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Juárez, el hombre detrás del mármol

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Opinión, por Miguel Anaya

Casi todas las sociedades tienen una curiosa costumbre: cuando un personaje se vuelve demasiado importante, dejan de estudiarlo desde su contexto histórico y comienzan a pulirlo en bronce. Con el tiempo, la estatua queda impecable… y el ser humano desaparece.

Eso ha ocurrido con Benito Juárez, a quien durante generaciones se nos presentó como una figura casi perfecta: el indígena austero, el defensor de la patria, el presidente impecable que parecía caminar sin dudas ni contradicciones.

La realidad, como suele suceder, es bastante más interesante.

Juárez fue un político —y uno particularmente eficaz— que transformó al país en medio de guerras, exilios, conspiraciones y decisiones que hoy todavía provocan debate.

Antes de convertirse en presidente fue abogado, político local y rector del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, uno de los espacios donde se incubaba el pensamiento liberal de la época. Desde ahí se formó una generación convencida de que México debía romper con la herencia colonial y construir un Estado moderno.

Esa convicción pronto lo metería en problemas.

Cuando Antonio López de Santa Anna volvió al poder en 1853, los liberales comenzaron a estorbar. Juárez, que entonces era gobernador de Oaxaca y no acostumbraba a moderar sus opiniones, terminó pagando el precio habitual de la política mexicana del siglo XIX: cárcel primero y destierro después.

Así fue como terminó en Nueva Orleans, una ciudad que en aquel momento funcionaba como refugio para varios liberales mexicanos. Allí vivió con bastante modestia mientras esperaba que el clima político cambiara. No era todavía el personaje solemne de los libros de texto; era simplemente un político exiliado observando desde lejos.

El regreso llegó con la Revolución de Ayutla y la caída del régimen santannista. A partir de ese momento comenzó la etapa que realmente transformaría al país.

Junto con liberales como Melchor Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, impulsó las Leyes de Reforma, que hicieron algo que en su momento parecía casi herético: separar al Estado de la Iglesia, eliminar los privilegios legales del clero y del ejército, y crear instituciones civiles como el registro de nacimientos, matrimonios y defunciones.

Hoy parece sentido común. En el siglo XIX fue dinamita política.

Los cambios desembocaron en la Guerra de Reforma, un conflicto brutal que partió al país entre liberales y conservadores. Apenas había terminado esa guerra cuando México enfrentó otro desafío aún mayor: la intervención francesa.

Fue entonces cuando apareció uno de los rasgos más característicos de Juárez: una obstinación política que algunos llamarían firmeza y otros, simple terquedad. Mientras buena parte de la élite mexicana aceptaba la monarquía respaldada por Francia, el oaxaqueño decidió resistir. Su gobierno se volvió itinerante mientras el imperio dominaba la capital.

Era una situación casi absurda: un presidente sin capital, un gobierno sin palacio y una república que sobrevivía más como idea que como territorio. Pero esa persistencia terminó imponiéndose. En 1867 el imperio cayó y la República regresó a la Ciudad de México.

Hasta ahí llega la versión heroica que suele contarse. La parte menos cómoda viene después.

Juárez también fue un político con instinto de poder. Permaneció largos años en la presidencia y buscó reelegirse, lo que provocó la rebelión encabezada por Porfirio Díaz mediante el Plan de la Noria. La historia tiene cierto sentido del humor: el famoso lema contra la reelección que marcaría la política mexicana durante décadas apareció primero dirigido contra él.

Durante las guerras, además, gobernó con amplias facultades extraordinarias que lo llevaron a ciertos excesos. Era comprensible en medio del caos, y esto dejó una lección que México aprendería muy bien: cuando las instituciones son frágiles, el poder tiende a concentrarse en la presidencia.

Ahí aparece el verdadero Juárez: no el héroe perfecto, sino el gobernante que supo equilibrar principios con decisiones prácticas, rodeado de intelectuales brillantes y tomando decisiones que produjeron cambios relevantes.

Antes de cerrar su historia, conviene recordar algo que a veces se pierde entre estatuas, discursos oficiales y ceremonias cívicas: los grandes cambios políticos rara vez nacen de la pureza absoluta. Nacen de la mezcla entre convicción y pragmatismo.

Juárez, con todas sus virtudes y defectos, lo entendió y lo aplicó hasta donde pudo. A ver qué le aprendemos.


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