CULTURA
El regreso del arte a la ciudad: De las «Tres Desgracias» a las «Tres Gracias»
Por Mario Ávila
Debido a que la escultura urbana tiene como una de sus funciones principales la integración social, el objetivo habrá de cumplirse en el caso de la obra “Las Tres Gracias” en su nueva sede en la Plaza de la República, lo que no ocurría estando durante 10 años la magna obra de Sergio Garval en el camellón de avenida Lázaro Cárdenas.
Así lo considera el empresario, curador, martillero y crítico de arte, Alejandro Rodríguez, quien se muestra satisfecho de la determinación tomada por la alcaldesa de Guadalajara, Verónica Delgadillo y el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus.
Este es un espacio —dijo— en donde el público observador puede convivir de cerca con el arte; la intención es que convivan con ellas, que las visiten, que las sientan, que las toquen, como ocurre, entre otras, con las famosísimas piezas que están afuera del Cabañas, de Alejandro Colunga, que son extraordinarias, y como ya hemos visto lo que sucede con la escultura “Árbol Adentro”, de José Fors, que se encuentra sobre el Paseo Alcalde, a un costado de la Presidencia Municipal.
Alejandro Rodríguez expuso que la escultura urbana tiene un fuerte poder catalizador de la armonía, de la belleza y del amor; como decía Oscar Wilde, ‘donde hay belleza no puede haber maldad’, y esto se ha visto claramente demostrado en todos los lugares en donde ha habido una intervención de un artista tan importante de escultura urbana, en el contexto de los espacios públicos de la ciudad.
Dejó en claro que aumenta considerablemente el embellecimiento de estos espacios, una vez que son dotados de estas obras de arte, es decir, los convierte en un espacio muy atractivo desde diferentes puntos de vista.
Alejandro Rodríguez, como buen amante del arte, expuso que Sergio Garval, sin duda alguna, es uno de los principales representantes de la nueva generación de artistas plásticos de México. “Es uno de los artistas de su generación, más destacados en México y por supuesto en Jalisco; ha tenido una muy importante trayectoria con exposiciones en muchos de los museos más importantes del país y también ha sido reconocido en diferentes instituciones a lo largo de su carrera”.
Sobre la obra de “Las Tres Gracias”, planteó que como escultura monumental es la más relevante que ha hecho Sergio Garval, “ya que se trata de una escultura de una enorme fuerza expresiva, en la que el artista plasma tensión, movimiento, dinamismo, fuerza, esperanza y alegría; es una pieza con un alto contenido expresivo y un mensaje muy importante también”, refirió el observador y crítico profesional y agudo en el mundo del arte, Alejandro Rodríguez.
Las figuras que interpretan el mito clásico y que componen “Las Tres Gracias” miden entre 7.5 y 9 metros y representan a las Cárites, diosas menores de la mitología griega, hijas de Zeus, que simbolizan lo que es digno de ser celebrado en la vida.
Aglaia: la Belleza; Eufrosina: la Alegría; y Talía: la Abundancia, son las Cárites, a las que Garval agregó tres males, que son domados por ellas, representados por los caballos que montan a la muerte, la ceguera y la locura.
Sobre la nueva sede que albergará a “Las Tres Gracias” y en donde todos los domingos se reúnen tapatíos interesados por la cultura, la literatura y las antigüedades, Alejandro Rodríguez planteó que no habrá un impacto mayor en la zona.

“Yo creo que el Trocadero —dijo—, en la Plaza de la República, es un espacio que ya está muy consolidado; no creo que le beneficie o le perjudique, porque el Trocadero es un espacio en el cual los domingos acuden anticuarios, acuden coleccionistas, libreros, a ofrecer mercancía que es muy interesante para un público coleccionista que puede adquirir objetos de colección o chucherías a precios muy interesantes y conseguir oportunidades. Es un espacio muy rico en esta función dominical”.
A la pregunta de si quedan espacios disponibles para el arte urbano, en una ciudad en donde abundan los edificios y en donde las calles están cada vez más saturadas, la respuesta del experto y crítico de arte, Alejandro Rodríguez, fue contundente: “Sí, claro, hay esculturas de todos los tamaños, solo date una vuelta por Nueva York, para ver que hay esculturas chicas, medianas, grandes y monumentales, que están colocadas en los edificios, en los lobbies, en las banquetas, en los parques y hasta en el mar, como es el caso de la Estatua de la Libertad, que es todo un símbolo; claro que hay espacios adecuados en Guadalajara, dependiendo de las características de cada escultura”.
Y precisó: “Hay espacios desaprovechados como la Plaza Juárez, que podría ser un espacio interesante para intervenir, y como ese hay muchos otros lugares donde se podría planear, desde un parque escultórico hasta la colocación de algunas piezas, y por toda la ciudad, no solamente hacia el poniente, sino también hacia el sur o el oriente; yo no discriminaría, yo creo que donde haya un espacio adecuado, se pondría una pieza adecuada y, como decía Oscar Wilde: ‘Donde hay belleza, no puede haber maldad’, y esto se ha visto claramente demostrado en todos los lugares en donde ha habido la intervención de un artista tan importante de escultura urbana en el contexto de los espacios públicos de la ciudad”.

EL TRÁNSITO DE LA MIRADA: LAS GRACIAS A LA PLAZA DE LA REPÚBLICA
Por Alejandro Rodríguez (*)
La ciudad no es un conjunto de edificios; es, ante todo, una geografía de encuentros. Sin embargo, en el vértigo de la modernidad, Guadalajara ha padecido esa enfermedad del siglo: el “no-lugar”.
