OPINIÓN
Cada quien su realidad
Opinión, por Miguel Anaya
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que las personas discutían sobre los hechos. Podían tener ideas distintas, ideologías opuestas o soluciones contradictorias, pero al menos existía un punto de partida común: la realidad.
Una crisis económica podía discutirse. Un dato podía analizarse. Una decisión política podía criticarse. El problema es que hoy hemos llegado a una época curiosa: ya no solo peleamos por las respuestas; peleamos por definir una visión de la realidad que puede ser totalmente distinta para personas vecinas.
Vivimos en un tiempo donde cada quien puede construir su propia realidad con la misma facilidad con la que arma una lista de reproducción de Spotify. Un algoritmo decide qué vemos, qué creemos, qué nos indigna y hasta con qué enemigo necesitamos pelear antes del desayuno.
La realidad dejó de ser un lugar común y se convirtió en una especie de servicio personalizado.
Como hemos visto en ocasiones anteriores, una nación no existe solamente porque tiene territorio, leyes y ciudadanos; existe porque millones de personas creen en una idea compartida llamada «país».
El problema es que ahora esos imaginarios compiten en un mercado salvaje de narrativas. Cada persona construye su propia versión del mundo. Cada pequeña comunidad tiene sus héroes, sus villanos y sus datos favoritos. La política dejó de ser una lucha por administrar recursos y se convirtió en una guerra por controlar el relato.
George Orwell imaginó un mundo donde el poder controlaba la verdad mediante la manipulación del lenguaje. La distopía parecía exagerada hasta que descubrimos que no hacía falta prohibir todos los libros: bastaba con inundar el mundo de tantas versiones contradictorias que la gente terminara preguntándose si algo realmente ocurrió, qué es verdad y qué no lo es. No es necesario ocultar la verdad cuando puedes distorsionarla bajo millones de opiniones.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito nuestra época como una sociedad dominada por la información, donde el exceso de datos no necesariamente produce más conocimiento. Tenemos más noticias, más videos, más análisis, más expertos y más «especialistas» opinando desde cualquier rincón del planeta.
Paradójicamente, tanta información puede producir desorientación. Es como entrar a un restaurante con un menú de 700 páginas: al final, uno termina comiendo cualquier cosa.
Antes podíamos discutir sobre el futuro de México. Hoy, muchas veces, ni siquiera compartimos la misma versión del presente.
Unos viven en el país de los grandes avances. Otros viven en el país del desastre absoluto. Unos ven héroes donde otros ven villanos. La realidad se convirtió en una pelea de versiones, con datos inventados o, cuando menos, manipulados, como si la nación fuera una serie de televisión donde cada audiencia exige un final diferente.
Y aquí aparece la ironía de nuestra época: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y nunca habíamos sido tan incapaces de escucharnos.
La política moderna entendió algo importante: quien controla la emoción muchas veces controla la conversación. El miedo, la indignación y la nostalgia son mucho más fáciles de viralizar que una política pública de 200 páginas.
Una promesa sencilla siempre gana contra una explicación compleja.
Por eso los nuevos líderes no solo gobiernan; producen contenido. No solo anuncian decisiones; diseñan escenas. No solo buscan aprobación; buscan interacción. El ciudadano dejó de ser solamente elector y se convirtió en audiencia.
Por eso es más importante el video corto en el Fan Fest de la FIFA que resolver la crisis del agua; es más importante invitar a la mascota no oficial del Mundial a la mañanera que hablar de los miles de desaparecidos.
Quizá el gran desafío de nuestra época no sea encontrar más información, sino recuperar algo más básico: una realidad compartida.
Porque una sociedad puede sobrevivir con diferencias enormes. Puede vivir con debates, conflictos e incluso con desacuerdos profundos. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad donde cada persona habita un universo distinto y todos creen que los demás son los que están equivocados.
Quizá el verdadero peligro del futuro no sea que las máquinas piensen como humanos. Tal vez sea que los humanos terminemos pensando como algoritmos: buscando únicamente aquello que confirma lo que ya queríamos creer.
¿Qué pasa con una democracia cuando ya no existe una realidad común sobre la cual discutir? ¿Quién gobierna un país donde cada ciudadano vive en una historia diferente? Y, más importante, ¿qué ocurre cuando dejamos de pelear por construir el futuro porque estamos demasiado ocupados defendiendo nuestra propia versión del pasado?




