CULTURA
Entre libros, sombras y atmósferas: Francisco López Ibarra y la literatura extraña
Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias
La formación de un escritor no siempre comienza en un entorno lleno de libros. En el caso de Francisco López Ibarra, el primer contacto con la literatura ocurrió casi por accidente: un ejemplar de El retrato de Dorian Gray llegó a su casa porque a su hermana se lo habían encargado en la escuela.
En un hogar donde prácticamente no había libros, ese volumen solitario se convirtió en una puerta inesperada. Lo leyó siendo apenas un niño de primaria, sin saber a qué se enfrentaba. La obra de Oscar Wilde lo inició en el camino de las letras.
Durante la secundaria comenzó a escribir un diario, hábito que conserva hasta hoy. Ese ejercicio íntimo fue su primera escuela de escritura. En esa etapa, una profesora lo animó a participar en un concurso de cuento. Pasó por las etapas escolar y de zona, pero perdió en la fase estatal. Ese revés lo desanimó temporalmente, aunque no lo suficiente para detenerlo. Una amiga lo motivó a seguir. Se intercambiaban textos, se leían mutuamente y, aunque no había un taller formal, existía una complicidad creativa que lo sostuvo en un momento crucial.
En esa etapa también escribió sus primeras narraciones más elaboradas. Recuerda un cuento sobre un hombre que encuentra un cadáver en el malecón y, al final, descubre que es él mismo: un alma en pena observando su propio cuerpo. Era una trama sencilla, quizá ya explorada por otros autores, pero para él representó un primer intento serio de construir una historia con giro final.
También experimentó con el verso libre, aunque hoy prefiere que esos poemas juveniles permanezcan ocultos. Desde entonces, la narrativa se convirtió en su territorio natural, aunque con el tiempo también desarrolló interés por el ensayo y, especialmente, por el poema en prosa.
La preparatoria fue un periodo decisivo. Tuvo su etapa de fanático de Cortázar y reconoce que, en algún momento, su estilo se le pegó. También leyó casi todo lo que encontró de Lovecraft, de quien tomó algo que hasta hoy considera central en su obra: el uso del silencio, lo no dicho y la construcción de atmósferas a partir de impresiones, más que de descripciones directas. Esa influencia se convirtió en una herramienta estética que ha explorado tanto en su escritura creativa como en su trabajo académico.
Fue en esa misma preparatoria donde descubrió que existía la licenciatura en Letras Hispánicas. Cuando lo supo, no tuvo dudas: ese era su camino. En casa, la noticia fue recibida con entusiasmo. Su madre, dice, estaba orgullosa de tener un hijo escritor, aunque no siempre entendiera del todo sus textos. Durante la carrera, López Ibarra encontró un espacio donde la teoría literaria, la crítica y la historia de la literatura se convirtieron en herramientas para pensar y afinar su propia escritura.
Uno de los momentos más significativos de esa etapa fue ganar el tercer concurso Luvina Joven 2013 en la categoría de cuento. El texto ganador, La niña que robó mi Tamagotchi, se convirtió en su “one hit wonder”, como él mismo lo llama. Es un cuento narrado desde la voz de un niño que observa situaciones que no comprende del todo, hasta descubrir que su amiga —una niña que parece tener habilidades sobrenaturales— planea sacrificarlo. La historia combina inocencia, violencia y elementos fantásticos, y consolidó su interés por las voces infantiles y las atmósferas inquietantes.
Al terminar la carrera, ya trabajaba como profesor de español. Participó en encuentros literarios y obtuvo la beca para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas, una experiencia que describe como intensa y formativa. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que la escritura difícilmente sería su único sustento, especialmente cuando se escribe “cosas extrañas”, como él mismo dice. Así llegó al marketing digital, un campo en el que lleva más de ocho años y que le ha permitido observar, desde otra perspectiva, la importancia de la difusión cultural.
Para él, el marketing cultural es una herramienta necesaria para que los proyectos lleguen a su público. También reconoce el papel del periodismo cultural como puente entre el lenguaje técnico del artista y la comprensión del lector general. La divulgación, afirma, no debe infantilizar al público, pero sí facilitar el acceso a las ideas.
En un momento de quiebre personal, tras terminar una relación de más de tres años, fundó su editorial, Cubierta Profunda. Pasó esas semanas hablando con editores independientes, preguntando cómo habían comenzado, qué necesitaba saber y qué errores evitar. Tomó cursos, aprendió a usar programas de diseño editorial y estudió procesos de registro, ISBN, Indautor y todo lo relacionado con el proceso de edición.
El nombre de la editorial proviene de una canción del videojuego Hotline Miami, Deep Cover. Para López Ibarra, la idea de una “cubierta profunda” sintetiza su visión: los paratextos —la portada, la tipografía y la textura del papel— también cuentan una historia. El libro no es solo contenido; es un objeto sensorial que debe dialogar con el texto. Esa filosofía guía cada una de sus decisiones editoriales.
El primer título de Cubierta Profunda fue Mi papá es un lobo, del autor queretano Martín García López. La edición tuvo buena recepción: se movieron alrededor de 200 ejemplares y ya se realizó una reimpresión. La experiencia le enseñó que las presentaciones son el espacio donde más se venden libros y que el trabajo del editor independiente implica ser, al mismo tiempo, gestor, agente literario, administrador y acompañante creativo. También aprendió que las librerías requieren seguimiento constante y que la cercanía con los autores es fundamental para que un proyecto avance.
Hoy, López Ibarra continúa escribiendo, editando y construyendo comunidad. Su apuesta por la literatura extraña, por las formas híbridas y por la experimentación formal convive con una visión clara del ecosistema cultural. La literatura no se sostiene en el aislamiento, sino en el diálogo, la colaboración y la capacidad de transformar la experiencia personal en un objeto que pueda compartirse con otros.


