PERSONALIDADES
Raymundo Gómez Flores: El pensamiento y la acción de un creador de épocas
– El valor de la empresa familiar como motor de riqueza.
Por Belisario Bourjac.
La noche del 2 de septiembre de 2026 se cerró un capítulo que Jalisco había leído con admiración, incomodidad y una gratitud a menudo tardía.
El fallecimiento de Raymundo Gómez Flores, tras años de enfermedad que lo alejaron del ojo público, no es solo un obituario. Es el adiós a un empresario que nunca dejó de soñar con Jalisco, a un político que no alcanzó la gubernatura y a un constructor de épocas: de negocios, de cuadros, de ideas y de una manera directa, crítica y a contracorriente de entender el poder y la empresa familiar.
Cuatro años antes, el 23 de junio de 2022, el Palacio de Gobierno fue escenario de un homenaje que hoy se mira con otra densidad. El entonces gobernador Enrique Alfaro Ramírez le entregó la primera edición del Premio a la Trayectoria Empresarial “René Justin Rivial León”, bajo La gran legislación mexicana, último mural de José Clemente Orozco, pintado en 1949.
No fue solo protocolo: consagró una vida de esfuerzo, audacia y una convicción repetida hasta el final: el éxito individual no existe desligado del bienestar colectivo. Alfaro lo dijo sin rodeos: no habría llegado a esa responsabilidad sin lo aprendido ni sin el apoyo de Raymundo.
Relató que su padre se lo presentó y lo llamó “un político que cambió para siempre la manera de hacer política en nuestro estado”. Al día siguiente del homenaje, Gómez Flores cumpliría 70 años. Recientemente, el Consejo de Cámaras Industriales de Jalisco anunció que le otorgaría la Medalla al Mérito Industrial 2026, reconocimiento que años atrás se había resistido a entregarle. Raymundo ya no alcanzó a recibirla en vida.
Para entender su trascendencia, hay que bajar del mural al Renault amarillo. Su historia no se explica sin sus raíces ni sus mentores, don Jorge Chidán y el ingeniero Guillermo Martínez Güitrón. Se asumía como producto de la “cultura del esfuerzo”. Antes de ser capitán de industria, fue servidor público de base. En los años setenta, mientras estudiaba, era subjefe de Parques y Jardines en Guadalajara.
Enrique Ibarra Pedroza, su condiscípulo y después secretario general de Gobierno, lo recordaba llegando a clase tras duras jornadas, al volante de aquel auto modesto. El hombre que transformaría el rostro inmobiliario de la ciudad midió el trabajo desde el piso, no desde la cúpula.
Su primera escuela fueron los servicios. La Lavandería Industrial Roma le impuso el ritmo de un negocio que no duerme. Panoramix marcó un hito: el primer servicio regular de recorridos turísticos en autobús en la región. Esa disciplina —24 horas, 365 días— alumbró su máxima: “No hay crisis que aguante 24 horas de trabajo”. No era un eslogan. Permanecía días en la oficina y comía lo que hubiera a la mano.
En Dina, decía, aprendió que el trabajo que da frutos es de jornada completa, sin teatralidad.
A finales de los años setenta entendió que el esfuerzo sin estrategia es solo cansancio. Liquidó propiedades familiares en arrendamiento, obtuvo capital semilla y se consolidó como el desarrollador inmobiliario más importante de la región. Con GIG levantó viviendas y complejos industriales y turísticos en México y el extranjero.
Minsa y Dina ampliaron el mapa. En la transición neoliberal, armó grupos para competir en la globalización bajo una regla seca: “Antes como antes y ahora como ahora”. Puerta de Hierro, con la familia Leaño, quedó como estampa de esa etapa: no solo ladrillo, sino una idea de ciudad.
En el centro de su pensamiento estaba la empresa familiar. No la veía como un ente financiero, sino como un bastión social. Repetía que más del 80 por ciento de los empleos nuevos y más del 93 por ciento de las empresas —de todos los tamaños— son familiares. En 2022 pidió protegerlas “a toda costa”. A los sucesores les exigía “alas para volar alto y pensar en grande, y raíces para no olvidar de dónde vienen y aterrizar los sueños”.
Quería formación temprana, propósito y sentido de comunidad. Esa pedagogía formó cuadros. Alfaro fue empleado cercano en sus inicios y aliado político. Su hija, Altagracia Gómez Sierra, es hoy una de las mujeres más influyentes del país como asesora empresarial de la presidenta Claudia Sheinbaum. La huella de Raymundo no se quedó en Jalisco; llegó al centro del poder nacional.
Fue, y por eso incomodó, un político atípico. Quiso ser gobernador. Invirtió dinero e intelecto en un proyecto que Gabriel Ibarra Bourjac escuchó en Ocho Columnas: infraestructura de gran escala, impuestos estatales a los hidrocarburos y otra lógica municipal. El periodista le preguntó si, para lograrlo, se volvería dictador. No hubo enojo, sino extrañeza: “¿Cómo puedes preguntarme eso, Gabriel?”. Tenía el qué; el sistema le negaba el cómo.
En 2000 llegó al Senado como primera minoría, frente a Alberto Cárdenas Jiménez. Desde la Comisión de Vivienda impulsó mayores aportaciones patronales al fondo de vivienda, una medida que afectaba al empresario y que él defendió como un acto de justicia social. Promovió asociaciones público-privadas y consejos de participación. Lo resumió sin victimismo: “No soy monedita de oro”.
Su estilo directo rozaba las cúpulas de un PRI que también había ayudado a construir y reformar. Hay un legado intelectual que el tiempo volvió profético. A finales de los años noventa, junto con el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la Universidad de Guadalajara, impulsó Jalisco a Futuro: un horizonte a 25 años en materia de prosperidad, sustentabilidad, justicia penal, ciencia e innovación. No se aplicó por completo, pero sirvió como mapa.
Y hay un legado ambiental: desde hace tres décadas pidió declarar la cuenca Lerma-Santiago-Chapala zona de restauración ecológica. Navegó los tiempos de Carlos Salinas y José Córdoba Montoya. Cuando el Gobierno federal retoma proyectos de esa índole, cuesta no admitir que él ya miraba hacia dónde ir.
Su filosofía era holística. En 2022, en el recinto donde se abolió la esclavitud, dijo que la libertad —en todas sus acepciones— es la base del desarrollo, la empresa y la riqueza. Pedía revalorar el arte y el deporte.
Ante el desgaste de la globalización, el relevo generacional y el riesgo de estanflación, sostuvo un optimismo severo: el nearshoring sería una oportunidad solo si México no se condenaba al bajo valor agregado. La meta era pasar de la manufactura a la “mentefactura”.
Alfaro lo pintó como un hombre que no admitía la indiferencia: polémico porque sacudía lo público y lo privado. Luces y sombras, sí. Frustración política, también. Medirlo solo por la silla que no ocupó sería un error de escala. Su éxito no estuvo en ser gobernador. Estuvo en abrir caminos por los que otros transitaron: una ciudad, cuadros políticos, un proyecto de futuro, una hija en el tablero nacional y una idea tenaz de la cuenca y de la empresa familiar.
Al cierre de aquel discurso de 2022, a punto de cumplir 70 años, retó al tiempo: “Que se acerquen a la raya y a probar. Nos vemos en 50 años”. No hubo medio siglo más. Queda lo que sí alcanzó a dejar.
Descanse en paz. El motor que impulsó sigue, y seguirá, en movimiento.



