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NACIONALES

La justa dimensión

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Opinión, por Luis Manuel Robles Naya //

OMNIPOTENCIA es lo que le da al presidente la reforma a la Ley de Amparo, nada, ni nadie por encima de su voluntad y además la facultad de amnistía sin reglamentar. Casi divinidad.

La semana anterior, una denuncia anónima puso en la cima de la opinión nacional lo que, unas semanas antes ya había revelado el presidente López Obrador: que el ex ministro Arturo Zaldívar ejercía presión sobre ministros, magistrados y jueces, para que se atendieran las sugerencias del ejecutivo.

Tal afirmación presidencial, de ese nivel, no movió la conversación electoral, ni le quitó votos a su corcholata o le sumó nada a la oposición. Pasó, pese a lo delicado de la admisión, con cierta intrascendencia. El aludido ex presidente de la Corte se concretó a negar, no vio intención política en su contra ni maniobra electoral.

¿Por qué entonces una denuncia, que pone nombres y apellidos a las intervenciones y presiones del ex ministro, escala ahora hasta el exceso de exigir juicio político a la Presidenta de la Suprema Corte, Norma Piña, a la que temerariamente se acusa de confabularse con la candidata Xóchitl Gálvez para atacar a la otra candidata?

Es simple, ahora al presidente le conviene la victimización de su alfil, por lo que contribuye al desprestigio del Poder Judicial, que considera obstáculo para su poder plenipotenciario, autoritario, de dictador vestido de demócrata.

Es natural que en la Suprema Corte, denostada y vituperada casi a diario en la tribuna presidencial, se hayan decidido a exhibir la inmoralidad y el manejo político de la justicia que existió durante la gestión de Zaldívar, que hasta intentó reelegirse ilegalmente como presidente y tuvo la desfachatez de renunciar para que el presidente pudiera nombrar otro ministro incondicional. Hay jueces y magistrados ofendidos y además, se está defendiendo la autonomía e independencia del poder judicial, sin la cual a la justicia se le cae la venda y se vence la balanza.

Es una exageración el nivel de la reacción del ex ministro, que ha convocado a su defensa hasta al presidente del partido Morena y sus huestes legislativas para pedir juicio político en contra de Norma Piña. Su protagonismo y ansias de quedar bien, ha convertido un proceso administrativo, de uso común en el Poder Judicial, en toda una confabulación conspirativa en contra del presidente, la candidata y lo que se acumule, convirtiendo un asunto personal en casi una traición a la patria.

Contrasta la estridencia de hoy, con la mesura y comedimiento mostrado cuando el presidente exhibió públicamente la existencia de “respetuosas sugerencias” y resalta el hecho de que llame como presuntos agraviados a la candidata oficial, a su campaña y a la propia 4T.

Pongámoslo en su justa dimensión, se trata de un procedimiento administrativo, una más de las 362 denuncias anónimas que se han presentado desde 2018 en cumplimiento del artículo 132 del Acuerdo General del Pleno del Consejo de la judicatura. Nada extraordinario pues, salvo que ahora se toca al más protagónico presidente que ha tenido la Suprema Corte.

Él es quien ha politizado el tema y dado ribetes electorales pues así conviene a su posicionamiento en la estructura del equipo de Claudia Scheinbaum, en el que por cierto no es más que un asimilado útil.

Sigue haciéndose el necesario en una campaña gris, sin importarle la dignidad del poder que él presidió. Era un esquirol, ahora es un traidor que se opone a la destrucción de su red de influencia al interior de la Corte.

Poniéndolo en perspectiva electoral como quiere Zaldívar, a quien beneficia este falso conflicto político es al discurso presidencial, que fortalece su fantástica afirmación de que a través de las instancias legales se prepara un golpe de estado blando, anulando la elección si gana su candidata.

