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OPINIÓN

¡Feliz Día del Médico! Los claroscuros de una profesión

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Educación, por Isabel Venegas //

Muchos ubican la época en la que el maestro, el doctor y el sacerdote eran las figuras importantes de una comunidad, carreras profesionales difíciles de conseguir: no cualquiera era tan inteligente, tan resistente al desgaste o tenía el dinero suficiente para sufragar los gastos que ellas significaban.

Al mismo tiempo, el pueblo no podía carecer de estas figuras, se hacía entonces indispensable buscar que alguien cubriera ese espacio para lo cual solían estar los mecenas (políticos o empresarios que tenían mayor estabilidad económica), quienes se encargaban de patrocinar a algún ahijado al que se le notara el gusto, la capacidad y la vocación.

En algún punto del camino el aprecio se invirtió y en cierto modo, la visión de ponderar por encima de todas las cosas al dinero, dejó en un pedestal más importante a aquellas carreras que producían más y con menos esfuerzo. La popularidad que un futbolista, un cantante o un actor político podían tener dentro de la sociedad, lejos de ser visto como una crítica a sus procesos de formación, tuvo una fuerte vinculación con el descrédito a las primeras áreas, porque con la llegada de nuevos estilos de liderazgo se tuvo también el incremento de campañas que hacían señalamientos a muchos y muy serios errores.

Desafortunadamente aquellos que criticaban lo hacían con razón, porque en la necesidad de formalizar la profesión, éstas se fueron convirtiendo en estructuras que se consolidaron en sistemas, pagando el enorme precio de la burocratización y la masificación de los servicios.

El sistema de salud, el sistema educativo y la institucionalización de la religión con el deseo de cumplir su compromiso con el acceso universal de estas áreas, se encontraron también ante una serie de vicios en la cual quedaron englobados casi todos los médicos, profesores y sacerdotes.

Este viernes 23 de octubre se conmemoró el día del médico, justo en medio de una pandemia en la cual se han evidenciado los claroscuros de una profesión que lucha contra la enfermedad del siglo; criticados por la comunidad que se sigue preguntando si las medidas son necesarias, suficientes o prudentes, y encontrando en ellos a los paganos de políticas que también fueron fruto de la sorpresa y las limitantes de cada región. Fueron tantos los casos de agresiones en la calle a los doctores y a casi todo el personal del sector salud, que la mayoría de los gobiernos estatales y municipales debieron diseñar estrategias para protegerlos, como por ejemplo conseguir albergues cercanos a los hospitales, contratar transporte exclusivo para ellos, además de apostar a la guardia civil en las inmediaciones de los principales hospitales Covid.

Jornadas extenuantes, agresiones cotidianas, frustración al ver a la ciudadanía que no acata las medidas de prevención y que no terminan por dimensionar el problema; falta de insumos para atender a los pacientes o medidas que responden a políticas públicas, pero van en contra de sus esquemas individuales. Cuando iniciaba la pandemia en nuestro país, la mayoría se preocupaba por tener la mayor cantidad de respiradores artificiales posibles con disponibilidad, sin entender que al mismo tiempo eso terminaría por representar la posibilidad de morir casi en un 80%, es decir, si bien es cierto que los respiradores ayudan en última instancia, también significa que muy probablemente se deberá enfrentar ante una serie de complicaciones que limita la intervención de los médicos y reduce sus posibilidades de salvarle la vida.

Las marchas del sector salud exigieron al gobierno federal apoyos reales, puesto que los insumos para su seguridad parecían una burla: batas, cubrebocas y botas de pésima calidad, ventiladores a sobreprecio y fuera de los estándares requeridos, pero principalmente dañino: mensajes que no terminaban por dar el respaldo a una comunidad que lucha a contracorriente para salvar a la población, muchas veces de ella misma.

Ese sistema de salubridad que hizo todo lo posible por no saturar sus hospitales para no verse en la dolorosísima necesidad de decidir a quién dar una cama y a quien no, tuvo que pensar en estrategias que a muchos les ha costado el prestigio que apenas estaban tratando de reconquistar, reconocimiento que se seguirá viendo empañado por una serie de empleados del sector salud que de todos es conocido, entraron ahí por tener una plaza segura porque sus padres eran médicos y de una u otra forma la inercia familiar los llevó ahí, o porque en el proceso fueron deformando los ideales y la ética que en un principio sí tuvieron. Sí, todos hemos visto los casos de doctores que no deberían usar una bata, bata que por cierto hace mucho dejó de ser blanca; ¿Cómo hace un país para no determinar el sistema entero por los casos negativos?

