OPINIÓN
La opacidad automatizada
Luchas Sociales, por Mónica Ortiz
En la era de la tecnología y la información, hablar de transparencia y rendición de cuentas se ha convertido en un reto para las generaciones actuales. El papel de las autoridades responsables, o como lo establece la ley, de los sujetos obligados —es decir, las instituciones públicas y entidades que deben entregar información conforme a la normatividad— ha cambiado radicalmente.
Hoy en día, el uso de la inteligencia artificial como herramienta exige que los usuarios comprendan que esta tecnología se basa en información y no actúa como un ente que proporciona verdades absolutas. La era digital presenta riesgos asociados con la automatización, mismos que pueden alejarnos de los fundamentos de la investigación y la verificación.
Aunque la inteligencia artificial puede ofrecer datos de manera rápida, en muchos casos esta información no está siendo corroborada adecuadamente, lo que puede generar confusión y desinformación.
En México, el derecho de acceso a la información está reconocido constitucionalmente y constituye una herramienta básica para vigilar el ejercicio del poder público. Durante más de tres décadas, la transparencia y la rendición de cuentas permitieron a la ciudadanía solicitar información para entender el actuar de los gobiernos: cómo, cuándo y dónde se ejercía el presupuesto público, cuáles eran las acciones gubernamentales y de qué manera se ajustaban a la ley.
Hoy, la inteligencia artificial está agilizando y simplificando ese acceso a la información. Sin embargo, debemos tener cuidado en la manera en que la entendemos, pues la IA es precisamente eso: una herramienta que debe ser verificada y no utilizada como una fuente de verdad absoluta.
Recordar el papel de la transparencia, la rendición de cuentas y el derecho a la información nos permite acercarnos al verdadero derecho a saber. Sin embargo, los mecanismos que utilizábamos para obtener información han cambiado: hoy son más rápidos y sencillos, aunque también menos verificables.
No hemos dejado de tener acceso a la información, pero sí hemos dejado de ejercer, de manera cotidiana, el derecho de acceso a la información mediante solicitudes precisas y directas a través de las plataformas oficiales.
Actualmente, damos por hecho que la información proporcionada por la inteligencia artificial es correcta, cuando en realidad puede tener un amplio margen de error e incluso “alucinar” con datos no verificados. La IA es, sin duda, una herramienta útil y poderosa, pero también es necesario aprender a verificar la información que proporciona y comprender el alcance y utilidad de una tecnología tan vasta.
El derecho a la información, como derecho humano que nos permite conocer cómo, cuándo y dónde se ejercen las acciones de gobierno y los presupuestos públicos, enfrenta hoy un debilitamiento derivado de la automatización y de la facilidad con la que obtenemos información. Aunque resulta fascinante acceder a datos de manera rápida y ordenada, el riesgo de que dicha información no sea completamente verídica nos coloca en desventaja frente al verdadero ejercicio del derecho a la información.
A la inteligencia artificial hay que verificarle siempre las fuentes y entender que es una herramienta, no una fuente de verdad absoluta. También debemos reconocer que abandonar los mecanismos tradicionales para obtener información gubernamental puede hacernos retroceder y debilitar el ejercicio del derecho a saber.
El reto es para la ciudadanía; la comodidad, muchas veces, es para el gobierno. La utilidad de la inteligencia artificial como fuente de información también representa un riesgo para el derecho a saber. Su verdadero impacto radica en la manera en que las personas entendemos y ejercemos nuestro derecho a la información, pues la facilidad de preguntar a una inteligencia artificial puede provocar que dejemos de cuestionar, verificar y buscar directamente las fuentes oficiales.
Sin duda, esto representa un riesgo para el ejercicio del derecho a la información. Concientizar a la ciudadanía sobre el uso responsable de la IA es fundamental para evitar un retroceso generacional y un abismo entre la sociedad y la obtención de información gubernamental que permita entender qué hace un gobierno y cómo ejecuta sus responsabilidades y obligaciones.
Porque saber para decidir sigue siendo, al final, nuestro papel como ciudadanos. Somos quienes ejercemos el derecho a saber y quienes elegimos gobiernos y partidos políticos. Esa responsabilidad democrática no debe dejarse únicamente en manos de los algoritmos y la tecnología.
La inteligencia artificial puede acercarnos a la información, pero no debe alejarnos de la exigencia pública de transparencia. El derecho a saber no se agota en recibir una respuesta rápida, sino en poder conocer, contrastar y exigir explicaciones sobre las decisiones que afectan la vida pública.
Cuando dejamos de preguntar a las instituciones, de revisar documentos oficiales y de exigir rendición de cuentas, abrimos espacio a una nueva forma de opacidad: una opacidad cómoda, automatizada y aparentemente eficiente, pero igualmente peligrosa para la democracia.
Por eso, frente a la tecnología, el desafío no es rechazar sus beneficios, sino impedir que sustituya nuestra responsabilidad ciudadana. La transparencia requiere fuentes, memoria institucional, archivos abiertos, solicitudes de información y gobiernos obligados a responder.
La ciudadanía, por su parte, requiere criterio, duda razonable y voluntad de verificar. En tiempos de algoritmos, defender el derecho a saber implica no renunciar a preguntar; implica no permitir que la facilidad de una respuesta oculte la profundidad de una obligación pública.
La opacidad también puede disfrazarse de inmediatez. Por ello, si la información es poder, verificarla es una forma de ejercer ciudadanía. El futuro democrático no dependerá solamente de tener más datos disponibles, sino de conservar viva la capacidad de exigirlos, entenderlos y cuestionarlos. Porque el derecho a saber sigue siendo una herramienta de libertad, y ninguna tecnología debe convertirse en pretexto para debilitarlo.



