OPINIÓN
Se fue un grande
Opinión, por Gerardo Rico:
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nos vino a refrescar la memoria de su trascendencia en la construcción de la izquierda en México, luego de su dimisión del PRI y de la creación de la Corriente Democrática, un movimiento político formado en 1986 al interior del partido tricolor, al lado de figuras como Porfirio Muñoz Ledo.
Este movimiento significó un hecho histórico y crucial para el país, pues representó la primera gran ruptura interna del hasta entonces partido hegemónico y marcó el inicio de la transición a la democracia moderna en nuestro país.
La principal diferencia ideológica que causó la ruptura entre el finado Cárdenas Solórzano y la cúpula del PRI fue el choque frontal entre la adopción del modelo económico neoliberal y el nacionalismo revolucionario. En el primero de los casos, el gobierno de Miguel de la Madrid originó reformas de libre mercado, privatizaciones y medidas de austeridad macroeconómica.
Hijo del expresidente y general Lázaro Cárdenas del Río y fiel a la tradición familiar, el tres veces candidato a la Presidencia de la República defendía la ideología histórica de la Revolución Mexicana: un Estado con fuerte enfoque social, proteccionista y volcado hacia el reparto agrario, así como la soberanía de los recursos naturales.
El grupo cardenista consideraba que el PRI se había alejado de sus principios democráticos fundamentales y ponía en duda el método autocrático para seleccionar al candidato presidencial, cuando el mandatario en funciones designaba de manera directa a su sucesor, por lo que exigía que se abrieran procesos de inscripción democrática interna.
Luego de ser ignoradas y censuradas estas exigencias por la dirigencia priista, encabezada en ese entonces por el chiapaneco Jorge de la Vega Domínguez, ya se perfilaba la candidatura del tecnócrata Carlos Salinas de Gortari a la Presidencia de la República. Reducir su trayectoria a una herencia familiar es desconocer su principal aportación: originar un movimiento de disidencia dentro del hermético sistema político mexicano en la década de los ochenta, con un movimiento nacional capaz de desafiar las formas establecidas en las cúpulas del poder.
La Corriente Democrática irrumpió en las estructuras priistas con propuestas novedosas y fuera de contexto en la disciplina partidista de esos momentos. Su participación en las elecciones presidenciales de 1988 rompió la creencia de que el PRI era invencible en las urnas y su lucha canalizó el descontento social hacia la vía pacífica e institucional, sentando las bases de la pluralidad política en México.
El Frente Democrático Nacional se convirtió en la convergencia política más importante en la historia del país hace 38 años y desbordó las estructuras partidistas tradicionales. Lo mismo participaron el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), el Partido Popular Socialista (PPS), el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN), el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y el Partido Mexicano Socialista, integrado por el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), cuyo candidato, el ingeniero Heberto Castillo, declinó en favor de Cárdenas Solórzano.
También integraron esta alianza opositora la Coalición Obrera, Campesina y Estudiantil del Istmo (COCEI), la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), la Asamblea de Barrios y diversas agrupaciones sindicales, populares y estudiantiles.
Las principales figuras fundadoras fueron el propio Cárdenas Solórzano, el ya mencionado Porfirio Muñoz Ledo, la maestra Ifigenia Martínez y el propio Heberto Castillo, quien había participado en el movimiento estudiantil del 68 con la Coalición de Profesores de Enseñanza Media Superior y había sido preso político entre 1969 y 1971 en Lecumberri, en la Ciudad de México.
Las elecciones del 6 de julio de 1988 marcaron un antes y un después en la democracia reciente del país, con la “caída del sistema”, en un contexto de desigualdad institucional e inconformidad social ante la imparcialidad de las autoridades electorales. Sin duda, la declaración del triunfo de Carlos Salinas de Gortari originó una crisis de legitimidad que marcó a varias generaciones.
Vendría la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989, que aglutinó a diferentes fuerzas de la izquierda socialista y comunista, así como a movimientos sociales, y donde se consolidó como líder moral. En dos ocasiones más se postuló a la Presidencia de la República: en 1994 y en 2000.
Cárdenas Solórzano arrebató al PRI el control político del entonces Distrito Federal al convertirse en el primer jefe de Gobierno en 1997, abriendo paso a gobiernos de izquierda en la capital del país. Su congruencia fue tal que en 2014 renunció al PRD tras originarse serias diferencias con la dirigencia de ese momento.
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano es, sin duda, el gran arquitecto de la transición mexicana. Fue, ante todo, el hombre que devolvió la esperanza electoral a un país en el que votar parecía un mero trámite de legitimación. Desafió al sistema político mexicano desde dentro, soportó los embates y consolidó, desde mi punto de vista, la pluralidad que hoy define a nuestra nación.
Su mayor legado es haber contribuido a demostrar que ningún régimen puede declararse eterno triunfador cuando la ciudadanía exige democracia. Su partida marca el cierre de una etapa en la democracia reciente de nuestro país.