Los profesores que no están trabajando como se debe, los doctores que no les importan sus pacientes y que solo esperan la quincena para cobrar su sueldo, o los sacerdotes que no piensan en su comunidad doliente; no son el cuerpo, son la parte enferma que hay que sanar, pero no por eso aniquilas el sistema, no por eso desacreditas la construcción de tantos años que ha servido para que a muchísimas comunidades sin acceso a estas tres disciplinas les llegara la sanidad, la educación y un espacio de articulación entre la interioridad y la hermandad, relación que hoy se busca a través de muchos medios pero que se nombra de diferentes maneras.

¡Vaya, pues tenemos que hacer algo! Así que para rescatar las tres áreas medulares de una nación, debemos volver a los orígenes: el patrocinio a los talentos universitarios que han optado por estas vocaciones, identificando aquellos que durante su proceso de formación dan muestra de talento, voluntad y empeño, capacidad para sobreponerse a la adversidad y fortaleza para resistir las batallas que dan momentos como los del covid19. Todos aquellos profesores, directivos y tutores, deben velar por ir más allá del cumplimiento de las cuotas de eficiencia terminal e índices de aprobación; estándares que han ido en detrimento del sentido profundo de la educación. Repensar el papel de los asesores escolares y de los tutores universitarios, a fin de que su ejercicio vaya en un sentido integral, apuntalando el andamiaje ético con el que deberán enfrentar la realidad del mundo profesional.

Casi todos los debates que se han ido posponiendo en la vida moderna distraídos por una serie de artefactos (que nos facilitan el trabajo diario, pero que no resuelven las necesidades trascendentales del ser humano), siguen demandando la misma atención que en un principio, puesto que hoy vemos aparecer sistemas alternativos que ¡no es lo mismo, pero es igual! A la medicina le aparecieron terapias alternativas, a la escuela le llegaron los youtubers, y en lugar de rezar el rosario, ahora se repiten mantras; no es que lo segundo esté mal sino que demuestran que la necesidad de atender estos temas sigue estando latente; quiere decir que en cuanto tengamos el “Sistema público de acceso universal al Yoga” volveremos a ver al instructor que, justo en media crisis emocional le pidió a su compadre que le extendiera una incapacidad para ir renovándola cada mes…, mientras que junto a él hay otros tantos dando la vida por ayudar a encontrar su centro espiritual a sus hermanos de luz, sin importar que sean pocos los que lo noten.

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CARTÓN POLÍTICO

Edición 804: Lo piden los expertos: Una nueva Corte de Justicia sin extremos ideológicos

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JALISCO

La transparencia del fiscalizador

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– Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac

En Jalisco, la transparencia y la rendición de cuentas deberían ser principios innegociables. Sin embargo, la resistencia del auditor superior del Estado, Jorge Alejandro Ortiz Ramírez, a ser auditado por la Unidad de Vigilancia del Congreso revela una paradoja alarmante: el encargado de fiscalizar el gasto público evade la supervisión.

Esta actitud, denunciada por David Rubén Ocampo Uribe, titular de la Unidad, y el diputado Alberto Alfaro García, presidente de la Comisión de Vigilancia, no solo cuestiona la integridad de la Auditoría Superior del Estado de Jalisco (ASEJ), sino que amenaza la confianza en el sistema democrático.

Desde el 10 de julio de 2025, cuando Ocampo asumió su cargo, Ortiz Ramírez ha bloqueado cualquier intento de revisión. Solicitudes de expedientes laborales, nóminas y contratos han sido ignoradas, y un encuentro institucional propuesto para el 19 de agosto quedó en el vacío. “Quería saber si todo está en regla. La respuesta fue negativa. Pedí una reunión pública con agenda común, y tampoco hubo respuesta”, relató Ocampo a Conciencia Pública.

Incluso se le prohibió a personal de la ASEJ pasarle llamadas, limitando el diálogo al secretario técnico, un subordinado que no puede sustituir al titular.

El diputado Alfaro, de Morena, califica esta resistencia como un desafío al Congreso y a la sociedad. “El auditor se siente intocable, como si fuera gobernador. Durante ocho años operó sin contralor, pero ahora que lo hay, se niega a colaborar”, afirmó.

Con el respaldo de 29 de 32 deputados al nombramiento de Ocampo, su legitimidad es incuestionable. “Sabe que abriremos la Caja de Pandora”, añadió, sugiriendo que Ortiz Ramírez teme revelar irregularidades.

La Constitución de Jalisco y la Ley de Rendición de Cuentas otorgan a la Unidad de Vigilancia facultades plenas para revisar la ASEJ sin necesidad de acuerdos previos de la Comisión de Vigilancia, como argumenta Ortiz Ramírez.

Esta interpretación “tecnicista” es, para Ocampo, un escudo para evadir la fiscalización. La pregunta es inevitable: ¿qué oculta el auditor? Denuncias internas apuntan a aviadores, nóminas infladas, “moches” por laudos laborales y tolerancia a incapacidades falsas avaladas por el IMSS.