Vaya trampa que pone el ejecutivo. El presente proceso electoral es abrumadoramente desigual, el presidente lo desbalancea todos los días, y el uso de los recursos públicos para propaganda electoral vía los servidores de la nación es evidente, todo ello es causa de anulación que perdería consistencia si se presumiera la intervención de otro poder en el proceso. Es un presupuesto para restarle legitimidad a una resolución desfavorable. Es una presión más para evitar que la ley se aplique. Una elección de estado operada en deseada impunidad.

Para eso sirve el que Zaldívar denuncie intenciones electorales en la admisión de la denuncia e instauración de la investigación respectiva, lo demás es pirotecnia mediática. Zaldívar aprovecha el impulso moralizador de su sucesora, que actúa en cumplimiento de sus responsabilidades, para él sí hacer campaña política, a su favor y de Claudia Scheinbaum. El enfrentamiento de la Ministra es contra el poder omnímodo del ejecutivo, para asegurar la primacía de la ley por sobre las ambiciones políticas, otro nivel en el que ya no está Zaldívar, devenido de ministro a matraquero.

 

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Llave al cuello

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– Opinión, por Miguel Anaya

El Senado de la República nació para ser la cámara de la reflexión, el contrapeso, el espacio donde las decisiones se piensan dos veces antes de convertirse en ley. Desde su inicio en el siglo XIX, su existencia buscaba equilibrar al país: la Cámara de Diputados representaría la voz inmediata del pueblo y el Senado, con sus 128 integrantes, encarnaría la visión de más alto nivel de cada estado. En teoría, es la tribuna donde la política alcanza su forma más elevada.

La semana pasada, en lugar de argumentos, lo que retumbó fueron los gritos, acompañados de empujones y amenazas de riña dignas de vecindario enardecido. Lo que debía ser la cúspide del debate nacional se convirtió en un espectáculo más cercano a la arena de lucha libre que al foro legislativo más importante del país.

Conviene recordarlo: la tribuna del Senado no es un micrófono más. Es el escenario que, en teoría, proyecta al mundo la madurez política de México. Allí se han discutido tratados internacionales y reformas constitucionales que marcan generaciones. Y, sin embargo, lo que se ofreció al país no fue altura de miras, sino un espectáculo de pasiones mal encauzadas, una demostración de que, cuando falta el argumento, la violencia sale a flote.

Algunos dirán que la violencia parlamentaria es casi folclórica. En Italia se han lanzado sillas, en Corea martillos, en Taiwán agua y puños. La diferencia es que allá los incidentes son excepción; aquí amenazan con convertirse en método alterno de debate. Al paso que vamos, quizá convenga incluir guantes de box en el reglamento interno.

Lo ocurrido no es simple anécdota, sino síntoma. La violencia desde la tribuna envía un mensaje devastador: si en la Cámara alta se puede insultar y agredir, ¿qué freno queda para la sociedad? El Senado debería marcar la pauta de la civilidad, no reflejar lo peor del enojo social. La tribuna debería ser espejo de lo que aspiramos a ser, no caricatura de lo que tememos convertirnos.

Una máxima, atribuida a distintos autores, menciona que “la violencia comienza cuando la palabra se agota.” En México, la palabra parece agotarse antes incluso de ser pronunciada. Otra frase importante, acuñada por Carlos Castillo Peraza dice: “La política no es una lucha de ángeles contra demonios, sino que debe partir del fundamento de que nuestro adversario político es un ser humano.” Ambas enseñanzas se han olvidado en el legislativo.

Lo más preocupante no es la escena del zafarrancho, sino lo que significa: que en el recinto diseñado para contener pasiones se desbordan las más bajas. Que en la cámara que debía representar la inteligencia del Estado se normaliza la torpeza del insulto. Y que, en la tribuna donde deberían hablar las mejores voces de la nación, se escuchan ecos de cantina.

