OPINIÓN
Jalisco: ¿cómo llegamos hasta aquí?
– Más inversión, los mismos pendientes.
A título personal, por Armando Morquecho Camacho:
Hay algo que debería preocuparnos de Jalisco: nos hemos acostumbrado a hablar de sus problemas como si cada uno tuviera una historia distinta y pudiera resolverse por separado. La inseguridad ocupa las conferencias de prensa, el agua aparece cuando sale sucia de la llave, la movilidad se convierte en tema de conversación cada vez que pasamos horas en el tráfico y los servicios públicos vuelven al centro de la discusión cuando dejan de funcionar.
Después llegan los anuncios, las explicaciones y las promesas de solución. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cómo fue que llegamos a este punto. ¿En qué momento un estado que ha conseguido posicionarse entre los más importantes del país comenzó a acumular tantos pendientes en asuntos que afectan directamente la vida de sus habitantes?
Para entenderlo, hay que reconocer primero que Jalisco ha cambiado mucho. Guadalajara dejó de ser aquella ciudad de dimensiones relativamente manejables para convertirse en el centro de una extensa zona metropolitana que concentra población, actividad económica, universidades, industrias y buena parte de las oportunidades laborales del estado. La expansión de la industria, la llegada de inversiones y el desarrollo tecnológico han contribuido a consolidar su importancia económica. Sería absurdo desconocerlo.
El problema es que el crecimiento de una región no garantiza, por sí mismo, que las condiciones de vida mejoren al mismo ritmo. Una cosa es generar riqueza y otra muy distinta conseguir que el territorio, los servicios públicos y las instituciones respondan a las necesidades de una población que no deja de crecer.
Basta observar lo que sucede con la movilidad. El crecimiento de la metrópoli ha extendido las distancias entre la vivienda, el empleo, las escuelas y los espacios de convivencia. Para miles de personas, trasladarse de un punto a otro se ha convertido en una actividad que consume una parte considerable del día. No se trata únicamente de que haya demasiados automóviles o de que falten vialidades. También importa dónde se construye vivienda, dónde se concentran los empleos, qué alternativas de transporte existen y cuánto tiempo deben invertir las personas para realizar actividades tan elementales como llegar al trabajo.
Estas condiciones no aparecieron de la noche a la mañana. Son consecuencia de decisiones acumuladas durante años, de una expansión urbana que no siempre estuvo acompañada de una planeación capaz de anticipar sus consecuencias.
Algo parecido ocurre con el agua. Durante mucho tiempo, el problema pudo parecer una cuestión de infraestructura: construir obras, ampliar las redes y encontrar nuevas fuentes de abastecimiento. Todo eso importa, pero la realidad ha demostrado que el asunto es bastante más complejo. El crecimiento urbano incrementa la demanda, la infraestructura requiere mantenimiento y las fuentes de abastecimiento están sujetas a límites ambientales.
A esto se suma una exigencia elemental que no debería necesitar demasiadas explicaciones: el agua que llega a los hogares debe ser segura. Cuando una familia abre la llave y encuentra agua turbia o desconfía de su calidad, no le interesa demasiado cuántos millones se han invertido ni cuántas obras están proyectadas. Quiere saber si puede utilizarla sin poner en riesgo su salud. La distancia entre los anuncios gubernamentales y la experiencia cotidiana de la población es, precisamente, una de las medidas más claras de la eficacia de un gobierno.
La inseguridad plantea una dificultad todavía mayor. En marzo de 2026, el 75.5 por ciento de la población adulta del Área Metropolitana de Guadalajara consideraba inseguro vivir en su ciudad, según los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. El dato es contundente, aunque por sí solo no explique las causas ni la complejidad de la violencia que enfrenta Jalisco.
Detrás de las estadísticas hay personas que cambian sus horarios, evitan determinados lugares o viven con la preocupación de que algo pueda ocurrirles a ellas o a sus familias. Cuando el miedo empieza a modificar la manera en que una sociedad utiliza sus calles y desarrolla sus actividades, la inseguridad deja de ser un asunto limitado a las corporaciones policiales. También se convierte en un problema de libertad, convivencia y confianza en las instituciones.
