JALISCO
El pendiente fino del transporte público
Opinión, por Violeta Moreno Haro
En Jalisco, la conversación sobre transporte suele irse, casi siempre, hacia lo más visible: el tren, el macro, la gran obra, la foto de inauguración.
Pero la dignidad cotidiana del sistema se juega también en otra parte, menos vistosa y mucho más decisiva: las rutas alimentadoras, los autobuses cortos y hasta las vans que acercan a la gente desde colonias, centros universitarios y zonas periféricas hasta la red troncal.
No son un detalle menor. Son la bisagra entre la infraestructura grande y la vida real. Y hoy vale la pena decirlo con claridad, porque el transporte público en Jalisco ya mueve alrededor de 3.1 millones de viajes diarios, mientras SITEUR define a Mi Transporte Tren Ligero precisamente como una red de autobuses que alimenta las líneas del tren.
En la Línea 4, además, ya opera un esquema donde una parte importante de los viajes ocurre con transbordo a otros sistemas.
Hace tiempo yo misma publiqué que este tema debía mirarse con más seriedad a la luz del caso de Seúl. Lo sigo creyendo. La lección coreana no fue “poner camiones bonitos” ni reducir toda la discusión a la tarifa. Fue ordenar el sistema. Seúl rediseñó rutas troncales y alimentadoras, integró transbordos, recuperó para la autoridad la capacidad de decidir y ajustar recorridos según la demanda, y dejó la operación a privados bajo reglas de desempeño, evaluación y redistribución de ingresos.
Es decir, entendió algo básico: el transporte mejora cuando deja de ser suma de inercias y se convierte en una red planeada. Esa es la parte más útil del ejemplo, y esa sigue siendo plenamente vigente para Guadalajara.
Jalisco, por lo demás, ya tiene piezas sobre la mesa. En 2025 se anunció la incorporación de 100 nuevas unidades para Mi Transporte Tren Ligero, incluidas diez vans alimentadoras para el norte de Guadalajara, con el objetivo de reforzar siete rutas existentes y abrir nuevos derroteros.
En febrero de este año, la Ruta 3 redujo su frecuencia de paso de 45 a 12 minutos con unidades eléctricas. Apenas hace unos días arrancó también la Ruta 9 para conectar la Línea 3 con Tonalá y CUTonalá.
Y en la Línea 4 se echaron a andar cinco rutas alimentadoras, apoyadas por 33 autobuses y 19 vans, pensadas para conectar colonias del sur metropolitano con la red principal. Todo eso confirma algo importante: las rutas pequeñas, medianas o de barrio no desaparecieron; siguen siendo parte central del sistema, solo que ahora deberían operar con lógica de red y no con resignación periférica.
Lo que sigue, entonces, no debería ser solo comprar más unidades, sino profesionalizar de verdad el último tramo del viaje. Las alimentadoras tendrían que medirse con criterios exigentes de frecuencia, puntualidad, limpieza, seguridad, accesibilidad y trazabilidad digital.
En muchas colonias no se necesita un camión sobredimensionado circulando medio vacío, sino vehículos adecuados, horarios confiables y transbordos que sí funcionen. Ahí está el punto fino: una red troncal potente pierde legitimidad si la conexión de barrio falla, si la espera se vuelve eterna o si el usuario siente que el segundo tramo de su trayecto quedó fuera del mapa mental de la autoridad.
Por eso, el enfoque propositivo hoy no pasa solo por discutir cuánto cuesta el pasaje, sino por discutir qué servicio se garantiza en las rutas que alimentan el sistema. Mi Macro y el tren mueven masas, sí, pero las alimentadoras deciden si una madre llega a tiempo, si un estudiante no pierde clase, si un trabajador no invierte dos horas extra en el traslado.
El transporte público serio se evalúa también desde ahí: no desde la estación más lucidora, sino desde el eslabón más frágil. Y si Jalisco quiere, de verdad, consolidar una movilidad más justa, moderna y útil, el siguiente salto de calidad está en esas rutas que todavía demasiados miran como secundarias, cuando en realidad son las que sostienen la red entera.




