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OPINIÓN

El adiós a un amigo entrañable de corazón gigante

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Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac

Hoy es uno de los días más tristes de mi vida. Me toca despedir a un gran ser humano que me conquistó no solo con su amistad leal, sino con una calidad humana excepcional. Otto Camarena Nehus fue, sin duda, una de las amistades más sólidas que he cultivado en más de cuatro décadas en Guadalajara.

Amigo, amigo, amigo… “Eres más que amigo… eres mi hermano”, solía decirme.

“Cómo te quiero…” —me decía, me repetía.

Y yo lo bromeaba, una y otra vez en las mesas.

Simplemente se reía. “A cómo eres”, me decía.

Cuando coincidíamos Alejandro Ontiveros y yo en las comidas y estábamos con él en su casa que tenía en la esquina de Loma Larga y Jacarandas, cerca de Lomas del Valle. No nos cansábamos de bromearlo.

Eran reuniones muy pero muy gratas, alegres en un ambiente afectivo, de amigos, donde llegaban Polín Rubio, José Antonio Fernández, su compadre Alfredo Barba, Héctor Corona, Héctor Ruiz Velasco, Joaquín Portilla y tantos y tantos amigos queridos que tanto lo apreciaban a él y él a ellos.

Nuestra historia comenzó de una manera que hoy recuerdo con una sonrisa nostálgica. Todo fue gracias a su hermana, Sofía Camarena. Por aquellos años, yo me desempeñaba como reportero y columnista en el periódico Ocho Columnas. Sofía me insistió: “Gabriel, ve a la rueda de prensa de mi hermano, que es candidato a diputado federal; quiero que lo conozcas y lo apoyes”.

Fui a esa cita en una mesa grande, rodeado de figuras del gremio como Armando Morquecho Preciado y Rubén Bautista. Al fondo, llamaba la atención un joven de traje impecable, corbata tinto y una ligera melena; parecía un artista. Llegué tarde y, con el oficio que me caracterizaba, le lancé un par de preguntas incisivas sobre el PRI, el PAN y la vigencia del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana.

Al terminar la conferencia, me levanté para ir al baño y Otto me interceptó. “Oye, ¿tú eres el amigo de mi hermana Sofía? ¿Eres Gabriel Ibarra?”, me preguntó. Asentí, y luego me soltó con esa picardía que lo definía: “¿Y por qué me estuviste incomodando con esas preguntas?”. Tras mi respuesta, sacó una taza y me invitó a probar lo que, según él, era café. Al darle un sorbo, descubrí que era café con coñac. Así, entre risas y una complicidad inmediata, nació una hermandad que duró más de cuarenta años.

Otto poseía un ángel y una inteligencia intuitiva que no necesitó de aulas universitarias; era una inteligencia de esas con las que se nace. Su carisma era natural, fresco, directo. Quien lo conocía, quedaba prendido de su forma de ser. Era un hombre con una chispa creativa inagotable, un sentido del humor que nos acompañó en infinidad de mesas en lugares como la Hacienda del Bosque o La Estancia Gaucha, siempre rodeado de amigos.

Y era un ser humano con credibilidad. Honraba la palabra. Leal. Fiel. Sensible. El sentarse en su mesa era para disfrutarla con ese toque que tenía la conversación que dominaba y siempre tenía para todos. Fue un hombre generoso, un emprendedor nato. Compartimos proyectos y negocios con la confianza ciega que solo tienen los amigos de verdad.

Esa misma generosidad lo llevó a construir lazos profundos, como aquel que tuvo con José Antonio Fernández, cuya partida hace ocho años fue un golpe que Otto sintió profundamente.

Sé que ha librado una batalla larga y difícil. Tras tres años luchando contra esa terrible enfermedad, hoy por fin descansa. Nos deja un vacío inmenso, una desazón en el alma al pensar que ya no volveremos a escuchar sus puntadas, sus ocurrencias o ese corrido que tanto le gustaba cantar.

Pero, como decía aquel pensamiento, nacemos para vivir la muerte y, al morir, nacemos para la vida. Si nuestra fe es cierta, Otto ya está en paz, reunido con sus seres queridos: con José Antonio, con su compadre y hermano Javier, con su madre y con sus hermanos Cecilio y Beatriz.

Mi querido Otto, te vas, pero te quedas en nuestros corazones con esa frescura y esa nobleza que te hicieron único. Estoy muy triste, pero sé que donde estés estarás mucho mejor.

Gracias por la amistad, por los recuerdos y por haberme permitido ser parte de tu camino. Descansa en paz, amigo entrañable.

Nadie como tu.

¡Siempre estarás presente.!


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