OPINIÓN
La desmemoria histórica: El olvido cívico que lastima a Jalisco
Opinión, por Pedro Vargas Ávalos
Siempre se ha escuchado que la historia es la maestra de la vida, la luz de la verdad, la antorcha de la libertad. El gran Manco de Lepanto, don Miguel de Cervantes Saavedra, precisa que esa ciencia simboliza: «La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y, por tanto, advertencia de lo porvenir».
En razón de lo anterior, no podemos ignorarla, so pena de estar condenados a repetirla o a equivocar los pasos que habremos de dar, como personas y como sociedad, durante nuestra existencia.
Lo previamente escrito viene a cuento tras observar que, en varias ocasiones, la celebración de efemérides trascendentes en la historia de Jalisco ha pasado inadvertida. Ni las autoridades —políticas y, lo que es peor, las educativas y culturales— ni los organismos de la sociedad civil se han preocupado por recordarlas adecuadamente, perjudicando con ello la formación de la niñez, la maduración de la juventud y la consolidación de la conciencia positiva de la comunidad entera.
Haciendo un breve recuento de esas fechas, dentro de una serie numerosa de hechos notorios, solo nos referiremos a las siguientes: la Batalla de la Coronilla; la victoria insurgente de Santa Catarina o Zacoalco, en 1810; el triunfo de la Revolución constitucionalista en Jalisco, el 8 de julio de 1914; y el equívoco reciente de haber nombrado al Parque de la Solidaridad con el nombre de Luis Quintanar, el militar realista que persiguió cruelmente a los insurgentes, se benefició del iturbidismo, figuró en Jalisco de 1822 a 1824, intrigó contra el federalismo en 1829 y coadyuvó para instaurar el centralismo, traicionando a la República federal.
El primer suceso ocurrió el 18 de diciembre de 1866, en el cerro de la Coronilla (cerca del antiguo Santa Ana Acatlán, hoy Acatlán de Juárez, muy cerca de Guadalajara). En ese acontecimiento, los liberales que combatieron la invasión francesa en nuestro estado, al mando de los adalides Eulogio Parra y Donato Guerra —por delegación que les hizo el general Ramón Corona, comandante en jefe del Ejército de Occidente— derrotaron a las fuerzas invasoras francesas y a sus aliados conservadores. Esto ocurrió meses antes del triunfo de Querétaro, donde se enterró, en el cerro de las Campanas, el espurio Imperio de Maximiliano.
Un año después, con motivo del primer aniversario de tan extraordinario suceso, el entonces gobernador, don Antonio Gómez Cuervo, notable tequilense, promulgó el Decreto número 57 de la Legislatura que presidía el jurista Andrés Terán, y que, en lo conducente, dice: «Se declara día de fiesta cívica en el Estado el 18 de diciembre, aniversario de la acción de la Coronilla, que dio por resultado en Jalisco la restauración del Gobierno de la República…».
Es, como puede entenderse, un mandato bien fundamentado y que, no solo por ese decreto, sino por lo que significa para Jalisco y México, debe conmemorarse efusivamente. El olvido que al respecto impera es lamentable.
El segundo acontecimiento al que, renglones arriba, nos referimos es el combate en que los insurgentes, al mando del bien recordado José Antonio «el Amo» Torres, libraron contra las fuerzas virreinales el 4 de noviembre de 1810. Allí se demostró cómo el pueblo sencillo, impulsado por su ansia de libertad, venció a la soberbia de la autocracia que mandaba en la antigua Nueva Galicia —por entonces ya Intendencia de Guadalajara, futuro Jalisco— y con ello abrió la segunda etapa de la Guerra de Independencia que, en la Perla de Occidente, teniendo al Padre de la Patria, ejecutó actos que trascendieron excepcionalmente: organizó el primer gobierno nacional, abolió la esclavitud, inauguró la publicación del primer periódico, El Despertador Americano, abolió las alcabalas y previó la repartición de tierras para los desposeídos.
Aquí debemos resaltar al gran paladín que identificamos como «el Amo» Torres. Él, tras su increíble triunfo, fue el primer gobernador del futuro Jalisco, del 11 de noviembre de 1810 hasta que arribó el Padre de la Patria el 26 del mismo mes. Había sido comisionado para insurreccionar la Nueva Galicia y, tras rápidos triunfos en todo el sur de la Intendencia, desde Tizapán hasta Zacoalco, donde obtuvo una contundente victoria el 4 de noviembre de 1810, tomó la ciudad de Guadalajara, recibiéndola de emisarios del H. Ayuntamiento de la capital tapatía. Luego avisó a Hidalgo de su triunfo y lo invitó a pasar a la ciudad para consolidar el movimiento insurgente.
Cuando Hidalgo dejó el mando, Torres continuó, en medio de la lucha, con su encargo hasta su martirio y muerte a manos de los españoles, en Guadalajara, el 23 de mayo de 1812. Todo lo anterior debemos difundirlo porque entraña grandeza y fervor patrio.
