OPINIÓN
El desgaste invisible del litigio: Los otros operadores de justicia
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Cuando las personas piensan en justicia, normalmente imaginan a un juez dictando una sentencia. La imagen está tan instalada en nuestra cultura que pareciera que todo el sistema judicial gira únicamente alrededor de quien ocupa el estrado. Pero la realidad es muy distinta. La justicia no funciona sola ni se construye únicamente desde los tribunales.
Detrás de cada resolución existe una enorme red de personas que sostienen diariamente el sistema jurídico y, entre ellas, hay una figura que muchas veces es incomprendida, criticada o reducida injustamente a estereotipos: el litigante.
En México, la palabra “abogado” suele despertar reacciones encontradas. Hay quienes la asocian inmediatamente con corrupción, trámites interminables o vacíos legales. En buena parte, eso ocurre porque el trabajo jurídico normalmente solo se vuelve visible cuando existe un conflicto. Pocas personas conocen realmente lo que implica ejercer el litigio todos los días.
Y, sin embargo, buena parte del funcionamiento de las instituciones depende precisamente de eso.
El litigante no es únicamente alguien que presenta demandas o comparece en audiencias. En realidad, es una pieza fundamental dentro del sistema de justicia. Es quien traduce problemas humanos al lenguaje del derecho. Quien intenta darle forma jurídica a conflictos familiares, patrimoniales, laborales, administrativos o incluso médicos. Quien toma historias personales, muchas veces caóticas y emocionalmente desgastantes, y trata de convertirlas en argumentos, pruebas y procedimientos.
Esa parte rara vez se ve desde afuera.
Porque antes de llegar a un tribunal, normalmente ya existe angustia. Hay personas que llegan con miedo a perder su patrimonio, con preocupación por una enfermedad, con incertidumbre económica o con conflictos familiares que llevan años deteriorándose. Y, en medio de todo eso, aparece el abogado litigante intentando construir orden dentro del conflicto.
Muchas veces, el litigio también implica administrar expectativas. Esa quizá sea una de las partes más difíciles del ejercicio profesional y una de las menos comprendidas. El derecho no siempre ofrece soluciones rápidas, perfectas o emocionalmente satisfactorias. Hay asuntos donde, incluso teniendo razón, el procedimiento puede tardar años. Hay casos donde las pruebas son insuficientes. Hay situaciones donde el derecho simplemente no puede reparar completamente el daño humano que existe detrás del expediente.
Pero, aun así, el litigante tiene que acompañar el proceso, y lo hace dentro de un sistema que muchas veces también opera bajo enormes niveles de presión. Porque el abogado no trabaja aislado. Su función depende de una estructura mucho más amplia, integrada por actuarios, secretarios, notificadores, proyectistas, defensores, ministerios públicos, personal administrativo y jueces. Todos forman parte del mismo engranaje institucional.
Por eso resulta tan simplista reducir el funcionamiento de la justicia únicamente a la figura del juez.
Un expediente no avanza solo porque exista una sentencia al final del camino. Avanza porque existe una enorme cadena de trabajo técnico y humano detrás de cada acuerdo, cada promoción, cada audiencia y cada resolución. Y, dentro de esa dinámica, el litigante ocupa un lugar particularmente complejo: es el puente permanente entre las personas y las instituciones.
Eso también significa cargar constantemente con frustraciones ajenas.
Porque cuando alguien atraviesa un conflicto jurídico, normalmente busca respuestas inmediatas. Quiere soluciones rápidas frente a problemas que suelen ser emocionalmente intensos. Sin embargo, el derecho tiene tiempos propios. Necesita pruebas, procedimientos, revisiones y formalidades. Y aunque desde afuera eso muchas veces parezca simple burocracia, en realidad son mecanismos diseñados para evitar arbitrariedades.
El problema es que vivimos en una época acostumbrada a la inmediatez.
Hoy prácticamente todo ocurre rápido: la información, las opiniones, las reacciones. Y, en medio de esa velocidad, el sistema jurídico suele parecer desesperadamente lento. Pero la justicia no puede funcionar bajo la lógica de una aplicación móvil. Resolver conflictos humanos implica revisar contextos, valorar hechos y tomar decisiones que muchas veces afectan patrimonio, libertad, salud o proyectos de vida.
Esa complejidad rara vez cabe en la percepción pública que existe sobre los abogados litigantes.
Porque, además, hay algo profundamente contradictorio en esta profesión: el abogado suele aparecer únicamente cuando las cosas ya salieron mal. Nadie busca a un litigante en uno de los mejores momentos de su vida. Normalmente aparece cuando existe un problema, una ruptura, una pérdida, un accidente o un conflicto que alguien no pudo resolver por sí solo.
Quizá por eso el litigio termina siendo también una profesión que convive permanentemente con el desgaste humano.
Detrás de cada carpeta hay personas preocupadas, enojadas, desesperadas o cansadas. Y aunque el derecho trabaja con leyes, plazos y procedimientos, al final del día los operadores jurídicos terminan lidiando con emociones profundamente humanas.
Cuando el sistema de justicia falla, todos lo notan. Una sentencia polémica, un procedimiento mal llevado o un caso que permanece años sin resolverse generan indignación inmediata. Pero existe otro problema mucho menos visible: cuando el operador jurídico falla desde el litigio, el deterioro suele ser silencioso.
Un abogado poco preparado, deshonesto o irresponsable no solamente afecta a su cliente. También retrasa procedimientos, desgasta instituciones, satura tribunales y termina debilitando la confianza de las personas en el sistema completo. La justicia no se erosiona únicamente desde las grandes decisiones públicas; muchas veces también se deteriora lentamente desde prácticas cotidianas normalizadas: la falta de transparencia, la improvisación, el abuso procesal o la ausencia de preparación profesional.
Y quizá esa sea una de las responsabilidades menos discutidas del litigio: entender que detrás de cada expediente no solo existe un asunto jurídico, sino consecuencias reales para personas reales.
A veces olvidamos que la justicia no es únicamente el momento final de una sentencia. También es todo lo que ocurre antes: escuchar, interpretar, argumentar, revisar, notificar, proyectar y acompañar procesos que muchas veces representan momentos decisivos en la vida de alguien.
Por eso, reducir el trabajo jurídico a estereotipos fáciles termina siendo injusto incluso para la propia sociedad.
Porque, al final, los operadores de justicia —incluidos los litigantes— terminan sosteniendo algo mucho más importante que simples trámites: la posibilidad de que los conflictos puedan resolverse dentro de instituciones y no únicamente a través de la fuerza, el enojo o la desesperación.



