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OPINIÓN

Entre el boletín y la calle: El miedo también gobierna

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Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco:

Los comunicados oficiales hablan de estrategias, de coordinación y de resultados. La encuesta del INEGI, publicada el viernes pasado, habla de otra cosa: de lo que siente la gente cuando sale de su casa. Y lo que siente la gente del Área Metropolitana de Guadalajara es miedo, repartido de manera desigual, pero miedo al fin.

Empecemos por la capital. Ochenta de cada cien tapatíos consideran inseguro vivir en su ciudad. El promedio de las 91 ciudades medidas es de 58.1 por ciento. Guadalajara está veintidós puntos por encima y, para colmo, subió dos desde junio. No hay ahí un avance que presumir ni una tendencia que celebrar. Hay una ciudad instalada en la desconfianza, mientras quienes la gobiernan administran el desgaste como si fuera estabilidad.

Hay que reconocer lo que merece reconocimiento, porque la crítica que no distingue no es crítica: es rencor. Tonalá pasó de 65.4 a 57.4 por ciento de percepción de inseguridad en un año, y esa baja de ocho puntos sí resiste la prueba estadística. Es el único municipio metropolitano que puede mostrar un avance con respaldo. Además, redujo en diez puntos la proporción de habitantes que reportan conflictos o enfrentamientos. Cabe preguntarse qué hizo Tonalá que no hacen sus vecinas y por qué los demás ayuntamientos no lo preguntan, no lo copian o no lo explican.

Porque Zapopan, que presume orden y eficiencia, aparece en el otro extremo del retrato. Su percepción de inseguridad pasó de 49.5 a 57.2 por ciento en doce meses, y de 54.1 a 57.2 por ciento en el último trimestre. Conviene la cautela: ese aumento no alcanza significancia estadística y la ENSU mide percepción, no delitos. Pero el municipio que durante años se vendió como la excepción metropolitana hoy está en el promedio nacional y ya rebasó a Tonalá. No es una condena, es una advertencia. Los números aún no dicen que Zapopan se descompuso, pero sí que dejó de ser la isla que decía ser.

Si hay un dato que debería quitarle el sueño a alguien en Tlaquepaque, es este: en un trimestre, la proporción de habitantes que reportó conflictos o enfrentamientos pasó de 36.7 a 55.5 por ciento. Son casi diecinueve puntos, uno de los tres mayores incrementos de todo el país, y este sí es estadísticamente significativo. Su percepción de inseguridad, además, se movió de 60.1 a 64.5 por ciento en el año. Estas cifras describen algo más hondo que el delito: una convivencia que se agria, el vecino contra el vecino, el ciudadano contra la ventanilla, la calle convertida en campo de pequeñas guerras. Un municipio donde la gente se pelea más ya perdió algo que no se recupera con patrullas.

Tlajomulco, por su parte, baja de 73.6 a 67.6 por ciento en el año, y su conflictividad cae doce puntos en el trimestre. Son buenas noticias, aunque a medias. Seguir casi diez puntos arriba del promedio nacional no es una victoria, es apenas un descenso a lo menos grave. Mejorar desde el desastre no es todavía gobernar bien.

Hay otra parte del informe que las autoridades prefieren no leer en voz alta. El ciudadano común confía más en quien viene de fuera que en quien patrulla su colonia. La Marina alcanza 85 por ciento de efectividad percibida; el Ejército, 82.3, y la Guardia Nacional, 73.5. La policía estatal llega a 55.7 y la preventiva municipal, apenas a 50.9. El informe no desglosa este dato por municipio de Jalisco, pero el mensaje nacional es brutal: la corporación más cercana al ciudadano es la que menos confianza inspira. Y a esa corporación la dirigen precisamente los ayuntamientos que hoy se disputan las cifras buenas.

La vida diaria lo confirma. Cuatro de cada diez mexicanos urbanos dejaron de llevar objetos de valor por temor a un delito. Casi el 39 por ciento ya no permite que los menores salgan sin compañía. Más de un tercio dejó de caminar de noche cerca de su casa y uno de cada cinco renunció a visitar a sus parientes. Ese es el impuesto invisible del miedo: no aparece en ningún presupuesto, pero se cobra todos los días, en libertades, en rutinas y en calles que se vacían al caer la tarde. Y las mujeres lo pagan más caro: el 64.2 por ciento se siente insegura en su ciudad, frente al 50.6 por ciento de los hombres.

Alguien dirá que la encuesta solo mide percepción. Es cierto, y lo diremos con la misma honestidad con que señalamos los avances: la mayoría de las variaciones del área metropolitana no son estadísticamente significativas y la muestra por ciudad es limitada. Pero la percepción es política. Es el termómetro de la legitimidad. Un gobierno al que se le teme no puede presumir que gobierna bien, y un gobierno cuya policía no inspira confianza no puede exigirle al ciudadano que se sienta seguro por decreto.

Quedan pendientes las cuentas que ninguna encuesta resuelve. Que el Secretariado Ejecutivo y la Fiscalía de Jalisco pongan sobre la mesa las cifras de incidencia, municipio por municipio, sin maquillajes. Que se comparen con los resultados de la ENSU. Que se explique con datos, no con boletines, por qué una ciudad mejora mientras la de al lado se descompone. Y que cada alcalde responda, sin evasivas, qué piensa hacer con una corporación en la que la mitad de sus gobernados no cree.

Porque el miedo no solo se siente. Gobierna. Decide a qué hora se sale, por dónde se camina y a quién se le abre la puerta. Y mientras las autoridades celebren lo que les conviene y callen lo que les incomoda, esa será la verdadera administración de la metrópoli: la del silencio y la sospecha.

Porque lo grave, en política y en periodismo, nunca es que no se sepa. Lo grave es que se sepa y se calle.

Fuente: INEGI, Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), Reporte de Resultados 49/26, 23 de octubre de 2026 (tercer trimestre de 2026). La ENSU mide percepción ciudadana, no incidencia delictiva.


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