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OPINIÓN

El día después del Mundial

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Luchas Sociales, por Mónica Ortiz

Con el último silbatazo del Mundial en Jalisco no terminó únicamente un torneo deportivo; concluyó también una de las pruebas más importantes para la capacidad organizativa, política y diplomática del estado. Sin duda, deja un buen sabor de boca, no solo por la infraestructura que se fortaleció, sino también por el ambiente que los jaliscienses supieron imprimir a cada uno de los eventos mundialistas.

La preparación de cerca de dos años dejó importantes avances en la infraestructura urbana y en la movilidad, además de impulsar al gobierno estatal y a varios gobiernos municipales a trabajar de manera coordinada para recibir a miles de personas provenientes de distintas partes del mundo.

Quizá, por un par de semanas, olvidamos lo que significa vivir en un país con múltiples desafíos y nos dejamos contagiar por la llamada fiebre mundialista. Al final, era necesario generar esa pasión y emoción por las competencias internacionales, fortalecer el orgullo nacional, demostrar nuestra capacidad de anfitriones y convertir a Jalisco en un escenario de convivencia, hospitalidad y celebración.

El último evento oficialmente programado en Jalisco fue el partido de la selección de España. Sin embargo, su relevancia trascendió lo deportivo. La visita del rey de España representó un acontecimiento de importancia no solo para el Mundial, sino también para la vida política y diplomática del estado y del país. Llegó en un momento en que las relaciones entre México y España, aunque nunca se rompieron, han atravesado años de tensiones derivadas de diferencias políticas e interpretaciones históricas que han generado episodios de incomodidad para ambas naciones.

Por ello, recibir al rey de España fue mucho más que un acto protocolario o la asistencia a un encuentro deportivo; representó una oportunidad para abrir espacios de diálogo, cooperación y reconciliación. Jalisco supo aprovechar ese escenario para proyectarse como un estado abierto al entendimiento y a la colaboración internacional.

Al final, el deporte confirmó, una vez más, que también puede ser una herramienta de diplomacia. Habrá que ver si nuestros gobernantes y nuestros visitantes supieron aprovechar esa oportunidad para fortalecer una relación que, por historia, cultura e intereses comunes, tiene mucho más que ganar con el diálogo que con el distanciamiento.

Ese esfuerzo institucional también tuvo un rostro político. En ese sentido, corresponde reconocer el papel del gobernador Pablo Lemus Navarro como uno de los principales artífices de la organización del Mundial en Jalisco. Su participación fue constante; procuró estar presente en los principales eventos y dejó su sello personal en el desarrollo de esta justa internacional. Con esa presencia también asumió el riesgo político que implica exponerse de manera permanente en un acontecimiento de esta magnitud, consciente de que la organización sería evaluada por la ciudadanía tanto por sus aciertos como por sus errores.

Para algunos, la figura de un gobernador debería proyectar una imagen más sobria y distante; sin embargo, ese estilo no parece corresponder a la personalidad del mandatario jalisciense. Su cercanía con la ciudadanía y su presencia en los momentos más representativos del Mundial contribuyeron a generar una percepción de acompañamiento, liderazgo y compromiso con un acontecimiento que colocó a Jalisco en los ojos del mundo.

No hay duda de que gobernar una de las sedes de un Mundial representa un desafío político, administrativo y logístico de gran magnitud, y Jalisco logró cumplir con esa responsabilidad. Ahora, el verdadero reto será mantener ese mismo ritmo de trabajo y esa actitud de cercanía con la sociedad más allá de un evento extraordinario. El aprendizaje organizacional que dejó el Mundial debería traducirse en la continuidad de proyectos, políticas públicas y acciones que sigan fortaleciendo al estado.

En este sentido, y retomando el papel de Jalisco como sede del Mundial 2026, habrá que evaluar el intenso trabajo realizado por el gobierno estatal y los gobiernos municipales para la organización de este evento.

Al parecer, hubo de todo: una planeación que permitió colocar a Jalisco como una sede capaz de ofrecer una experiencia de primer nivel, con eventos de gran convocatoria, como los conciertos masivos en la Glorieta de La Minerva, la organización de los partidos programados y la atención brindada a miles de visitantes nacionales e internacionales.

Como todo acontecimiento, el Mundial tuvo un principio y un final. Ahora corresponde preguntarnos qué enseñanza dejó esta experiencia a nuestras autoridades.

Ojalá que las acciones emprendidas para esta justa deportiva no hayan sido únicamente una respuesta temporal a un evento extraordinario, sino el inicio de una visión permanente para seguir mejorando la infraestructura, la movilidad, los servicios y las condiciones que permitan a Jalisco recibir, con la misma calidad, a visitantes nacionales e internacionales, aun cuando no sea sede de un evento de esta magnitud.

La verdadera prueba comienza ahora: saber si el espíritu de organización, coordinación y cooperación que caracterizó estos meses se convertirá en una política pública permanente o si, con el paso del tiempo, quedará únicamente como el recuerdo de un esfuerzo excepcional motivado por un acontecimiento igualmente excepcional.

Al final, ante los ojos del mundo, Jalisco proyectó una imagen de capacidad, organización y hospitalidad. Concluye nuestra participación mundialista y será momento de evaluar, con objetividad, cuáles fueron las enseñanzas y los resultados que este esfuerzo dejó para nuestras autoridades.

Lo que sigue es el tiempo de la evaluación ciudadana y, posteriormente, el tiempo electoral, donde toda acción de gobierno cuenta y puede representar ventajas o desventajas para los distintos actores políticos, según el cristal con que se mire.

Porque, al final, la política, el poder y la competencia forman parte de la naturaleza de las sociedades y de las relaciones humanas.


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