El tercer caso nos habla de cómo la Revolución mexicana, en su etapa constitucionalista, alcanzó la victoria más eminente de la lucha armada, iniciada en la estación de Orendain, cerca de El Arenal, y concluida con la ocupación de la capital jalisciense el 8 de julio de 1914. Años después, con motivo de tan importante episodio, se aprobó la Constitución Política del Estado, en 1918. En ambos acontecimientos fue estelar el esclarecido líder del movimiento obrero de Cananea, en 1906, y después destacado gobernador de Jalisco, don Manuel M. Diéguez Lara. La antigua calle de San Cristóbal fue renombrada como «Ocho de Julio» y ahí permanece, recordando a todos tan enormes acontecimientos: el triunfo armado de la razón y la justicia social, así como la instauración del orden y la ley.
Al respecto, que sepamos, la fecha pasó desapercibida, lo que va en detrimento de la memoria colectiva y deja mal parados a los políticos, así como a las autoridades educativas y culturales e, incluso, a los organismos civiles no gubernamentales.
Finalmente aludiremos al caso del Parque de la Solidaridad, ubicado entre Guadalajara y Tonalá. Con motivo del bicentenario de la creación del Estado de Jalisco, el 16 de junio de 2023, se le impuso el nombre de General Luis Quintanar, dizque porque fue el primer gobernador —meramente circunstancial— del estado ese año. Lo cierto es que este personaje, oriundo de San Juan del Río, Querétaro, fue un realista, perseguidor implacable de los insurgentes; luego, dejando las armas virreinales, se alió con el codicioso Iturbide, quien lo premió haciéndolo comandante de la Ciudad de México y elevándolo —junto con Anastasio Bustamante— a mariscal de campo (grado inexistente en el Ejército mexicano) y, en 1822, capitán general de Nueva Galicia, donde se ostentó como vehemente iturbidista. Esa condición motivó que se le viera con desconfianza por su desbordado iturbidismo y por haber sido gobernador accidental del estado, temiéndose que desde aquí prohijara el regreso del exemperador.
Las circunstancias políticas lo hicieron aparecer como federalista, pero su tozudez provocó que Jalisco perdiera Colima y, por poco, también a Zapotlán, que por sí misma volvió a Jalisco. Poco después, en 1824, Quintanar fue depuesto y apresado por fuerzas del Gobierno general dirigidas por el prócer Nicolás Bravo. La generosidad jalisciense, encarnada por el ilustre Prisciliano Sánchez, nuestro primer gobernador constitucional, le otorgó en 1825 una jugosa pensión. La magnanimidad de don Guadalupe Victoria lo libró del exilio.
En 1829 salió de su letargo, pues el general Anastasio Bustamante, su inseparable amigo, era vicepresidente de la República, al lado del general Vicente Guerrero. Así se incorporó al activismo para que su camarada defraudara al primer mandatario, y Quintanar formó parte de un triunvirato de ideología centralista —en el que figuraba Lucas Alamán— que entregó el poder al sedicioso, terminando así 1829. El usurpador Bustamante lo designó jefe militar en varias entidades federativas, lo protegió y lo salpicó con la mancha de la muerte del presidente constitucional, el tenaz luchador por la independencia de México, Vicente Guerrero, quien murió traicionado el 14 de febrero de 1831. Quintanar siguió gozando de la protección de Bustamante. A la salida del poder de su benefactor era comandante militar de Oaxaca.
Mientras tanto, Jalisco buscaba defender los principios federalistas, amenazados por Bustamante, Santa Anna y el clero. A la cabeza figuraban liberales como el vicegobernador encargado del Poder Ejecutivo, José Ignacio Herrera y Ayón, así como los destacados líderes Juan N. Cumplido y Pedro Tamez, quienes compitieron por la gubernatura. El 5 de febrero de 1833, el Congreso local calificó las elecciones, dando como triunfador al doctor Pedro Tamez y como vicegobernador al doctor y maestro Juan Nepomuceno Cumplido. Identificado Quintanar con los adversarios del federalismo, los tres personajes promovieron en el Congreso estatal que se le condenara, lo que se logró el inmediato 11 de febrero al emitirse el Decreto 470, en el cual se sostiene que, habiendo renunciado de facto a su carácter de caudillo de la Federación, se le suprimía la pensión que se le había otorgado y se ordenaba retirar su retrato del recinto legislativo.
Cuando regresó como presidente centralista el general Bustamante, de 1834 a 1836, Quintanar continuó usufructuando su respaldo y volvió al Supremo Tribunal de Guerra como presidente. En ese cargo murió, en la Ciudad de México, en 1837. Como es evidente, este señor no merece que en nuestra tierra se le conmemore como héroe. En cambio, a preclaros forjadores del estado y de la República federal, como el doctor José de Jesús Huerta o Juan N. Cumplido, no se les ha otorgado el prominente lugar que deberían ocupar en los anales de Jalisco.
Por ello decimos: la desmemoria histórica es un irritante olvido cívico, un defecto que en nuestra entidad no debería tener lugar.