El Senado no merece ser burla internacional. Mucho menos lo merece el país que lo sostiene. La dignidad de esa Cámara no depende de los mármoles que la adornan, sino de la altura de quienes la ocupan. Y si los legisladores no alcanzan el nivel que la historia les exige, quizá haya que recordarles que la tribuna no les pertenece: pertenece a los ciudadanos que todavía, ingenuos, tercos o soñadores, confían en que la democracia se discutirá con ideas, no con empujones.

En conclusión, lo que vimos en el Senado no es un accidente aislado, sino el retrato incómodo de una clase política que confunde el poder con la prepotencia (¡qué raro!) y la representación con la bravuconería. La patria necesita llaves que abran el diálogo, no llaves al cuello.

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El ocaso del rebelde

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– Opinión, por Iván Arrazola

El poder, ese viejo escenario donde se forjan héroes y se consumen rebeldes, suele desnudar la verdadera esencia de quienes lo alcanzan. A lo largo de la historia, ha sido capaz de transformar ideales en privilegios y convicciones, en concesiones.

En México, pocos casos ilustran mejor esta metamorfosis que el de Gerardo Fernández Noroña: el opositor combativo que enarbolaba la rebeldía como bandera y que, con el tiempo, terminó convertido en el mismo tipo de político al que solía denunciar.

En este sentido, desde sus tiempos como opositor, lo que dio a conocer al senador Fernández Noroña fue su actitud combativa y su rebeldía. Era el tipo de político capaz de hacer una huelga de hambre ante una decisión injusta del gobierno, el personaje que abiertamente criticaba los excesos de la vieja clase política: sus privilegios, sus viajes y el lujo en el que vivían.

Esa faceta crítica y contestataria la expresó también en episodios como su negativa a pagar el IVA en los supermercados, acciones que ponían en aprietos a trabajadores que, en realidad, poco podían hacer para cambiar los precios.

Sin embargo, todo cambió cuando López Obrador lo incluyó entre las llamadas corcholatas presidenciales. A partir de ese momento, el activismo callejero que había caracterizado a Fernández Noroña se transformó. De la noche a la mañana, subió varios peldaños y se convirtió en parte de la nueva élite política.

Así, cuando fue nombrado presidente de la Mesa Directiva del Senado, su estilo ya no fue el de un perfil austero. Los viajes en primera clase, las salas premier en aeropuertos y los vehículos de lujo pasaron a ser parte de su nueva realidad. Paradójicamente, el mismo político que antes presumía su cercanía con el pueblo y despreciaba a los elitistas, pronto cayó en excesos inconcebibles para alguien que se asumía contestatario. Incluso utilizó al Senado como espacio para exigir que un ciudadano se disculpara públicamente por haberlo insultado en un aeropuerto.

El contraste es aún más evidente si se recuerda que durante años criticó la corrupción de panistas y priistas, y denunció las injusticias contra el pueblo. Ahora, en cambio, mostró una sorprendente falta de sensibilidad.

Respecto al rancho de Teuchitlán, Jalisco, por ejemplo, minimizó la gravedad de lo ocurrido al afirmar que solo se trataba de cientos de pares de zapatos, negando que hubiera indicios de reclutamiento o atrocidades. En otros tiempos, probablemente habría exigido justicia y acompañado a las víctimas.

De igual modo, cuando surgieron señalamientos contra el coordinador de su bancada por vínculos de su secretario de seguridad con el crimen organizado, Noroña llegó incluso a cuestionar la existencia del grupo criminal involucrado. En otra época habría pedido el desafuero del implicado; hoy, en su nueva faceta, resulta difícil imaginarlo asumiendo una postura crítica.

No obstante, sus últimos días como presidente del Senado estuvieron marcados por un cúmulo de escándalos. Investigaciones periodísticas revelaron que era dueño de una casa de 12 millones de pesos.

Aunque intentó justificar la compra con un crédito, sus ingresos como senador y las supuestas ganancias de su canal de YouTube, rápidamente especialistas desmintieron que pudiera generar los 188 mil pesos que asegura el senador. Con soberbia, declaró: “Yo no tengo ninguna obligación personal de ser austero”. Incluso se ventiló que recibe donaciones ilegales a través de sus transmisiones en redes sociales.