Sería injusto atribuir todas estas dificultades a un solo gobierno. La expansión urbana, las deficiencias de infraestructura y muchos de los problemas institucionales que hoy enfrentamos tienen antecedentes que se remontan a varias administraciones. Pero reconocerlo tampoco significa concederles a las autoridades actuales una salida fácil.
Cada gobierno recibe una realidad determinada y tiene la obligación de mejorarla. Los problemas heredados explican parte de lo que sucede, pero no justifican que las mismas deficiencias continúen acumulándose ni que las soluciones se limiten a administrar las consecuencias. La responsabilidad política consiste, entre otras cosas, en distinguir aquello que no puede resolverse de inmediato de lo que exige decisiones concretas desde ahora.
Quizá uno de nuestros errores ha sido confundir el dinamismo económico con el éxito de un estado. Nos enorgullece que lleguen inversiones, que crezcan determinadas industrias y que Guadalajara tenga reconocimiento nacional e internacional. Con razón. Pero esos logros no deberían impedirnos hacer preguntas incómodas sobre la manera en que vivimos.
¿De qué sirve que una ciudad genere nuevas oportunidades si trasladarse para aprovecharlas resulta cada vez más complicado? ¿Qué significa el desarrollo cuando una familia tiene que preocuparse por la calidad del agua que consume? ¿Cómo puede hablarse de prosperidad cuando la inseguridad condiciona las actividades cotidianas de una parte de la población? No son preguntas para desacreditar a Jalisco, sino para evitar que la imagen de un estado exitoso termine ocultando problemas que requieren atención urgente.
Tampoco podemos esperar que todo se resuelva con una gran obra o con el anuncio de una nueva estrategia. Jalisco necesita inversiones, por supuesto, pero también necesita continuidad en las políticas públicas, coordinación entre municipios y estado, instituciones capaces de ejecutar sus decisiones y mecanismos para evaluar resultados.
Sobre todo, necesita que las prioridades gubernamentales se definan a partir de los problemas que enfrenta la población y no únicamente de aquello que puede convertirse en un logro político visible. Una obra inaugurada ofrece una fotografía; un servicio que funciona todos los días ofrece algo mucho más importante. La diferencia parece sencilla, pero ayuda a entender por qué el número de proyectos anunciados no siempre coincide con la percepción que los ciudadanos tienen de sus gobiernos.
Hay una pregunta que convendría hacernos antes de que termine cada administración y comience la siguiente: ¿qué problemas hemos conseguido resolver de manera duradera y cuáles seguimos heredando sin modificar sus causas? Porque si cada gobierno dedica buena parte de sus esfuerzos a atender las consecuencias de decisiones anteriores, pero deja intactas las condiciones que producen los mismos problemas, el estado puede seguir creciendo mientras su capacidad para ofrecer bienestar permanece rezagada. Esa es una discusión que va más allá de los partidos y de las diferencias entre quienes gobiernan y quienes aspiran a hacerlo.
Entender el presente de Jalisco exige reconocer sus avances sin convertirlos en una excusa y señalar sus deficiencias sin caer en la idea de que todo está perdido. Nuestro estado tiene recursos, talento, actividad económica y una sociedad capaz de organizarse y exigir respuestas. Lo que hace falta es que esas fortalezas se traduzcan en mejores condiciones de vida y que las decisiones públicas estén a la altura de los desafíos que hemos acumulado.
Tal vez la pregunta más importante no sea quién tiene la culpa de todo lo que hoy nos preocupa, sino por qué seguimos discutiendo problemas que debieron comenzar a resolverse hace años. Mientras no seamos capaces de responderla, corremos el riesgo de seguir celebrando el crecimiento de Jalisco sin preguntarnos si estamos construyendo un lugar mejor para vivir.


