JALISCO
¿Es posible una gran alianza en Jalisco?
Opinión, por Iván Arrazola
En días recientes ha surgido una propuesta para que el Partido Acción Nacional, el Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano conformen una alianza con el objetivo de impedir la llegada de Morena al poder en Jalisco. Esta iniciativa remite inevitablemente a experiencias previas en el país, donde coaliciones entre fuerzas políticas ideológicamente diversas lograron concretar procesos de alternancia, particularmente en entidades donde el dominio del PRI parecía inamovible.
En efecto, alianzas como las conformadas entre el PAN y el PRD en entidades como Sinaloa, Nayarit o Quintana Roo demostraron ser electoralmente eficaces al articular un frente común contra un adversario hegemónico. Sin embargo, trasladar ese esquema al caso de Jalisco requiere matizar el análisis, pues el contexto político es distinto.
A diferencia de aquellos escenarios, Jalisco es actualmente uno de los pocos estados gobernados por una fuerza distinta a Morena, lo que modifica los incentivos y las estrategias de los actores políticos involucrados.
En este sentido, el escenario electoral jalisciense apunta hacia una competencia cada vez más cerrada entre Movimiento Ciudadano y Morena, si se toman en cuenta los resultados de la última elección local, en la que MC decidió no hacer alianzas. Bajo esta lógica, es precisamente Movimiento Ciudadano quien parece tener mayores incentivos para explorar la construcción de acuerdos políticos.
Ahora bien, la decisión de Movimiento Ciudadano de competir en solitario en la elección local de 2024 tuvo consecuencias visibles. Si bien logró mantenerse como la fuerza con mayor votación, el resultado fue lo suficientemente cerrado como para evidenciar un debilitamiento relativo, especialmente en el Congreso local, donde no cuenta con la capacidad de impulsar reformas sin construir consensos.
Este hecho no solo revela los límites de su estrategia individualista, sino que también coloca sobre la mesa la necesidad de replantear su política de alianzas si busca sostener su posición dominante en Jalisco.
No obstante, más allá de la lógica electoral, la viabilidad de una gran alianza enfrenta obstáculos significativos. En primer lugar, se trata de una elección intermedia, en la que no están en juego cargos de alto nivel como la gubernatura o la Presidencia de la República.
Este tipo de procesos suele funcionar como un termómetro del peso real de cada partido, donde los resultados en congresos locales y ayuntamientos se convierten en moneda de cambio para futuras negociaciones. En consecuencia, la ausencia de incentivos mayores podría desalentar la formación de una coalición amplia en esta coyuntura.
En segundo lugar, resulta relevante analizar el origen de la propuesta. La convocatoria a esta posible alianza proviene del exgobernador Emilio González Márquez, una figura política que arrastra una importante carga de desgaste y polémica.
Su paso por el gobierno estatal estuvo marcado por decisiones y actitudes controvertidas, lo que limita su capacidad para fungir como articulador de consensos amplios. Este factor no es menor, pues en política no solo importan las ideas, sino también los actores que las impulsan.
Aunado a ello, los partidos tradicionales en Jalisco enfrentan un problema estructural: la ausencia de liderazgos renovados que generen expectativas positivas en el electorado. Para Movimiento Ciudadano, aliarse con fuerzas percibidas como desgastadas implicaría un costo político significativo, ya que podría diluir su identidad y obligarlo a ceder espacios de poder en condiciones poco favorables.
En otras palabras, la alianza podría resultar más onerosa que beneficiosa. Por otra parte, no puede soslayarse el componente ideológico. Una coalición entre partidos como MC, PAN y PRI implicaría conciliar visiones políticas divergentes, lo que plantea interrogantes sobre la coherencia programática de un eventual gobierno de coalición.
Las tensiones ya existentes dentro de Movimiento Ciudadano —por ejemplo, en temas como los derechos de las infancias trans o la promoción de agendas vinculadas a posturas conservadoras— evidencian la dificultad de mantener una línea ideológica clara. En este contexto, una alianza con partidos de derecha o de centro podría profundizar estas contradicciones, generando un proyecto político cuyo único punto de convergencia sea la búsqueda del poder.
Sin embargo, el horizonte podría modificarse de cara a procesos electorales futuros. En particular, las elecciones de 2030, al incluir cargos de mayor relevancia, incrementarán los incentivos para la construcción de alianzas amplias. Además, Jalisco presenta una característica electoral peculiar: la tendencia de su electorado a dividir el voto, apoyando a distintos partidos según el cargo en disputa. Este comportamiento podría abrir espacio para estrategias más flexibles de coalición en el futuro.
Jalisco se perfila como un posible laboratorio político donde la oposición podría ensayar nuevas formas de articulación frente a Morena. No obstante, para que una gran alianza sea viable, no basta con la suma de votos; es indispensable construir un proyecto político sólido, con liderazgo legítimo, coherencia ideológica y una narrativa convincente para el electorado.
De lo contrario, el riesgo es claro: convertirse en una oposición fragmentada y testimonial, como ya ocurre en buena medida a nivel federal.