Una figura clave en estas acusaciones es Sandra Verónica Márquez González, de la Dirección Jurídica, señalada por mantener personal inexistente en nómina y exigir pagos ilegales, prácticas que arrastra desde su paso por el Tribunal de Arbitraje y la Fiscalía, donde se le vinculó al “Clan Trevi” por cobros indebidos.

La ASEJ es un pilar estratégico del gobierno de Jalisco, con autonomía técnica y de gestión para garantizar imparcialidad en la fiscalización de un presupuesto cercano a los 200 mil millones de pesos. Su rol como contrapeso es crucial para generar confianza ciudadana.

Sin embargo, la resistencia de Ortiz Ramírez recuerda épocas oscuras de la Contaduría Mayor de Hacienda, antecesora de la ASEJ, donde se rumoraba que las cuentas públicas se “lavaban” mediante acuerdos entre bancadas legislativas. Funcionarios corruptos encontraban en estos arreglos una vía para encubrir irregularidades, otorgando un poder desmedido al titular del organismo.

Hoy, la ASEJ debería ser un modelo de integridad. El Plan Estatal de Desarrollo y Gobernanza 2024-2030, liderado por Cynthia Cantero Pacheco, establece la transparencia y la participación ciudadana como ejes rectores de la gestión pública. Este plan, construido con la voz de más de 675,000 jaliscienses, vincula el presupuesto a resultados medibles, exigiendo apertura y rendición de cuentas.

La opacidad de Ortiz Ramírez contradice este espíritu, debilitando la credibilidad de una institución que debería ser ejemplo.

La pasividad de otros actores institucionales agrava el problema. El silencio del Congreso en pleno y la inacción de la Fiscalía Anticorrupción alimentan percepciones de complicidad o indiferencia. Mientras, rumores de una posible reelección de Ortiz Ramírez, tras ocho años en el cargo, generan rechazo. “Un gobernador dura seis años y se va. Este señor pretende quedarse otros ocho. Es inadmisible”, sentenció Alfaro.

¿Cómo puede hablarse de rendición de cuentas si el fiscalizador se coloca por encima de la ley? La resistencia de Ortiz Ramírez no es un simple desencuentro burocrático; es una afrenta al sistema de pesos y contrapesos.

“La opacidad reina en la Auditoría. Si el auditor desconoce la ley, ¿cómo fiscaliza al estado?”, cuestiona Ocampo. La sociedad, cada vez más vigilante, exige respuestas. Ortiz Ramírez tiene una oportunidad: abrir las puertas de la ASEJ, entregar la información solicitada y demostrar que no hay nada que ocultar. De lo contrario, su silencio seguirá alimentando sospechas de irregularidades.

La transparencia no es negociable, y Jalisco merece una Auditoría Superior que predique con el ejemplo. Es hora de que el fiscalizador rinda cuentas.

 

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JALISCO

MC: espejismos de unidad y fractura a la vista

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– Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

Movimiento Ciudadano en Jalisco ya abrió el telón de su renovación interna con la elección de 64 nuevos coordinadores municipales en la vieja casona de Av. La Paz. En apariencia, un ejercicio de normalidad partidista: discursos de unidad, promesas de cercanía con la gente, rostros nuevos para el escaparate y la certeza de que el partido naranja seguirá marcando la pauta en la política local.

Una postal impecable para las páginas de los diarios amigos… pero un espejismo apenas capaz de ocultar las fracturas internas que corroen al partido naranja. Pues, bajo el barniz del entusiasmo, se esconde un mapa con claroscuros que la dirigencia difícilmente podrá negar.

Los números de la elección de 2024 fueron generosos en sus bastiones metropolitanos: Guadalajara, Zapopan y Tlajomulco volvieron a confirmar la hegemonía emecista. En la capital, 308 mil votos aseguraron la continuidad; Zapopan, con 323 mil sufragios, consolidó la plaza más codiciada del estado; y Tlajomulco refrendó, una vez más, su condición de vivero político del grupo alfarista con 94 mil papeletas a su favor. Una trinidad metropolitana que otorga poder y recursos, pero que no resuelve la fragilidad en el resto del estado.

Porque más allá del brillo urbano, MC perdió terreno en Puerto Vallarta —joya turística entregada al PVEM en sociedad con Morena—, cedió Ciudad Guzmán, enclave agroindustrial del sur, y vio escaparse Tepatitlán, bastión alteño que durante años se pensó inmune a los embates opositores. En Tlaquepaque y Tonalá, el retroceso fue aún más doloroso: en el primero, los 109 mil votos no alcanzaron para retener la presidencia municipal; en el segundo, apenas 47 mil sufragios lo relegaron a un segundo lugar incómodo detrás de Morena. Un tropiezo estratégico en el oriente metropolitano que desnuda la vulnerabilidad del proyecto.

