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Entre polémicas y pasiones: La Liguilla mexicana vuelve a demostrar su locura
Miscelánea Deportiva, por Esteban Trelles Meza
En este impredecible fútbol mexicano no siempre califican los mejores. En esta ocasión, la justicia divina imperó.
El más decepcionante fue el América, que avanzó a la Liguilla en octavo lugar, como se diría coloquialmente, “de panzazo”. Lo mismo ocurrió con la UANL, que terminó séptimo. Ambos hicieron una temporada no mediocre, sino paupérrima. Como siempre, los comentaristas televisivos se desvivieron en elogios, destacando al “animal de Liguillas” y a los “Felinos del Norte ricachones”, a quienes permanentemente colocan como favoritos.
La gran sorpresa, sin duda, es Pachuca. Aunque Chivas es el equipo que mejor juega de todos, lo viene demostrando desde la incorporación del argentino Gabriel Milito como técnico del Rebaño. Gracias al “Chicharito”, Guadalajara no avanzó a semifinales la temporada pasada, pese a haber sido superior a la “Máquina Celeste”.
Pachuca es un proyecto que recién inició con Esteban Solari. Con un trabajo serio y responsable eliminó al actual bicampeón Toluca. Mohamed perdió la brújula con el torneo paralelo de Concacaf, ya que alinear a unos descontrola a otros al no tener un cuadro base titular. Eso obliga a los técnicos a usar plantillas alternas y echar mano de los 30 futbolistas profesionales registrados reglamentariamente.
La tabla general no miente. Quienes quedaron entre los ocho de la Liguilla lo hicieron de manera regular, a excepción de los eternos favoritos, que avanzaron “de panzazo”.
Andrés Vaca, como narrador, es excelente. Tiene la pimienta y ese toque especial que le da emoción a un encuentro de fútbol. Sin embargo, se vuelve insoportable cuando elogia al América. Tras el empate de los “cremosos” en CU, el entusiasmo por el equipo de la televisora fue apoteósico. Decían que un gol más los convertiría en un equipo de época, brillante y lleno de jerarquía.
El silbante, el sobrevalorado César Ramos, marcó un penalti más que polémico y ni siquiera recurrió al VAR. El capitán Henry Martín se perfilaba para ejecutarlo y el narrador Vaca se desbordó en elogios desmesurados. Pero, sorpresa: el supuesto súper goleador americanista estrelló el disparo en el poste. El destino puso a cada quien en su lugar, prevaleciendo la objetividad y neutralidad que deberían tener narradores y comentaristas, quienes suelen exagerar virtudes y minimizar desaciertos.
No podemos negar que el encuentro entre UNAM y América fue una final adelantada, tanto en el Banorte como en CU. América vino de atrás con una defensa de auténtico “atole”, que hacía presagiar una goleada universitaria. Sin embargo, de pronto se “enconchó” y logró empatar. Como dicen de los tapatíos, “a lo Atlas”.
América no mostró un nivel sobresaliente. Al igual que el “Chicharito” al fallar el penal contra Cruz Azul, Henry Martín terminó manchando su actuación y convirtiéndose en villano.
Curiosa y casualmente, siempre sucede lo mismo con el América: un penal a favor en las postrimerías del encuentro, cortesía del “Gato” Ortiz… perdón, de César Ramos. Decisiones de este tipo deberían revisarse en el VAR, pero al árbitro le valió un “cacahuate”. Al final, la justicia divina prevaleció.
El fallo de Henry Martín será difícil de olvidar. Quizá pudo haber significado un campeonato, porque un América motivado es difícil de detener. Futbolísticamente hablando, el capitán sobrevalorado atraviesa una etapa complicada: en las últimas temporadas pasó más tiempo en el “taller de reparaciones”, desaparecido del mapa, veterano, desenganchado y fuera de ritmo.
Para terminar con el tema, el América presumió por primera vez en su historia alinear sólo jugadores nacionales. Curiosamente, eso contrasta con su estirpe, ya que los extranjeros han sido la base de su grandeza: Fidalgo, Brian Rodríguez, Cáceres y, anteriormente, Quiñones, entre otros. De un universo de 30 jugadores registrados, apenas cuatro son canteranos consolidados.
Incluso presumían en aquella ocasión, al inicio de temporada, tener tres equipos completos de puro jugador nacional. Lo hicieron para cumplir con el reglamento de novatos y no por otra razón.
La cereza del pastel fue, al igual que en el “Play-In”, la clasificación del América por la puerta de atrás, justo en el último lugar entre los ocho finalistas de la Liguilla, situación que se repitió esta temporada. Lo que más le duele a su dueño es no poder conquistar la Concacaf, una asignatura pendiente que ya se convirtió en obsesión.
Como afición, debemos acostumbrarnos a que la trampa y el ardid estarán presentes por siempre, destacando el todopoderoso América, que seguirá siendo amo y señor de la Liga MX. Su reinado tiene para rato; forma parte de su ADN y difícilmente cambiará.
Esto me recuerda mucho al partido político hegemónico que durante décadas fue amo y señor del país y terminó saqueándolo. El gran escritor Mario Vargas Llosa lo describió como “la dictadura perfecta”.
Algo similar ocurre con el equipo de la televisora. No ocultan su poder y lo pregonan a los cuatro vientos; lo presumen sin problema y hasta los ciegos lo pueden ver.
Como diría alguien: “es lo que tenemos”. Los empresarios saben que ahí está el “botín de los valientes”, permaneciendo bajo la sombra del amo y gozando de ciertas ventajas y preferencias.
Lo que sí debemos aplaudir es la Liguilla. Lo hemos dicho siempre: llegó para quedarse. Es un minicampeonato donde no existen especulaciones y el único objetivo es ganar.
La maquinaria empresarial de nuestro fútbol es única en el mundo. En nuestra defensa, podemos decir que no se sabe a ciencia cierta de apuestas y campeonatos amañados, como sí ocurre en otros países con potencias futbolísticas, principalmente europeas.
Las rivalidades entre equipos existen a muerte en los clásicos de cada país. Hay fanáticos exacerbados, locos y enajenados que lo toman demasiado en serio, llegando incluso a los golpes en una barbarie fuera de lugar. Al final, sólo es un juego; nada tiene que ver con la patria ni con el honor.
La “chamacada” del chiverío tiene todo por ganar y nada que perder, pero también enfrenta una oportunidad única para campeonar. Difícilmente volverá a presentarse una ocasión como ésta. La “Máquina” no es tan poderosa como muchos piensan y se le puede derrotar. Lo lógico sería una final entre Guadalajara y UNAM, los mejores del torneo, aunque sabemos que la lógica rara vez impera en el fútbol mexicano.
Al final, quien sale ganando es la afición, que puede disfrutar de un espectáculo en toda la extensión de la palabra. Las emociones estarán al rojo vivo y, además, “de reojo”, el Mundial hará que en otros países al menos se enteren de nuestro fútbol. El campeón será tema de conversación internacional, como diría el finado Roberto Gómez Bolaños: “sin querer queriendo”.
Por último, hay que decir que Guadalajara tiene todo para ser campeón: un equipo joven, dinámico y frontal, con líneas homogéneas y funcionamiento colectivo, dirigido por Gabriel Milito.
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