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ENTREVISTAS

El agua en GDL, crónica de una vida cotidiana: «Prefiero no abrir las llaves», dice doña María, vecina de La Perla

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Por Francisco Junco

Hay casas que no necesitan decir su historia. La exhalan. En la calle Mariano Jiménez, en la colonia La Perla, una fachada azul, plana, sin adornos, cerrada como si se defendiera del mundo, parece guardar algo más que la rutina doméstica. Dos puertas abajo, una ventana angosta enrejada y, arriba, un único ojo rectangular que mira sin asomarse. Todo funcional. Todo contenido. Todo, menos lo que corre por dentro de sus tuberías.

A unas cuadras del parque Morelos, del Hospital Civil Nuevo y del viejo pulso comercial de San Juan de Dios, la vida debería fluir con normalidad. Pero aquí el agua, ese hilo invisible que sostiene la casa, se ha vuelto sospecha, molestia, amenaza.

“Prefiero no abrir las llaves”, dice María López Gutiérrez, vecina de La Perla de toda la vida. No es una exageración doméstica, es una decisión que se toma con la nariz. “Se huele la casa como si hubiera destapado una alcantarilla”. No habla de agua turbia, de tierra o de sarro. Habla de algo más profundo. De un olor que remite directamente al drenaje.

El problema no llegó de golpe. Se fue instalando, como esas humedades que avanzan sin hacer ruido. Dos meses, calcula ella. Primero la duda. Tal vez una reparación, tal vez una falla temporal. Luego la confirmación. El mismo olor, la misma agua en la casa de enfrente, en la de al lado, en la de más allá. Así, de puerta en puerta, la sospecha se volvió certeza colectiva.

En La Perla, dicen, no son pocos. Treinta vecinos, por lo menos. Nombres que se repiten en la conversación cotidiana: Carlos, Antonio, Virginia, Carmelita, Justina, Fernando, Juan, Cristina. Una red de voces que coinciden en lo esencial. El agua puede verse clara, pero huele igual. Y eso basta.

La rutina se ha trastocado. Donde antes bastaba abrir la llave, ahora hay cálculo. El agua del sistema del SIAPA, la que se debe pagar puntualmente, apenas sirve, dicen, para trapear o lavar patios, y aun así con reservas. Cloro, vinagre blanco, remedios caseros que intentan domesticar el olor. Un esfuerzo por hacer utilizable lo que, en teoría, ya debería serlo.

Pero el ajuste más costoso no es químico, es económico. María hace cuentas: diez garrafones por semana, veinte en total porque los repone dos veces. Cuatrocientos pesos semanales para bañarse, lavar trastes, atender a cuatro niños pequeños. La aritmética doméstica no falla; el gasto en agua “alternativa” supera con creces el recibo oficial.

Y, sin embargo, el recibo llega. Puntual. De 230 a 240 pesos. La cifra no baja, aunque el consumo sí. “¿Dónde está la diferencia?”, pregunta ella, más como constatación que como reclamo. Porque el sistema de cobro no distingue entre agua útil y agua rechazada.

En otra casa, a una cuadra, la solución fue técnica, simplemente instalar filtros. La intención era contener el problema en la entrada. Pero los cartuchos, nuevos, terminaron saturados en cuestión de días. La evidencia física de lo que circula por las tuberías.

Los filtros retirados cuentan su propia historia. Pliegues oscurecidos, sedimentos atrapados, deformaciones por obstrucción. Como si en pocas semanas hubieran envejecido años. El costo tampoco es menor. 799 pesos el filtro grande, 358 el del tinaco. Inversión constante para sostener una normalidad que no llega.

“Es injusto que tengamos que filtrar el agua que pagamos”, dice Humberto, otro vecino. La frase no busca dramatizar; resume una lógica rota. El servicio que debería garantizar calidad se traslada al usuario, que termina absorbiendo el costo y el riesgo.

El problema, además, rebasa lo doméstico. Hay reportes de afectaciones en la piel, de erupciones en personas mayores. No hay un diagnóstico oficial visible en la colonia, pero sí una percepción compartida. El agua no es segura. Y esa percepción, en contextos urbanos densos, pesa tanto como cualquier dictamen técnico.

Los intentos de denuncia han seguido los canales formales. Cada vecino realiza llamadas, reportes, visitas a oficinas. La respuesta, para todos, es uniforme: “Se está trabajando en el asunto”. Mientras tanto, ninguna brigada técnica visible en la zona, ningún protocolo sanitario desplegado, ningún muestreo sistemático que dé certidumbre.

Hubo esfuerzos aislados. Recolección de muestras, gestión desde actores políticos locales. Pero incluso ahí, la experiencia de los vecinos revela otro filtro, no de agua, sino de atención: si la muestra no es lo suficientemente turbia, no procede. Como si el olor no contara. Como si la evidencia necesitara ser escandalosa para ser válida.

La paradoja es geográfica. La colonia La Perla no está en la periferia lejana ni en un vacío institucional. Está cerca de hospitales, de oficinas públicas, de nodos urbanos clave. Y aun así, la sensación predominante es de abandono.

El problema tampoco parece aislado. María menciona la colonia Hormiguero, más lejos, con reportes similares. El mapa, entonces, se amplía, y aclara que no es un punto, es una mancha que podría estar extendiéndose en pleno centro de Guadalajara.

En la casa azul de Mariano Jiménez, la vida cotidiana se reorganiza alrededor de la escasez de confianza. Los niños, de dos, cuatro, ocho y once años, ya no gatean libremente en pisos recién trapeados. La ropa se lava menos o se envía fuera. Las decisiones más simples, abrir una llave, pasan por un filtro mental.

Pero la señora María no habla desde la estadística, sino desde la experiencia acumulada de semanas. Cuida a sus nietos mientras su hija trabaja. Sostiene la rutina con garrafones, hervores, precauciones. Su testimonio no es técnico, pero es preciso en lo esencial. El agua que llega no cumple con lo que promete.

“Que se pongan en nuestro lugar”, pide a las autoridades. No como consigna, sino como ejercicio básico, que se bañen con esa agua, que se laven los dientes, que limpien los trastes. Probar, en carne propia, lo que hoy es cotidiano para decenas de familias y así entonces decir “que no pasa nada”.

Porque, al final, la discusión vuelve siempre al mismo punto. El agua no es un lujo ni un complemento. Es un servicio básico que, en esta esquina de Guadalajara, como en otras muchas, ha dejado de ser confiable sin que nadie, hasta ahora, ofrezca una explicación suficiente.

Y mientras la fachada azul sigue ahí, intacta, sin ornamentos, el verdadero desgaste ocurre por dentro, en las tuberías, en los bolsillos, en la paciencia de quienes, cada día, abren la llave con la incertidumbre de no saber exactamente qué es lo que va a salir.

 


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