OPINIÓN
Democracia con garantía de devolución
Opinión, por Violeta Moreno Haro
La nueva ocurrencia de Morena de abrir la puerta a anular elecciones por “intervención extranjera” suena profundamente infantil en términos democráticos y convenenciera en términos políticos. No porque la injerencia extranjera no exista o no deba preocupar. Claro que debe preocupar. El problema es usar ese argumento como una especie de seguro contra derrotas futuras: si gano, el pueblo habló; si pierdo, algo raro pasó.
El asunto se vuelve más delicado porque llega justo cuando el oficialismo también ha planteado aplazar la elección judicial de 2027 a 2028. Es decir, cuando una elección no les acomoda, se mueve; cuando una posible derrota puede complicarse, se construye una causal nueva para anular. Así no funciona una democracia. Eso parece más bien una democracia con garantía de devolución: se acepta el resultado sólo si le conviene al poder.
Primer argumento: Las reglas electorales no pueden cambiarse a la medida del miedo. Una reforma electoral seria debe construirse con tiempo, técnica, consenso y claridad. Si el partido mayoritario modifica causales sensibles justo antes de una elección grande, el mensaje no es de prudencia institucional, sino de control político. Las reglas del juego no se cambian cuando ya se está calculando el marcador.
Segundo argumento: La nulidad de una elección debe ser excepcional, no discrecional. Anular una elección significa borrar millones de votos. Por eso la causa debe ser clara, probada y determinante. No basta decir “hubo intervención extranjera” como fórmula mágica. Se tendría que demostrar quién intervino, cómo, con qué recursos, a favor de quién, con qué impacto y si realmente modificó el resultado. De lo contrario, la causal se vuelve una herramienta demasiado peligrosa.
Tercer argumento: El concepto es peligrosamente ambiguo. ¿Qué sería intervención extranjera? ¿Un gobierno financiando una campaña? Eso sí debe castigarse. ¿Una ONG publicando un informe? ¿Un medio internacional criticando al gobierno? ¿Una campaña digital? ¿Un reportaje incómodo? Si la ley no distingue con precisión, el poder distinguirá a conveniencia. Y cuando el poder define lo ambiguo, casi siempre lo define contra sus adversarios.
Cuarto argumento: También hay que mirar lo municipal. No se puede aprovechar una reforma electoral para borrar o debilitar la representación de minorías en los ayuntamientos. Los regidores de oposición no son adorno: son contrapeso, vigilancia, voz ciudadana y representación territorial. El artículo 115 constitucional establece que las leyes de los estados deben introducir el principio de representación proporcional en la elección de ayuntamientos. Quitar o reducir esa presencia bajo el pretexto de ahorrar dinero no fortalece la democracia municipal; la empobrece.
Quinto argumento: la soberanía se defiende antes. Si de verdad preocupa la injerencia extranjera, se fortalecen la fiscalización, la ciberseguridad, la vigilancia del financiamiento ilegal y la transparencia de la propaganda digital. Eso es prevención real. Lo que no se vale es construir una regla demasiado amplia que pueda terminar usando el poder cuando un resultado electoral no le guste.
Por eso el planteamiento suena tan convenenciero: como quien acepta las reglas mientras le favorecen, pero empieza a modificarlas cuando anticipa una derrota. Morena debería recordar algo básico: quien de verdad confía en el pueblo no le tiene miedo a perder.
Y aunque a veces el tema no termina siendo tan preocupante porque en Morena un día dicen una cosa y tres días después cambian de posición, el problema de fondo permanece: están normalizando que las reglas democráticas se traten como plastilina del poder. Hoy las estiran, mañana las recortan, pasado mañana las explican distinto. Pero una democracia no puede depender del humor táctico del partido mayoritario. Las reglas electorales deben servir para proteger el voto, no para proteger al poder de sus propias derrotas.



