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OPINIÓN

Los cuentos de la vida común: Juan Fernando Covarrubias y su mirada sobre lo cotidiano

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Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias

Juan Fernando Covarrubias, ganador del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2014, es egresado de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara; además de escritor, es corrector de estilo, colaborador en la Gaceta Universitaria y docente en el Centro de Arte y Plástica. Para él, la escritura apareció como una forma de explicarse el mundo y, con el tiempo, se convirtió en el espacio donde transforma la experiencia cotidiana en literatura.

El inicio de su relación con la literatura ocurrió en la secundaria, mientras trabajaba como cerillo. Un compañero le prestó Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y ese libro lo marcó para siempre. La inventiva del protagonista y la escena en la que convence a sus amigos de pagarle por pintar una cerca lo fascinaron. “A partir de ahí no he soltado la literatura”.

En la preparatoria comenzó a escribir letras de canciones y luego poemas. Ganó un concurso de poesía en la Prepa 8, aunque la experiencia estuvo marcada por la vergüenza adolescente. Aun así, la escritura se volvió una necesidad. Covarrubias afirma que comenzó a escribir porque no encontraba otra forma de comprender lo que le ocurría. “La escritura vino a ayudarme a explicarme ciertas cosas”, evocando a Julio Ramón Ribeyro.

Aunque inició en la poesía, el tránsito hacia la narrativa fue natural. Los poemas se transformaron en textos en prosa, luego en relatos y finalmente en cuentos. La prosa le ofreció un modo más claro de decir lo que quería decir. Con el tiempo llegó también la novela y el ensayo, pero el cuento se convirtió en su territorio principal.

Antes de ingresar a Letras Hispánicas, Covarrubias estudió contaduría y trabajó en un despacho y en IBM. No encontraba rumbo. La decisión de dedicarse a la literatura llegó gracias a un libro que vio cuando regresaba a casa: El sol que estás mirando, del chihuahuense Jesús Gardea. El ejemplar costaba lo mismo que el camión de regreso; la elección era caminar o comprarlo, y eligió el libro. Desde entonces, su obra se ha nutrido de lo que conoce, de lo que vive y de lo que lee. Retoma una frase que escuchó en la licenciatura, atribuida a Northrop Frye: “La literatura nace de la literatura”.

Sus primeras publicaciones llegaron gracias a José Luis Meza Inda, director del suplemento El Tapatío de El Informador. Covarrubias le llevó un texto que fue rechazado, pero insistió. Un mes después presentó otro, un ensayo breve sobre la lluvia en Guadalajara, y fue aceptado. La maestra Magdalena González Casillas, quien impartía Literatura Jalisciense, leyó ese cuento en voz alta en clase sin avisarle. Al final reveló que el autor estaba presente. Ese momento, recuerda, fue decisivo para asumirse como escritor.

En 2013 publicó La muerte compartida, su primer libro de cuentos. El volumen reúne relatos que parten de episodios familiares y escenas del barrio donde creció, la colonia Constitución. Uno de los cuentos más significativos, “Relo”, está inspirado en un tío con un trastorno mental cuya presencia en la infancia del autor dejó una huella profunda. En ese libro, admite, todavía no lograba separar del todo al autor del narrador. La voz narrativa se construye desde la memoria y desde la mirada del niño que observa e interpreta su entorno.

Un año después obtuvo el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez con O Cirilo tal vez regresó. La mayoría de los relatos surgieron de un ejercicio de observación: cada domingo acudía al camellón de la colonia Seattle, frente al zoológico Villa Fantasía, con un termo de café, cigarrillos y una libreta. Observaba a las personas que pasaban e imaginaba sus vidas. Ese método define buena parte de su escritura. Sus cuentos se sostienen en la vida común y en los gestos mínimos. El libro ya estaba terminado cuando vio la convocatoria del premio, a tres días del cierre. Lo revisó rápidamente, lo imprimió y lo entregó en el Ex Convento del Carmen. Después lo olvidó. Semanas más tarde recibió la llamada que anunciaba que había ganado. “No lo podía creer”.

En 2023 publicó Loco por destruir, un libro que profundiza en la fragilidad humana. En estos cuentos aparecen personajes que enfrentan rupturas emocionales, pérdidas y tensiones familiares que revelan su vulnerabilidad. La mirada del autor se desplaza hacia situaciones donde la estabilidad se fractura y donde los protagonistas deben lidiar con decisiones que los transforman. El tono se vuelve más maduro, pero mantiene la atención al detalle que caracteriza su obra.

En 2024 Covarrubias incursionó en la novela con Nada que salvar. La novela parte de una situación límite que obliga al protagonista a confrontar aquello que ha evitado durante años, y ese seguimiento continuo le permitió al autor explorar un ritmo narrativo distinto al del cuento, más pausado y atento a la transformación interna. Escribirla implicó modificar su método: ya no bastaba con observar escenas aisladas o gestos mínimos, sino construir una secuencia que mantuviera la tensión sin recurrir a artificios. Aunque la historia se desarrolla en un entorno cotidiano, la escala del conflicto es mayor y exige decisiones que afectan de manera irreversible la vida del personaje. Para Covarrubias, la novela representó un espacio para probar otra forma de narrar sin abandonar la claridad, la cercanía y la atención al detalle que caracterizan su obra. Nada que salvar amplía su territorio narrativo y confirma su interés por explorar la vulnerabilidad humana desde distintos registros.

La obra de Covarrubias se sostiene en una mirada íntima hacia la vida común y en narradores que privilegian la cercanía con el lector. Sus cuentos exploran la familia, la infancia, la pérdida y los vínculos que marcan la experiencia cotidiana. Para él, la literatura es un modo de observar, ordenar y comprender aquello que no siempre puede explicarse de otra manera.


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