OPINIÓN
50 años de sacerdocio de Francisco Robles
– Los purpurados jaliscienses, antorchas del catolicismo mexicano
Por Pedro Vargas Ávalos
El pasado 20 de julio se llevó a cabo una solemne ceremonia en el enorme templo denominado Santuario de los Mártires, de la ciudad de Guadalajara. El motivo fue que don Francisco Robles Ortega, arzobispo de la capital jalisciense, cumplió 50 años de sacerdocio.
En esa celebración, el purpurado homenajeado aseguró que «la gratitud, fidelidad y simplicidad de la fe» son los factores que le han permitido escuchar y atender a feligreses, a los miembros del clero y, en general, a la comunidad, durante el ejercicio de su ministerio.
Muchos compatriotas del cardenal tapatío, así como el papa León XIV y varias autoridades del Vaticano, le enviaron mensajes de reconocimiento. Desde el 7 de diciembre de 2011, Ortega fue nombrado por Benedicto XVI arzobispo de Guadalajara, y el 17 de octubre de 2007 fue anunciada su elevación a cardenal. Desde entonces ha ceñido su actuar a lo que dice su escudo: «En la sencillez de la fe».
El catolicismo es el credo que profesa la inmensa mayoría de los mexicanos y, en Jalisco, se reconoce como todavía más intensa la práctica de esta fe. No en balde fue la región central de la famosa contienda de los cristeros, conflicto que enfrentó a la autoridad civil, apoyada por las fuerzas armadas, frente a los integrantes del clero católico, secundados estos por gran parte del pueblo.
Esta guerra, la Cristiada, se inició en Los Altos de Jalisco el 3 de agosto de 1926 y concluyó el 21 de junio de 1929. Entre los años de 1934 y 1938, siendo presidente de la República Lázaro Cárdenas, se produjo un reavivamiento del conflicto, denominado Segunda Guerra Cristera o, sencillamente, la Segunda, que no fue más que un vano esfuerzo de recalcitrantes católicos. El total de fallecidos en esas conflagraciones se cifra en un cuarto de millón de personas, incluidas las milicias oficiales y las religiosas.
Por lo anterior, nos damos cuenta de la gran importancia que tiene el catolicismo en nuestra República, donde la Iglesia está separada del Estado desde el 12 de julio de 1859, cuando el Benemérito Benito Juárez emitió la ley que nacionalizó los bienes eclesiásticos y estableció la libertad de cultos. Dicha separación se confirmó y reconfirmó en los años de 1873 y 1917, aunque paliativos antirreforma, de hecho, se registraron en el porfiriato y, de derecho, en el salinato, como se titula el régimen que encabezó Carlos Salinas de Gortari.
Como quiera que sea, es trascendental el papel de la Iglesia católica en los destinos de México; de allí que sea sobresaliente el rol de los príncipes de la Iglesia, como suele nombrarse a los cardenales. En ese ámbito, Jalisco es esencial, pues ha dado al cristianismo romano varios purpurados. De ahí la importancia del evento dedicado al cardenal, originario de Mascota, don Francisco Robles Ortega.
Los arzobispos mexicanos que han sido elevados al rango mayor de la jerarquía católica, solo debajo del Sumo Pontífice, a quien ellos eligen, no han sido muchos. El primero que oficialmente figura en esa exclusiva nómina es el tapatío José Garibi Rivera. Aunque ya hubo otros clérigos mexicanos de ese rango, nos referiremos a los de la Arquidiócesis de Guadalajara.
Al señor Garibi lo sustituyó el eminente amequense José Salazar López. A este le sucedió Juan Jesús Posadas Ocampo, quien, tras su lamentable muerte, fue relevado por el todavía cardenal, aunque ahora emérito, Juan Sandoval Íñiguez, nativo de Yahualica. Finalmente, hoy en día gobierna la Iglesia tapatía el multicitado Robles Ortega.
Las fechas en que cada uno de los antedichos se desempeñó son las siguientes. Su eminencia José Garibi Rivera (30-I-1889) se ordenó sacerdote en 1912 y fue coadjutor del arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, llamado Francisco el Grande, de quien se creyó que llegaría a ser cardenal, pero a quien nunca se le otorgó esa distinción.
Garibi fue proclamado príncipe de la Iglesia el 15 de diciembre de 1958 por el papa Juan XXIII. Falleció en Guadalajara el 27 de mayo de 1972, a la edad de 83 años. Se le recuerda por su bonhomía y por ser muy dado a convivir con la gente en actos populares; siempre presumió ser partidario del equipo de futbol Chivas de Guadalajara. El lema de su escudo lo dice todo: «Ámense los unos a los otros».
