OPINIÓN
El sistema que no deja de ser
Opinión, por Miguel Anaya
Hace menos de una década, México cambió. Pero, no cambió de sistema; cambió de narrativa. Y ese matiz —que parece menor— explica más de lo que muchos debates ideológicos alcanzan a ver.
Hubo una etapa reciente en la que el país operaba, con bastante fidelidad, bajo la lógica que describió Joseph Schumpeter en «Capitalismo, socialismo y democracia.
Un capitalismo más o menos funcional: reformas estructurales, apertura a la inversión, integración global y proyectos de gran escala que buscaban colocar a México en una liga de infraestructura de primer nivel. La apuesta era clara: crecer, modernizar, competir.
Los indicadores acompañaban, al menos en parte, esa narrativa. Crecimiento económico moderado pero constante, avances en sectores estratégicos y una sensación de dirección técnica. No era un país en colapso. Era un país que, con todas sus limitaciones, funcionaba.
Y, sin embargo, ese modelo se agotó políticamente. Y no por falta de resultados, sino por algo más sensible: la percepción. La desigualdad persistente, la corrupción —real y percibida— y la sensación (con parte de razón) de que el progreso beneficiaba solo a unos cuantos erosionaron la legitimidad del sistema. Exactamente como lo anticipaba Schumpeter: el capitalismo no muere cuando deja de producir, sino cuando deja de ser creído.
El error no fue económico. Fue cultural. Se asumió que los números bastaban y no bastaron. En ese vacío emergió una nueva etapa, no como ruptura total, sino como corrección. Una etapa que desplazó el eje de legitimidad: del económico hacia el Estado, de la eficiencia hacia la percepción de justicia, de los grandes proyectos institucionales hacia el beneficio directo.
Lo que siguió fue un reacomodo: mayor intervención estatal en sectores estratégicos, expansión de programas sociales, centralización de decisiones y una narrativa constante de reivindicación social. No es una transformación ideológica pura; es una respuesta política a un sistema que había perdido credibilidad.
Y aquí aparece la paradoja que define al México actual. El país sigue profundamente integrado al mercado global, especialmente a Estados Unidos. El tratado comercial de América del Norte continúa siendo el eje económico, la inversión privada no ha desaparecido y la política fiscal se ha mantenido relativamente estable. Es decir, el motor económico sigue encendido.
Pero la legitimidad ya no se construye desde ahí. Hoy, la estabilidad y la narrativa política descansan en la redistribución, en los apoyos monetarios directos y en la esperanza de justicia social antes que en indicadores macro económicos exitosos. Y eso, más que un giro de 180 grados es una adaptación.
El problema es que este nuevo equilibrio no está exento de riesgos. El propio Schumpeter advertía que lo que el Estado gana en legitimidad, puede perderlo en eficiencia. La centralización puede convertirse en rigidez y la expansión del aparato público puede limitar la libertad.
Pero sería un error analizar esto solo desde la eficiencia. Porque, de nuevo, el punto central no es técnico, es político. México no cambió porque un modelo dejó de funcionar, cambió porque dejó de convencer, porque la idea generalizada es que el beneficio no era para la mayoría.
Y eso deja una lección incómoda para cualquier nivel de liderazgo: puedes tener proyectos de primer nivel, finanzas ordenadas y crecimiento medible… y aun así perder si la gente no siente que ese progreso le pertenece.
El país no abandonó el capitalismo (o la idea que tenía de el a través del PRI moderno o del PAN); abandonó la confianza en una forma específica de vivirlo.
Y entonces, más allá de debates ideológicos o de si un modelo es mejor que otro, la pregunta que queda en el aire es mucho más simple y a la vez más difícil de responder: ¿Se está construyendo hoy una legitimidad institucional real y sostenible… o solo estamos administrando, -olvidando los proyectos de futuro- el desgaste inevitable del sistema?
Esto, hasta que, surja -como suele pasar- un nuevo liderazgo que convenza prometiendo entelequias olvidando realidades.


