OPINIÓN
La prueba de fuego: Sheinbaum ante Trump y los carteles
Los juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
La tensión entre México y Estados Unidos escala a niveles peligrosos. Las declaraciones de Donald Trump al llegar a la cumbre del G7 en París no dejan lugar a dudas: México ha perdido el control de su territorio. “Los cárteles controlan el país. Es triste”, sentenció el presidente estadounidense, mientras describía a Claudia Sheinbaum como “una mujer muy buena, pero asustada”.
Cada posicionamiento de la presidenta sobre el caso Rubén Rocha Moya parece detonar una respuesta más dura desde Washington. Sheinbaum ha insistido en que la solicitud de detención provisional carece de pruebas sólidas y que los 60 días no son fatales. En síntesis, no hay disposición real para entregar al exgobernador de Sinaloa, al alcalde de Culiacán ni a otros funcionarios señalados. No se trata de un proceso formal de extradición, sino de una captura urgente que México, por ahora, frena.
Trump no está solo. La directora de la Oficina de Política Nacional para el Control de Drogas, Sarah Carter, fue explícita: “Vamos por ustedes. Si no cooperan, se van a arrepentir”. Recordó el rol de la inteligencia estadounidense en la ubicación de “El Mencho” y advirtió que no dudarán en actuar contra funcionarios que protegen al narco. Por su parte, el vicepresidente J.D. Vance dejó claro que Estados Unidos se reserva el derecho de golpear directamente a los cárteles si la cooperación mexicana resulta insuficiente.
El mensaje es cristalino: la paciencia de Washington se agota. La realidad que muchos evitan nombrar es dolorosa, pero innegable: los grupos criminales han alcanzado un poder territorial y económico que el Estado mexicano, con sus actuales capacidades, no puede contener por sí solo. Negarlo no fortalece la soberanía; la expone.
Estamos ante un juego de alto riesgo. Una operación unilateral estadounidense en territorio mexicano ya no es un escenario improbable, sino una posibilidad latente. México carece de la fuerza disuasiva necesaria para impedirlo. La disyuntiva es brutal: ¿hasta dónde debe llegar la cooperación con Estados Unidos? ¿Hasta qué punto el orgullo nacional justifica poner en riesgo la estabilidad del país?
La confrontación actual es el resultado previsible de años de negación y debilidad institucional frente al crimen organizado. Sheinbaum enfrenta su prueba de fuego más dura. De su capacidad para negociar sin someterse ni provocar dependerá no solo el destino de Rocha Moya, sino el rumbo de la relación bilateral y la seguridad de millones de mexicanos.
Ojalá prevalezca la cordura y se llegue a un acuerdo, por doloroso que resulte. Porque, si la paciencia se rompe, las consecuencias podrían ser impredecibles y, sobre todo, muy costosas para México.