En ese torbellino de acusaciones ocurrió un episodio que pudo haberle devuelto algo de legitimidad, pero que terminó mostrando que se trata de un político que vive el privilegio: el enfrentamiento con el líder nacional del PRI. Aunque al principio la conversación mediática giró hacia la agresión que sufrió junto a uno de sus colaboradores, el caso pronto escaló.

El Ministerio Público acudió de inmediato al Senado a tomarle declaración, mientras miles de personas comunes siguen sin obtener justicia pronta y expedita. Esa diferencia de trato encendió aún más las críticas.

La polémica creció cuando la jefa del Estado intervino, acusando a Alejandro Moreno y a la oposición de actuar como porros. En lugar de llamar a la prudencia y a la concordia, reforzó la confrontación y desvió la atención al señalar que la prensa se fijaba más en la casa de Noroña que en las acusaciones de la DEA contra García Luna.

El caso de Fernández Noroña ilustra crudamente lo que sucede cuando los principios se subordinan al poder, ya sea porque este transforma a las personas o porque desde el inicio solo fue una estrategia para alcanzarlo. Hoy, las condenas a la violencia en el Senado son unánimes.

Lo que no parece merecer la misma indignación es la incongruencia. El régimen insiste en convencerse a sí mismo de que “no son iguales”, pero en los hechos muestran que sí lo son o, lo más inquietante, que pueden incluso superar a aquello que juraron combatir.

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La presidenta, Omar y Marcelo

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– De Frente al Poder, por Óscar Ábrego

A un año la Presidenta está haciendo lo que puede con quien tiene.

Resolver la herencia que le dejó López Obrador no es sencillo.

Una gran parte del país controlado por la delincuencia, finanzas públicas deshidratadas, obras inviables y tremendamente costosas, una nación endeudada brutalmente, un sistema de salud devastado y muchas otras asignaturas como la de lidiar con personajes impresentables por sus vínculos criminales o comportamientos inmorales y corruptos, son parte del pesado costal que carga todos los días Claudia Sheinbaum.

Sin embargo, en este primer aniversario, estoy convencido de que la primera mujer que encabeza el ejecutivo federal está destinada a trascender en la historia.

Podrán muchos no estar de acuerdo en sus postulados, pero ¿qué mandatario en el mundo se escapa de la polémica y la crítica? Ninguno, sea mujer o varón.

La democracia, al margen de sus bases teóricas, siempre corre riesgos colectivos. Así lo demuestra la historia universal.

De cualquier modo, soy de los que opina que Sheinbaum tiene la convicción de lograr mejorar el estado de las cosas que recibió.

Dicho de otra forma, creo en ella.

Y si bien hay temas que pueden ser materia de cuestionamientos duros y legítimos, lo cierto es que en este primer aniversario de su sexenio sobresalen dos personajes que han dado la nota positiva (por no decir sobresaliente) de su gestión: Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana y Marcelo Ebrard Casaubón, secretario de Economía.

De ambos lo único que podría decirse en este momento es que están dando buenas cuentas a la sociedad y a la presidenta.

Los dos tienen algo en común: los escenarios que enfrentan son adversos y en extremo desafiantes.

Omar, pacificar al país en medio de una violencia nunca antes vista.

Marcelo, darle viabilidad productiva a México frente a la inestabilidad emocional de Donald Trump.

Si Claudia Sheinbaum ha tenido un acierto, es haber colocado en esas delicadas responsabilidades a Omar García Harfuch y a Marcelo Ebrard, quienes, llegado el momento, de seguro serán los únicos finalistas de Morena en el aún lejano 2030.

En X: @DeFrentealPoder

*Óscar Ábrego es empresario, consultor en los sectores público y privado, escritor, activista social y analista político.

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