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JALISCO

Lo que se rompe

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Opinión, por Iván Arrazola

En política, las rupturas no ocurren de manera súbita; son el resultado de un proceso acumulativo en el que las decisiones públicas, la percepción ciudadana y la capacidad de respuesta institucional dejan de coincidir.

Cuando esa distancia se amplía, lo que se fractura no es únicamente la aprobación de un gobierno, sino el vínculo de legitimidad que lo sostiene.

En ese sentido, observar lo que ocurre en Jalisco permite identificar una constante: el desgaste acelerado de los gobiernos en turno, particularmente cuando no logran traducir sus decisiones en soluciones que la ciudadanía perciba como justas.

Este patrón comienza a manifestarse en la administración de Pablo Lemus. A pesar del corto tiempo en la gubernatura, la acumulación de problemas —y, sobre todo, la forma en que han sido gestionados— ha generado cuestionamientos relevantes.

El caso de la seguridad es ilustrativo: se trata de un problema estructural que trasciende administraciones estatales y que también involucra al gobierno federal, especialmente en un contexto donde la toma de decisiones se ha centralizado. Si bien la exigencia recae en el gobierno estatal, la solución requiere la concurrencia de múltiples instancias, lo que complejiza la respuesta.

Algo similar ocurre con el problema del agua contaminada. Aunque es un fenómeno heredado, derivado de deficiencias acumuladas en infraestructura, su expansión a distintas zonas del área metropolitana ha elevado el nivel de exigencia social.

En política, no basta con señalar el origen de los problemas; los gobiernos son evaluados por su capacidad para contenerlos y resolverlos. La legitimidad, en este sentido, no depende del punto de partida, sino de los resultados percibidos.

Sin embargo, es en el tema del transporte público donde la ruptura comienza a delinearse con mayor claridad. A diferencia de los anteriores, este es un ámbito en el que la responsabilidad recae directamente en la administración actual.

El anuncio inicial de un incremento a la tarifa, acompañado de mecanismos de compensación mediante tarjetas, evidenció desde el principio una lógica tecnocrática que no logró conectar con la experiencia cotidiana de los usuarios.

La reacción social —particularmente de grupos con capacidad de movilización— obligó a realizar ajustes, como el establecimiento de tarifas diferenciadas para estudiantes. Más adelante, ante la persistencia de críticas, se anunció la eliminación de condicionantes para acceder a tarifas subsidiadas.

En apariencia, estas decisiones reflejan apertura; sin embargo, también ponen en evidencia un problema más profundo: la falta de una narrativa coherente y consistente.

En política, la autoridad no se sostiene únicamente en la toma de decisiones, sino en la congruencia entre discurso, acción y resultados. Cuando las decisiones se perciben como reactivas o contradictorias, la confianza pública se debilita.

En este caso, el subsidio al transporte —financiado con recursos públicos— no ha sido suficiente para contener la inconformidad, en parte porque se acompaña de un discurso oficial que enfatiza logros estructurales, pero minimiza las dificultades cotidianas.

Es precisamente ahí donde la ruptura se vuelve más evidente. Mientras el gobierno destaca la modernización del sistema —nuevas unidades y ampliación de líneas de transporte masivo—, una parte importante de la población enfrenta condiciones muy distintas.

En las periferias del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), cientos de miles de personas lidian diariamente con traslados largos, unidades saturadas y la necesidad de utilizar múltiples medios de transporte para llegar a sus destinos.

Esta desconexión entre el discurso institucional y la realidad social erosiona uno de los pilares fundamentales del ejercicio del poder: la capacidad de empatía política.

Cuando un gobierno deja de reconocerse en la experiencia de sus gobernados, la fractura se vuelve más profunda que una simple desaprobación. Lo que se rompe es la idea de representación.

La ciudadanía deja de percibir al gobierno como un intermediario de sus intereses y comienza a verlo como una estructura distante, incluso ajena.

En este contexto, el problema no radica únicamente en la decisión de incrementar la tarifa, sino en la incapacidad de construir una justificación socialmente aceptable.

La política, entendida como el espacio donde se articulan intereses y se construyen acuerdos, exige no solo eficacia técnica, sino también legitimidad simbólica. Cuando esta se pierde, las decisiones —por más justificadas que puedan parecer en términos administrativos o económicos— se perciben como imposiciones.

Lo que comienza a vislumbrarse es una ruptura: la de promesas incumplidas. Se fractura, sobre todo, la idea de una nueva forma de hacer política, aquella que se presentó como cercana, sensible y distinta a las prácticas tradicionales.

El gobierno de Pablo Lemus haría bien en comprender que, en el contexto actual, ya no es suficiente emitir mensajes en redes sociales y esperar la aceptación automática de sus decisiones.

Lo que se requiere es reconstruir el vínculo con la ciudadanía a partir de una comunicación más directa, empática y consistente. Esa conexión solo será posible si el gobierno logra colocarse del lado de las personas, entendiendo su realidad.


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