «se dotará de servicios», «próximamente». 

Gerardo Quirino calificó el evento como «histórico». Acaso lo es, pero no por las razones que él imagina: es histórico porque condensa en un solo acto décadas de irresponsabilidad pública y la pretensión de saldarlas con una ceremonia y un letrero nuevo.

El urbanista Romero Sánchez ya advirtió que rescatar estos fraccionamientos exige mucho más que revestir departamentos: hace falta vida en las calles, empleos en el entorno, mercados, transporte real. Hacer lo que nunca se hizo. La pregunta que nadie respondió en el evento del jueves es la misma que se hicieron las mujeres en Prípiat aquella madrugada de 1986: ¿por qué ahora nos dicen que está bien si ayer nos decían que no pasaba nada?

Ana sigue viviendo en lo que el gobernador llama Arbolada del Mirador. Para ella, el lugar sigue siendo el mismo: el hogar que le prometieron, que le fallaron, que la violentaron y que ahora le rebautizan. Los nombres cambian. El abandono, cuando no se atiende de raíz, simplemente aprende a firmar comunicados.

El Chernóbil de Jalisco no necesitó reactor nuclear. Le bastó con el Estado. Y al parecer, tampoco necesitó solución: le bastó con un nombre nuevo.

En X @DEPACHECOS

 


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