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MUNDO

No es la droga, es el mercado: La guerra que fingen combatir

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Opinión invitada, por Amaury Sánchez G.

No es que no puedan detener la droga… es que no pueden detener el negocio.

El ruido de los drones no espanta a nadie en el puerto.

Se ha vuelto parte del paisaje, como el ir y venir de los contenedores, como el ladrido de los perros entrenados, como la rutina de revisar, escanear, sospechar… y fallar.

Porque eso es lo que no se dice en los discursos: se falla.

Una y otra vez.

Ahí están los soldados, los algoritmos, las cámaras, los expertos, todos convencidos —o fingiendo estarlo— de que esta vez sí encontrarán la aguja en el pajar. Pero el pajar crece más rápido que la aguja que buscan. Y mientras más grande es el pajar, más rentable se vuelve esconderse en él.

La cocaína viaja.

Viaja en contenedores que dicen transportar café, carne, cuero o soya. Viaja adherida a cascos de barcos como un parásito perfectamente adaptado. Viaja diluida, camuflada, fragmentada. Viaja en pequeñas cantidades que sumadas hacen imperios. Viaja por mar, por selva, por aire… y sobre todo, viaja porque alguien la espera.

Esa es la parte que incomoda.

Porque en esta historia, los productores no son los únicos protagonistas. Ni los traficantes, ni los cárteles, ni los puertos, ni los gobiernos latinoamericanos que son exhibidos una y otra vez como si fueran el origen del mal.

El verdadero protagonista está del otro lado de la frontera.

Y no lleva uniforme.

Es el consumidor invisible.

Es la demanda insaciable.

Es el mercado que no duerme.

Estados Unidos no es una víctima de esta historia. Es su columna vertebral. El gran motor que hace que todo esto tenga sentido. El lugar donde un kilo que nació en la miseria de la selva se convierte en un lingote blanco que vale veinte veces más. El espacio donde el riesgo se transforma en ganancia y la ilegalidad en flujo económico constante.

Y, sin embargo, desde ahí se señala.

Se amenaza.

Se ordena.

Como si el problema estuviera siempre afuera, siempre lejos, siempre en el sur.

Entonces aparecen las soluciones espectaculares: bombardear lanchas, vigilar costas, presionar gobiernos, etiquetar enemigos. Acciones que lucen bien en titulares, que venden firmeza, que alimentan la narrativa de control. Pero que en el fondo son apenas una coreografía repetida, un libreto viejo que nunca ha cambiado el final.

Porque mientras se destruye un cargamento, diez más ya están en camino.

Mientras se cierra una ruta, tres nuevas se abren en silencio.

Mientras se captura a un operador, el sistema ya ha producido otro.

El narcotráfico no es una organización. Es un ecosistema.

Y como todo ecosistema, se adapta, evoluciona, muta.

No le interesa el discurso político, ni las conferencias de prensa, ni las amenazas militares. Le interesa el margen de ganancia. Y mientras ese margen siga siendo obsceno, la maquinaria no se detendrá.

Porque hay una verdad que nadie quiere poner sobre la mesa con todas sus letras: este no es solo un problema de seguridad… es un problema económico.

Un negocio global.

Un circuito donde la droga es apenas la primera fase. La segunda —la verdaderamente sofisticada— es el dinero. Ese dinero que no se queda en las manos de los campesinos ni en los bolsillos de los transportistas. Ese dinero que cruza fronteras sin ser detectado, que entra en sistemas financieros respetables, que compra propiedades, que se disfraza de inversión, que se vuelve limpio sin dejar de ser sucio.

Ahí es donde el narcotráfico se vuelve intocable.

Porque perseguir lanchas es relativamente sencillo.

Perseguir capitales dentro del sistema financiero más poderoso del mundo… no tanto.

Y entonces, el discurso se acomoda.

Se habla de erradicar cultivos, pero no de regular mercados.

Se habla de interceptar cargamentos, pero no de auditar flujos financieros.

Se habla de cárteles extranjeros, pero no de estructuras internas que permiten que el dinero respire.

Es más fácil culpar al sur que cuestionar al norte.

Más rentable políticamente.

Más cómodo.

Porque aceptar la responsabilidad implicaría cambiar las reglas del juego. Implicaría reconocer que el narcotráfico no sobrevive pese al sistema… sino también gracias a él. Que hay zonas grises donde lo ilegal y lo legal conviven sin escándalo. Que hay intereses que no quieren que esto termine, porque en algún punto, todos ganan algo.

Incluso los que dicen combatirlo.

Y así, América Latina queda atrapada en una guerra que no diseñó, pero que paga todos los días. Con muertos, con violencia, con territorios fracturados, con economías distorsionadas. Obligada a demostrar resultados frente a un vecino que exige lo que no está dispuesto a hacer en casa.

Porque esa es la paradoja más brutal de todas:

Se exige detener la oferta… sin tocar la demanda.

Se pide frenar la producción… mientras el consumo crece.

Se presiona a gobiernos débiles… mientras los mecanismos fuertes permanecen intactos.

Y en medio de todo, el negocio sigue.

Crece.

Se perfecciona.

Se globaliza.

Hoy ya no solo va hacia Estados Unidos. También mira a Europa, a Asia, a Australia. Nuevos mercados, nuevas rutas, nuevas oportunidades. Porque si algo ha demostrado el narcotráfico es que no tiene patria, pero sí tiene estrategia.

Y su estrategia siempre es la misma: seguir el dinero.

El narcotráfico no se va a detener con más soldados, más drones o más discursos.

Se detendrá —si es que algún día ocurre— cuando el país que más consume deje de fingir que solo es víctima y acepte que también es el corazón del problema.

Porque mientras el dinero fluya, mientras la demanda crezca y mientras el sistema lo permita, la guerra contra las drogas seguirá siendo exactamente eso: una guerra que no se quiere ganar.


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