OPINIÓN
El país que pretende invadir México
Opinión, por Gerardo Rico
Los trumpistas en la Casa Blanca están desatados. Tras la estrepitosa derrota militar que sufrieron ante Irán y la humillación de la que fue objeto su principal socio en Medio Oriente, Israel, la situación ha desencadenado un reacomodo en la geopolítica mundial por el control del Estrecho de Ormuz y la destrucción de sus bases militares en el Golfo Pérsico, con el respaldo absoluto de Rusia y China a la nación persa.
Los trumpistas están ávidos de justificar su fallida incursión militar ante lo poco que tienen de electorado a favor en su país: 37%, con miras a las elecciones intermedias del próximo mes de noviembre, cuando se renovarán la Cámara de Representantes y el Senado. El blanco perfecto es su vecino del sur: México. Esta ecuación encaja a la perfección con la actitud del presidente Donald Trump, quien repentinamente se acordó de Latinoamérica y hace unos días afirmó que “tomará control de Cuba casi de inmediato”.
Tras los discursos de soberanía que escuchamos de la presidenta Claudia Sheinbaum y la solicitud de pruebas al Departamento de Justicia de la Unión Americana, que pidió la extradición del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, eso sí, de dudosa reputación, el polémico mandatario estadounidense afirmó que “si un país no puede con el narco o no quiere, Estados Unidos lo hará”.
¿A dónde nos lleva todo esto?
En lo personal, no creo que el gobierno de Estados Unidos esté interesado en terminar con el fenómeno de la droga en nuestro país. En su papel de “policía del mundo”, la administración Trump busca la renta política luego de su rotundo fracaso ante Irán y, como desde hace décadas lo acostumbran en esa nación durante campañas electorales, la piñata favorita es y será México.
Donald Trump utiliza diversas estrategias políticas y retóricas para manejar y, en ocasiones, evadir los graves problemas internos en Estados Unidos. Sus tácticas se centran en el control de la narrativa y la movilización de su base electoral. Utiliza un lenguaje provocador y, a menudo, violento —como las menciones de un “baño de sangre” si no ganaba en 2024— para dominar la agenda mediática y eludir a los medios tradicionales.
Analistas señalan que, cuando surgen crisis políticas, legales o escándalos internos en la Casa Blanca, Trump tiende a lanzar temas provocadores a través de redes sociales o mítines, con el objetivo de inundar el ciclo de noticias; es decir, aplica la táctica de la saturación informativa. Ante problemas socioeconómicos o encuestas desfavorables, la narrativa la modifica hacia la creación de crisis, calificando a instituciones y oponentes políticos como “enemigos internos”.
En este 2026 ha utilizado la narrativa de contraterrorismo contra disidentes o los cárteles de la droga, principalmente en México, para justificar medidas severas de orden público. Estas tácticas han sido descritas por expertos como formas de populismo de derecha y nacionalismo económico para proteger su imagen política frente a la opinión pública interna en su país.
Todo indica que la estrategia de comunicación utilizada por el presidente de Estados Unidos no le ha funcionado y, para muestra, los principales periódicos de la Unión Americana, como The New York Times, The Washington Post y The Wall Street Journal, coinciden en la crisis de asequibilidad y el alto costo de vida en alimentos, energía, vivienda y cuidado infantil. Por si esto no fuera poco, se prevé que la deuda pública federal supere el 100% del PIB, lo que afectará el crecimiento económico del país.
Los periódicos antes mencionados coinciden en un clima de polarización y violencia política ante la extrema división provocada por el presidente Trump en apenas un año y cuatro meses de su segundo mandato. Reiteran la incertidumbre económica y el desgaste de la administración trumpista, vinculados a que la economía no mejora para el ciudadano promedio, a pesar de la narrativa oficial de optimismo.
Estas son las condiciones del país cuyo presidente amenaza con invadir México para “ayudarlo” a combatir a los cárteles de la droga. Un presidente que, a inicios de este mes de mayo, tiene una aceptación entre sus conciudadanos de entre 35 y 37% y, dicho sea de paso, una desaprobación que supera el 60% entre la opinión pública estadounidense, con niveles de rechazo récord en su segundo mandato.
Y para muestra, las encuestas de diferentes medios de comunicación: una de The Washington Post/ABC News/Ipsos sitúa su aprobación en 37% y la desaprobación en 62%; CNN reporta un 35% de aprobación general, mientras que la encuesta de Reuters/Ipsos la señala en 36%. Múltiples fuentes, incluyendo Fox News y Pew Research Center, indican que 60% de los ciudadanos norteamericanos desaprueban la labor de Trump.
Sin duda alguna, el segundo mandato de Trump será recordado por la erosión sistemática de las instituciones democráticas, pues más que un gobierno hemos visto un experimento de demolición del orden establecido, dejando a Estados Unidos más aislado y a un mundo más inestable por su incompetencia. Las promesas de prosperidad se disolvieron bajo el peso de los aranceles del 50% y una inflación incontrolable, situación que ha originado una vida más cara y un futuro muy incierto para la clase trabajadora estadounidense.


