OPINIÓN
Lo que falta con el Mundial encima
Opinión, por Violeta Moreno Haro
El Mundial ya no está lejos. Ya no es una maqueta, ni una conferencia de prensa, ni una promesa de derrama económica. Está encima. Y justo por eso conviene hacer una pregunta menos cómoda que la de siempre: ¿qué les falta realmente a las tres ciudades mexicanas que serán sede?
No hablo solamente de estadios, aeropuertos, hoteles o zonas turísticas. Eso, con mayor o menor eficacia, se va resolviendo porque hay presión internacional, dinero, marcas y cámaras encima. Lo que falta es otra cosa: una inteligencia pública capaz de ordenar la vida cotidiana alrededor del espectáculo.
Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey no van a ser juzgadas únicamente por cómo se vean dentro del estadio. Van a ser juzgadas por cómo funcionan afuera. Por la salida del aeropuerto. Por el tráfico de una tarde cualquiera. Por la seguridad del visitante que no sabe moverse. Por el vecino que no podrá llegar a su casa. Por el comerciante pequeño que puede quedar fuera de la fiesta. Por el transporte público saturado. Por el agua. Por la basura. Por la comunicación clara. Por la capacidad de gobernar el caos sin convertirlo en pretexto.
A la Ciudad de México le falta asumir que no basta con tener historia mundialista. El Azteca puede ser mito, pero alrededor hay una ciudad que ya vive al límite: movilidad complicada, colonias presionadas, problemas de agua, lluvias, comercio informal, turismo creciente y una ciudadanía cansada de que los grandes eventos le cambien la vida sin preguntarle.
La capital necesita un plan quirúrgico de accesos, rutas peatonales, transporte temporal, protección a vecinos y comunicación pública por zonas. No se puede recibir al mundo desordenando a quienes viven ahí todos los días.
A Guadalajara le falta entender que el Mundial no puede quedarse encerrado en la burbuja del estadio y de Zapopan. La ciudad tiene cultura, identidad, gastronomía, universidad, tradición futbolera y un enorme capital simbólico, pero también tiene una zona metropolitana fragmentada, con traslados difíciles y una desconexión histórica entre lo que se presume y lo que se ejecuta. Guadalajara necesita convertir el Mundial en una experiencia metropolitana completa: aeropuerto, hotelería, centro, corredor cultural, transporte, seguridad y barrios. Si no, el visitante verá estadio, tráfico y nada más.
A Monterrey le falta resolver su contradicción principal: quiere venderse como ciudad moderna, empresarial y eficiente, pero carga problemas ambientales, de aire, calor, agua y movilidad que no se resuelven con tecnología vistosa. Monterrey puede enseñar músculo, pero necesita enseñar también criterio público. No todo se arregla con vigilancia, pantallas o discursos de innovación. Un Mundial en una ciudad de clima extremo exige sombra, hidratación, rutas claras, transporte suficiente, protocolos médicos y una conversación seria sobre sustentabilidad.
El análisis que casi nadie hace es este: México no compite contra Estados Unidos y Canadá en número de partidos. Compite en carácter. Ellos pueden presumir infraestructura; México puede presumir alma. Pero el alma sin operación se puede volver postal barata. Y la operación sin alma se puede volver evento privatizado.
Lo que falta, entonces, no es solo terminar obras. Falta una narrativa nacional de hospitalidad con orden. Falta decirle al visitante qué México va a conocer y decirle al ciudadano qué ciudad va a poder seguir habitando mientras llega el mundo.
Porque un Mundial puede dejar estadios llenos, fotografías bonitas y discursos triunfalistas. Pero también puede dejar enojo, saturación, exclusión y la sensación de que la ciudad fue prestada para una fiesta ajena.
La verdadera prueba no será si México inaugura bien. La prueba será si, cuando se vaya el último turista, las tres ciudades quedaron mejor paradas para quienes sí se quedan.


