Connect with us

OPINIÓN

Redes, IA y la nueva presión sobre la justicia: Cuando los algoritmos comenzaron a dictar sentencia

Publicado

el

Spread the love

A título personal, por Armando Morquecho Camacho

En 1938, una transmisión de radio narró una invasión extraterrestre en Estados Unidos. Miles de personas creyeron que era real. Hubo gente que salió de sus casas, otros llamaron desesperados a la policía y algunos incluso prepararon maletas para huir. La emisión era una adaptación de La guerra de los mundos, dirigida por un joven Orson Welles, pero durante unas horas bastó una voz convincente y un micrófono para alterar la percepción de la realidad.

Hoy esa historia parece ingenua. Pensaríamos que, en una época llena de teléfonos inteligentes, buscadores y acceso inmediato a la información, sería imposible caer en algo así. Sin embargo, ocurre todos los días. Solo que ahora la desinformación ya no llega por un viejo aparato de radio, sino por TikTok, Facebook, X, Instagram o WhatsApp. Y, además, ahora tiene una nueva aliada: la inteligencia artificial.

Vivimos en el momento más conectado de la historia, pero también en uno donde distinguir entre verdad y mentira se ha vuelto cada vez más difícil. Videos alterados, fotografías falsas, audios fabricados, noticias manipuladas y opiniones disfrazadas de hechos circulan con una velocidad brutal. Y aunque muchas veces pensamos que esto solo afecta la política o las redes sociales, en realidad también está transformando algo mucho más delicado: el derecho.

Durante mucho tiempo, la idea de la justicia estaba asociada a personas. Jueces, abogados, magistrados, ministros. Figuras imperfectas, sí, pero humanas. El derecho, al final del día, siempre ha sido una conversación entre seres humanos sobre qué es correcto, qué es injusto y cuáles son los límites del poder.

Pero poco a poco, esa conversación comenzó a mezclarse con algoritmos.

Hoy existen sistemas de inteligencia artificial capaces de redactar contratos, analizar miles de sentencias en segundos, predecir probabilidades de éxito en un juicio e incluso elaborar proyectos jurídicos completos. Lo que antes tomaba semanas, ahora puede hacerse en minutos. Para muchos despachos esto representa eficiencia. Para muchos gobiernos, ahorro. Para muchos ciudadanos, acceso más rápido a servicios legales.

Y sería absurdo negar sus beneficios. La inteligencia artificial puede ayudar a reducir cargas de trabajo enormes en tribunales saturados. Puede acercar orientación jurídica básica a personas que jamás podrían pagar un abogado. Puede ordenar información, detectar patrones de corrupción administrativa o identificar contradicciones legales imposibles de encontrar manualmente.

El problema comienza cuando olvidamos que la justicia no es únicamente velocidad.

Un algoritmo puede identificar tendencias, pero no entiende el miedo de una persona que perdió injustamente su trabajo. Puede resumir expedientes, pero no comprende el dolor detrás de una negligencia médica. Puede procesar millones de datos, pero no tiene conciencia, empatía ni sentido moral.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando empezamos a delegar decisiones humanas a sistemas que ni siquiera comprendemos del todo?

Porque además existe otro fenómeno igual de peligroso: la obsesión contemporánea por opinar inmediatamente, sobre todo.

Las redes sociales convirtieron cada caso jurídico en un espectáculo público. Basta una fotografía, un video recortado o un fragmento de conversación para que millones de personas dicten sentencia desde sus teléfonos. No hay expedientes, no hay pruebas completas, no hay contexto. Solo emociones aceleradas.

La justicia digital funciona a una velocidad incompatible con el derecho.

Mientras un tribunal necesita revisar pruebas, escuchar versiones y respetar procedimientos, internet exige condenas instantáneas. Y en ese ambiente, la desinformación encuentra terreno fértil. Una mentira repetida miles de veces puede parecer más verdadera que una resolución judicial de doscientas páginas.

El problema es que el derecho nunca fue diseñado para satisfacer impulsos inmediatos. De hecho, muchas de sus reglas existen precisamente para contener emociones colectivas.

El debido proceso, por ejemplo, suele desesperar a muchas personas. Hay quienes lo ven como burocracia inútil o tecnicismos que protegen culpables. Pero la historia demuestra algo distinto: cuando una sociedad elimina garantías jurídicas en nombre de la rapidez o de la indignación, tarde o temprano termina destruyendo inocentes.

Y eso es justamente lo que vuelve tan delicada esta nueva era hiperconectada. Por primera vez, tenemos herramientas capaces de manipular masivamente la percepción de la realidad y, al mismo tiempo, tecnologías capaces de automatizar partes importantes del sistema jurídico.

La combinación es explosiva.

Porque una inteligencia artificial alimentada con información falsa también puede producir conclusiones falsas. Un algoritmo entrenado con prejuicios sociales puede replicarlos. Un sistema diseñado para “predecir riesgos” podría terminar discriminando personas según su contexto económico, su apellido o el lugar donde viven.

La tecnología no elimina los defectos humanos. Muchas veces solo los vuelve más rápidos.

Y quizá ahí está una de las mayores confusiones de nuestra época: creer que modernizar significa necesariamente mejorar.

No toda innovación produce progreso. También existen avances capaces de erosionar silenciosamente principios fundamentales. La historia está llena de inventos extraordinarios utilizados para controlar, vigilar o destruir.

Por eso resulta preocupante observar cómo muchas personas comienzan a depositar más confianza en un video viral o en una respuesta generada por inteligencia artificial que en instituciones completas construidas durante décadas.

La tecnología puede ayudar enormemente al derecho. Negarlo sería tan absurdo como querer regresar a las máquinas de escribir. Pero también exige algo que parece estar desapareciendo: criterio.

Porque en medio de este océano interminable de información, el verdadero desafío ya no es acceder a datos. Es aprender a distinguir cuáles merecen credibilidad.

Y tal vez esa sea la paradoja más extraña de nuestro tiempo.

Nunca habíamos tenido tanta información disponible, pero tampoco había sido tan fácil manipular la verdad.

Nunca habíamos estado tan conectados, pero rara vez nos detenemos a escuchar realmente.

Nunca las herramientas tecnológicas habían sido tan poderosas, y al mismo tiempo, nunca había sido tan importante recordar que la justicia sigue dependiendo de algo profundamente humano: la capacidad de comprender al otro más allá de una pantalla, de un algoritmo o de una tendencia viral.

Porque al final, ningún sistema inteligente puede reemplazar completamente algo que tomó siglos construir: el juicio humano.


Spread the love
Continuar Leyendo
Click para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Copyright © 2020 Conciencia Pública // Este sitio web utiliza cookies para personalizar el contenido y los anuncios, para proporcionar funciones de redes sociales y para analizar nuestro tráfico. También compartimos información sobre el uso que usted hace de nuestro sitio con nuestros socios de redes sociales, publicidad y análisis, que pueden combinarla con otra información que usted les haya proporcionado o que hayan recopilado de su uso de sus servicios. Usted acepta nuestras cookies si continúa utilizando nuestro sitio web.