Durante años, las monumentales figuras de Sergio Garval, sus Tres Gracias, habitaron un exilio de hierro y velocidad en el cruce de Lázaro Cárdenas. Allí, atrapadas en el flujo impersonal del automóvil, las obras no eran presencias, sino destellos mudos; una belleza asediada por la indiferencia y el vandalismo, ese otro nombre del olvido.
Hoy, asistimos a un acto de reconciliación urbana. El traslado de estas piezas a la Plaza de la República no es una mudanza de bronce y peso, sino una operación de rescate estético. Es devolverle a la obra su derecho a ser mirada y al ciudadano su derecho a la contemplación; la escultura sale de la periferia del ruido para ocupar el centro del diálogo.
EL BRONCE QUE SE HACE CARNE
La obra de Sergio Garval es un prodigio de tensiones. No son estas las Gracias etéreas de la tradición neoclásica, sino figuras que poseen la gravitación de nuestra tierra. En su bronce hay un movimiento que no fluye, sino que lucha; una vitalidad barroca que dialoga con nuestra historia. Garval ha logrado lo que pocos: que la pesadez de la materia se convierta en la ligereza de un gesto. Al situarlas ahora sobre la Avenida México, su escala —de siete a nueve metros de asombro— recupera la proporción humana frente al cielo. Ya no son objetos que vemos pasar; son entidades con las que convivimos.
La voluntad del gobierno
Es imperativo reconocer el acierto político que subyace a este movimiento. La decisión de la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, no debe leerse como un simple reordenamiento del mobiliario urbano, sino como un acto de alta sensibilidad cultural.
Gobernar es, también, administrar los símbolos de una comunidad. Al proteger este patrimonio del deterioro y la rapiña, y al ofrecerlo al caminante, la administración actual apuesta por una ciudad que se piensa a sí misma a través de la belleza. Es un respaldo rotundo al arte como bien común y no como adorno periférico.
La plaza como espejo
El arte público tiene una misión: convertir la calle en un espacio de revelación. En la Plaza República, las esculturas de Garval dejarán de ser “monumentos” para convertirse en “vecinas”. El peatón podrá, al fin, rodearlas, medir su propia pequeñez ante la inmensidad del bronce y reconocerse en la fuerza de esas figuras que encarnan la abundancia, la alegría y la belleza. Guadalajara recupera un trozo de su alma. En este nuevo emplazamiento, las piezas de Garval finalmente se detienen para que nosotros podamos avanzar hacia ellas. Porque una ciudad que cuida su patrimonio artístico es una ciudad que, en el fondo, ha decidido no perder la memoria.
* Alejandro Rodríguez es curador, martillero, crítico de arte y empresario.
DE LAS “TRES DESGRACIAS” A LAS “TRES GRACIAS”
Por Gabriel Ibarra Bourjac
Hay decisiones que duelen. Y hay decisiones que reparan.
Durante años, las tres hermosas esculturas de Sergio Garval —La Belleza, La Abundancia y La Alegría— fueron conocidas en el mundo cultural de Guadalajara como “Las Tres Desgracias”. No por su calidad artística, que es excelente, sino por el lugar tan absurdo donde las habían colocado: un camellón en la Calzada Lázaro Cárdenas, rumbo al aeropuerto, donde el tráfico es feroz, no hay banquetas dignas y es prácticamente imposible detenerse a contemplarlas.
Allí estaban, solas, abandonadas, vandalizadas y convertidas en un adorno invisible para miles de tapatíos que pasaban a toda velocidad. Una escultura urbana que nadie podía ver de cerca, ni fotografiar, ni disfrutar. Un verdadero despropósito.
Por eso, cuando la alcaldesa Verónica Delgadillo tomó la decisión de trasladarlas a la Plaza de la República, en el cruce de Avenida México y Américas, muchos respiramos aliviados. Y cuando el Cabildo lo aprobó y las obras ya están colocadas en su nuevo espacio, peatonal y digno, la alegría fue generalizada en el mundo cultural tapatío.
De las “Tres Desgracias” volvemos a tener “Las Tres Gracias”. Esta no es una simple mudanza de esculturas. Es un acto de sensibilidad cultural y de respeto al patrimonio. Como bien ha dicho la propia alcaldesa Verónica Delgadillo:
“Recuperar espacios públicos no es solo una cuestión estética, es parte de nuestra política de cuidados. Se trata de amar, querer, cuidar y proteger a la ciudad que es de todos”.
Exacto. Gobernar también es administrar símbolos. Y las esculturas de Garval son símbolos de belleza, de alegría y de identidad tapatía. Dejarlas olvidadas en un camellón era un insulto al arte y a la ciudad. Traerlas de vuelta a un lugar donde la gente pueda caminar entre ellas, admirarlas y tomarse una foto, es un gesto de reparación y de buen gusto.
Felicito a la alcaldesa Verónica Delgadillo y al gobernador Pablo Lemus por esta decisión atinada. A veces, los gobiernos aciertan. Y cuando se trata de rescatar la belleza pública, el acierto vale doble.
Ojalá este sea solo el comienzo. Guadalajara tiene mucho talento artístico y mucho patrimonio que merece ser cuidado, dignificado y puesto al alcance de su gente.
Porque una ciudad que cuida su arte es una ciudad que se cuida a sí misma.


