CULTURA
Exposición “Raíces y Alas” en el Ex Convento del Carmen: Resistencia y visibilidad femenina
Por Francisco Junco
Fabiola Loya toma el micrófono y, antes de hablar de la exposición, aborda algo más amplio: la deuda. La deuda con las mujeres que aún no están en estos espacios. La necesidad de nombrarlas, “porque lo que no se nombra, no existe”. Su voz no rompe el ambiente del Ex Convento del Carmen, pero sí lo redefine. A partir de ese momento, la exposición deja de ser solo una muestra colectiva y se convierte en una toma de posición.
En su discurso aparecen las raíces y las alas, no como una metáfora decorativa, sino como una estructura que atraviesa tanto la exposición como la agenda institucional que representa. Hay historia, pero también pendientes; hay emoción, pero también estrategia. Nombrar a las artistas una por una se convierte en un acto de reconocimiento que trasciende el protocolo.
En ese instante, la enumeración de nombres deja de ser una formalidad para convertirse en presencia. Las artistas, al ser nombradas, ocupan un lugar que históricamente les ha sido limitado. No es un gesto menor: es una forma de inscripción en el espacio público.
Horas antes, el Ex Convento del Carmen ya había comenzado a transformarse.
La tarde se posa con lentitud sobre el recinto, como si el tiempo entendiera que ahí dentro algo merece ser observado sin prisa. La piedra antigua guarda historias de los padres carmelitas desde 1758, pero esta vez se prepara para escuchar otras nuevas: las historias de las 35 mujeres que han decidido decirse a través del arte.
Desde la entrada, el ambiente no es solemne, sino expectante; hay conversaciones cruzadas, saludos contenidos, miradas que buscan reconocer rostros entre la multitud. Y es que no es sólo un evento cultural: es un punto de encuentro donde las trayectorias individuales comienzan a tejer una narrativa colectiva que, sin anunciarlo, se instala con fuerza.
El patio central, que fue escenario de la batalla de los liberales durante la Guerra de Reforma, comienza a llenarse poco a poco. Los invitados, alineados frente al presídium, funcionan más como frontera simbólica que como orden logístico.
De un lado, quienes han venido a observar; del otro, quienes están a punto de exponerse no sólo en sus obras, sino en sus discursos. Las artistas no ocupan un lugar fijo: se desplazan, se reconocen, se agrupan. Hay una complicidad silenciosa entre ellas, una especie de acuerdo no dicho que se percibe en la manera en que se miran, como si cada una entendiera el trayecto de la otra sin necesidad de explicaciones.
Cuando inicia el acto protocolario, la formalidad parece intentar imponerse, pero no tarda en diluirse. Francisco Anaya toma la palabra y no recurre a artificios: habla desde la emoción abierta, desde el lugar de quien ha acompañado el proceso y reconoce en él algo más que un resultado. Su voz no es neutra; es la de alguien que ha visto de cerca la construcción de esta exposición y que entiende que detrás de cada pieza hay historias que no siempre encuentran espacio en los circuitos tradicionales del arte.
Sus palabras avanzan entre agradecimientos, pero se detienen en un punto clave: la capacidad de las mujeres para transformar la experiencia en obra. No lo plantea como un atributo excepcional, sino como una constante histórica que ha sido, muchas veces, invisibilizada. En ese momento, la exposición deja de ser un conjunto de piezas para convertirse en una afirmación: aquí hay trayectorias que no piden validación, sino visibilidad.
El turno de José Luis Coronado Vázquez introduce una dimensión institucional que no evade el diagnóstico. Reconoce que aún hay rezagos, que la igualdad en el ámbito cultural no es una meta alcanzada, sino un proceso en construcción. No hay retórica triunfalista; hay una aceptación de que abrir espacios sigue siendo necesario y que este tipo de exposiciones funcionan como acciones concretas en esa dirección. Su intervención no busca protagonismo, sino contexto.
Al concluir los discursos, el movimiento hacia el patio central ocurre de manera casi orgánica. La fotografía del recuerdo reúne a funcionarias, artistas y asistentes en una misma imagen que, más allá de lo anecdótico, registra un momento de apertura. No es la clausura de un acto, sino el inicio de una conversación que continuará en los pasillos del recinto, frente a cada obra.
El recorrido por la exposición no tiene un orden rígido. Cada visitante traza su propio trayecto, deteniéndose donde algo resuena. Las piezas no compiten entre sí: dialogan. Hay esculturas que interpelan desde la forma, pinturas que construyen atmósferas y fotografías que capturan instantes cargados de significado. La diversidad de técnicas no fragmenta la muestra; la enriquece.
Carmen, escultora, se detiene frente a sus piezas y las explica con la precisión de quien ha pensado cada elemento. Habla de la mujer enfrentando obstáculos históricos, de demonios que representan estructuras y de una niña a la que se le abre camino. Su discurso no es ornamental; es una lectura que sitúa la obra en un contexto más amplio, donde la lucha no es abstracta, sino concreta y cotidiana.
Más adelante, otra artista describe Bajo la mirada, una obra que coloca al espectador frente a una mujer que decide continuar a pesar del juicio constante. La herida no se oculta: se integra. La pieza no busca generar compasión, sino reconocimiento de una realidad que persiste. En esa decisión de mostrarse hay una forma de resistencia que no necesita estridencia.
Maye Mora Salas introduce una narrativa distinta con Habitada por el azul. Su obra se construye desde la maternidad, desde la pausa obligada y el retorno. El azul aparece como un estado emocional complejo: calma y tormenta al mismo tiempo. El zanate, ave cotidiana, se convierte en símbolo de persistencia, de esa capacidad de seguir incluso cuando el desgaste es evidente.
En los pasillos, las artistas no solo exhiben: explican. No hay mediadores ni curadurías que filtren el discurso. La voz es directa. Cada explicación añade capas a la obra y permite entender no solo el resultado, sino el proceso. El espectador deja de ser pasivo y se convierte en interlocutor.
Las obras, aunque distintas, comparten un eje: la exploración de lo que significa ser mujer en contextos diversos. No hay una narrativa única, pero sí una insistencia en visibilizar experiencias que han sido relegadas. Algunas piezas hablan desde la sutileza, otras desde la confrontación, pero todas coinciden en la necesidad de ser vistas.
El uso del color —o su ausencia— no es casual. Hay obras que recurren al blanco y negro para enfatizar contraste y tensión, mientras otras explotan en tonalidades intensas que remiten a identidad, territorio y emoción. Cada decisión estética responde a una intención que trasciende lo visual.
A medida que avanza el recorrido, se hace evidente que la exposición no busca establecer comparaciones con el arte producido por hombres. No es un ejercicio de equiparación, sino de afirmación. Las artistas no están pidiendo igualdad en términos abstractos; están señalando la necesidad de condiciones que les permitan existir y desarrollarse en el mismo plano.
El Ex Convento del Carmen funciona como escenario, pero también como símbolo. Sus muros, cargados de historia, ahora albergan narrativas contemporáneas que dialogan con el presente. La temporalidad del lugar se cruza con la urgencia de los temas abordados.
Al salir, la sensación no es de cierre. La exposición permanece no solo en el espacio físico durante los próximos 15 días, sino en la memoria de quienes la recorren. Lo que ahí se muestra no se agota en la contemplación: exige reflexión.
En ese cruce entre arte y contexto, Raíces y Alas se configura como algo más que una muestra colectiva. Es un registro de voces que, juntas, construyen una declaración.
No es una categoría: es una presencia que ya no admite ser ignorada.