De asombrosa inteligencia, a la par de humildad, fue don José Salazar López (12-I-1910), quien es recordado precisamente por su gran calidad humana. Por su destacada lucidez, fue enviado a Roma en 1926 por Francisco el Grande, arzobispo de Guadalajara. Recibió la ordenación sacerdotal de manos de don José Garibi Rivera el 26 de mayo de 1934, en la Catedral de las Torres al Revés.
En febrero de 1970 fue nombrado séptimo arzobispo de Guadalajara y el 5 de marzo de 1973 fue creado cardenal en Roma por el papa Pablo VI. El 9 de julio de 1991 murió en la ciudad tapatía, en el Hospital de la Santísima Trinidad. Su recuerdo es memorable y su fallecimiento causó profunda tristeza entre los jaliscienses, que siempre evocan el lema vital del purpurado: servir.
El sucesor del gran amequense fue don Juan Jesús Posadas Ocampo (10-XI-1926), quien nació cerca del estado, en Salvatierra, y se ordenó sacerdote en 1950 dentro de la vecina diócesis de Michoacán. En 1987 fue nombrado arzobispo de la Arquidiócesis de Guadalajara y, enseguida, fue creado cardenal —el 28 de junio de 1991— por el papa Juan Pablo II. Fue víctima, el 24 de mayo de 1993, de una balacera en el estacionamiento del Aeropuerto Internacional «Miguel Hidalgo» de Guadalajara.
Muchos analistas dijeron que ese hecho constituye un crimen de Estado, y el notable médico forense Mario Rivas Souza reveló que no se le practicó la autopsia al cadáver por orden escrita del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. Es muy recordado por haber impulsado la edificación del Santuario de los Mártires y por haber auspiciado la beatificación de los mártires mexicanos, entre los cuales destacan los jaliscienses. Su divisa fue: «¿Quién como Dios?», enseña del arcángel San Miguel.
Al anterior cardenal le sucedió don Juan Sandoval Íñiguez, nacido el 28 de marzo de 1933 en el poblado jalisciense de Yahualica, actualmente perteneciente a la diócesis de San Juan de los Lagos. Recibió las órdenes sagradas el 27 de octubre de 1957 y trabajó en el Seminario de Guadalajara como prefecto, profesor y, posteriormente, rector. Fue nombrado arzobispo metropolitano de Guadalajara el 21 de abril de 1994 y el mismo papa que lo nombró, Juan Pablo II, lo designó cardenal el 26 de noviembre de 1994. El 7 de diciembre de 2011, el Sumo Pontífice Benedicto XVI le aceptó la renuncia a la sede metropolitana, siendo sucedido por el cardenal Francisco Robles Ortega.
Él vive en San Pedro Tlaquepaque. De gran activismo, el purpurado Sandoval siempre estuvo presente opinando sobre la mayoría de los asuntos relevantes del país y del estado de Jalisco. Esas participaciones le generaron, por un lado, admiración y, por otro, numerosas críticas; incluso ocasionaron sanciones de la autoridad electoral. Todo ello, hasta la fecha, en que es un cardenal retirado, se le sigue señalando con acritud. Su lema en latín es «Servus», o sea, servidor.
Como dato curioso de corte histórico, hemos de mencionar que el primer príncipe de la Iglesia católica fue el notable maestro del Seminario de Guadalajara Juan Cayetano Gómez Portugal y Solís. Hijo de laguenses, nació, por razones de trabajo de su padre, José Pascual Gómez Portugal, en San Pedro Piedra Gorda (actualmente Ciudad Manuel Doblado), el 7 de julio de 1783. Estudió en el Seminario de Guadalajara y fueron sus condiscípulos, entre otros personajes, Juan de Dios Cañedo, Valentín Gómez Farías, Francisco Frejes y Anastasio Bustamante. Incorporado como maestro, fueron sus alumnos Prisciliano Sánchez, José María Gil, Juan N. Cumplido, José Justo Corro y Pedro Espinosa: unos distinguidos políticos federalistas y otros acreditados conservadores.
Cura de Zapopan en 1819, desempeñó cargos en la etapa formativa del estado y de la República, siempre representando a Jalisco hasta 1830. Enseguida fue designado obispo de Michoacán y tuvo gran participación en las relaciones de la Iglesia con el gobierno civil, defendiendo los derechos clericales ante las reformas de Gómez Farías. Sus cartas pastorales, que se conocieron en el Vaticano, fueron muy celebradas y, en mayo de 1850, se envió la comunicación desde Roma informándole que había sido nombrado cardenal. Lamentablemente, don Juan Cayetano Gómez Portugal había fallecido en su sede episcopal el 4 de abril anterior. El rector del Seminario Conciliar de Guadalajara, en su informe de 1899, afirmó: «El primer cardenal americano —no fue de Estados Unidos— fue el obispo… don Juan Cayetano Portugal».
No cabe duda, pues, de que los purpurados jaliscienses han sido brillantes antorchas del catolicismo mexicano.