Mirza Flores, encargada de administrar esta renovación interna, habla de “liderazgos de territorio, cercanos a la gente”. El discurso suena bien, pero la tarea es monumental: reconstruir la cohesión de un partido que, en su expansión, ha multiplicado corrientes, intereses y pleitos internos. Porque el problema no es solo perder municipios: es perderlos mientras el partido se enreda en disputas de candidaturas, pugnas entre cuadros y una dirigencia que debe demostrar que puede arbitrar sin fracturar.

Los números distritales tampoco ayudan: de 20 distritos locales, MC apenas ganó 6; de los federales, ninguno y los plurinominales fueron para los exfuncionarios que necesitaban fuero y los “liderazgos” escogidos. Esto significa que, aunque controla alcaldías claves, su voz legislativa es reducida y carece de peso real en el Congreso federal.

Un contraste brutal: músculo en los municipios, anemia en las cámaras. Y esa asimetría no se corrige con discursos ni asambleas, sino con operación política en campo, con la capacidad de seducir al votante rural, al comerciante alteño, al campesino del sur que aún ve en el naranja una marca citadina, aburguesada y distante.

Pero lo verdaderamente corrosivo no está en las urnas, sino en los pasillos. La disputa Alfaro–Lemus ha dejado de ser un rumor y se ha convertido en un hecho palpable. Enrique Alfaro se resiste a entregar el control de candidaturas y cuadros, mientras Pablo Lemus mueve sus piezas con paciencia quirúrgica, tejiendo su propia red de operadores que responden solo a él. Entre ambos, Mirza Flores aparece como árbitro incómodo, obligada a conciliar lo irreconciliable: mantener la disciplina de un ejército que ya no reconoce un solo general.

El grupo Alfaro–Lemus sabe que esta es su última gran prueba antes de 2027. Si logran ordenar candidaturas y mantener la paz interna, MC llegará con posibilidades de sostener el gobierno estatal. Pero si insisten en los métodos de imposición y en los arreglos de cúpula, el costo será alto: perderán distritos clave, y con ellos, la capacidad de negociar en el Congreso y de sostener el control territorial.

Los cuadros históricos, los que alguna vez creyeron en la “ola naranja” como una alternativa fresca, se encuentran marginados o desplazados por nuevas caras que responden a intereses de grupo. La operación interna dejó cicatrices: candidaturas impuestas, militantes que sienten haber sido utilizados y un éxodo silencioso hacia Morena y el PVEM que ya se empieza a notar en las regiones.

En política, decía siempre la vieja guardia, no basta con administrar victorias: hay que blindarlas. Movimiento Ciudadano gobierna hoy con holgura en las ciudades, pero su debilidad en la periferia y en el interior del estado es evidente. Las plazas que perdió en 2024 son recordatorio de que el poder es un animal volátil: se escurre por las rendijas más pequeñas y muerde cuando menos se le espera.

La renovación municipal, que en el discurso se vende como ejercicio democrático, en los hechos es un intento de tapar grietas con retórica. En lugar de cohesión, lo que se advierte es una carrera por controlar posiciones rumbo al 2027. Cada comité local es, en realidad, una ficha en el tablero de negociación entre Alfaro y Lemus.

La batalla del 2027 no se jugará únicamente en los edificios de avenida Hidalgo o en los mítines de funcionarios públicos en la Casa Ciudadana. Se librará en los tianguis de Tonalá -donde el Ayuntamiento ha prendido focos rojos-, en los talleres de Arandas -Cuando se habla de la inseguridad que hay en las carreteras de la zona-, en los mercados de Lagos de Moreno -Al momento de hablar de un nuevo ejecutado o desaparecido- y en las colonias populares de Tlaquepaque -Explicando por qué el SIAPA no otorga el servicio que cobra: agua-. Ahí, donde los discursos sobran y lo que cuenta son los servicios públicos, la seguridad y la cercanía real de quienes gobiernan.

La verdadera batalla de 2027 no será contra Morena ni contra el PVEM. Será contra sí mismo. Porque, como tantas veces en la historia política de este país, los partidos no caen por la fuerza del adversario, sino por la podredumbre que incuban dentro.

Hoy MC es un cascarón brillante en la superficie, pero carcomido por dentro. Se vende como movimiento fresco, pero huele ya a partido viejo: facciones enfrentadas, candidaturas negociadas en lo oscurito y un liderazgo que se desgasta en administrar pleitos en lugar de ganar territorios.

Si no corrigen el rumbo, el espejismo de unidad que hoy pregonan se desmoronará al primer soplo de la contienda. Y entonces, la historia no hablará de una derrota electoral, sino de un suicidio político en cámara lenta. Una crónica que, como tantas en la política mexicana, no se escribirá con tinta… sino con epitafios.

En X: @DEPACHECOS

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