OPINIÓN
Mundial de utilería
Opinión, por Miguel Anaya
Hubo un tiempo en que organizar un Mundial de Fútbol era una declaración de identidad. En 1970, México quiso mostrarse moderno; en 1986, después del temblor del 85, el país quiso demostrarse fuerte y resiliente. En 2026, en cambio, parece que solo quiere verse bien en la foto, aunque la casa esté desordenada.
Este no es un Mundial propio, es uno compartido, administrado desde fuera y consumido por otros. Aquí se jugarán partidos, sí, pero el centro de gravedad está en otro lado. Lo que queda es la escenografía: el color, el ruido, la postal.
Y, como toda escenografía, importa más lo que se ve que lo que se vive. En Jalisco, a diferencia del agua, la lógica mundialista es transparente: hay que embellecer solo lo visible. Glorietas relucientes, plazas intervenidas, concreto nuevo donde ya había otro en buenas condiciones, olvidando las zonas donde no hay. La ciudad se maquilla con una prisa que no se tuvo para resolver lo importante.
Se hacen cosas superficiales no por ignorancia de lo que hace falta, sino porque eso no luce en la transmisión internacional. Se invierte en lo que se fotografía, no en lo que se sufre.
El problema no es solo estético, es estructural. La inseguridad no se ilumina con mapping; los bloqueos no caben en el encuadre. Pero existen, pasan y pesan. La política de aparador alcanza para la visita, pero no para la vida diaria. Se pinta la sala mientras la casa tiene fugas. Lo verdaderamente lastimoso no es el gasto, sino la intención: no se busca mejorar la ciudad, sino simular que la mejora ya está hecha.
A eso se suma una ruptura silenciosa pero profunda. Este Mundial no es una fiesta popular, es un evento premium. Los boletos son inaccesibles para la mayoría; la experiencia está pensada en la llegada de capital extranjero y no hay un mínimo para la afición local. El ciudadano pasa de protagonista a espectador lejano, cuando no a simple anfitrión logístico. El fútbol, que antes unía, ahora segmenta. La paradoja es grande: el espectáculo ocurre en tu ciudad, pero no es para ti.
Entonces queda la narrativa oficial: modernidad, proyección internacional, derrama económica. Conceptos importantes, repetidos con entusiasmo, pero cada vez más desconectados de la experiencia cotidiana. Porque, mientras se habla de futuro, la ciudad sigue resolviendo un presente con dificultades básicas. El contraste no es nuevo, pero hoy es más evidente. Antes se podía controlar la historia; ahora la realidad se documenta sola.
El Mundial de 2026 no va a cambiar la realidad, la va a exhibir. Es un amplificador de contradicciones: estándares internacionales sobre problemas locales sin resolver, una vitrina impecable sostenida por una trastienda desordenada. Una fiesta diseñada para el mundo, montada sobre una cotidianidad que no está invitada. La ilusión durará lo que dure el partido, y tal vez ni eso; después, la ciudad vuelve a ser la de siempre.
El problema no es querer mostrarse bien, sino creer que con eso basta. Pensar que la forma sustituye al fondo; que una plaza renovada compensa una red de agua deficiente; que una glorieta brillante disimula una realidad opaca. No lo hace. Porque el legado no es lo que se presume, sino lo que permanece.
Habrá fiesta, sí. Imágenes impecables, turistas emocionados y transmisiones espectaculares. Pero también quedará flotando una pregunta imposible de ocultar: ¿para quién fue todo esto? Y, peor aún, cuando se apaguen las luces, ¿qué cambiará realmente?




