OPINIÓN
Palabras para habitar el mundo: Gilbert Torres, escribir, compartir y construir comunidad
Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias
Gilbert Torres —arquitecto, escritor y autor de Cuando el miedo se vaya— se acercó a la literatura desde muy pequeño. “Mi madre siempre fue mucho de leerme; me compraban cuentos infantiles… fui un niño con mucha pasión por la lectura”. Entre libros ilustrados, películas de Disney y las primeras historias que memorizaba, se formó un lector que aún no imaginaba que ese hábito se convertiría en vocación.
Nacido en Guadalajara, su familia se desplazó por Nayarit, Tijuana y distintos puntos de la ciudad debido al trabajo de su padre. Aquella vida itinerante, lejos de desestabilizarlo, le permitió conocer otras formas de pensar y de vivir. “La manera de pensar de la gente de la costa es muy diferente a la de aquí… y en el norte también. Aprendes muchas cosas”. Aquellos años lo hicieron más observador.
Además de los libros, hubo otro lenguaje que lo acompañó desde niño: el dibujo. “Llegué a vender dibujos”, cuenta entre risas. Calcaba figuras de libros de Disney, entrenando la mano y la mirada. Esa combinación —imagen y palabra— se convertiría más tarde en una herramienta clave para su trabajo creativo y para el taller literario que hoy dirige.
En la adolescencia, la literatura dejó de ser solo entretenimiento. La historia de J. K. Rowling, escribiendo en servilletas mientras viajaba en tren, lo impactó profundamente. “Pensé: ojalá yo pudiera hacer algún día algo así”. No sabía cómo, pero ya intuía que escribir podía ser un destino.
Cuando llegó el momento de elegir carrera, Torres pensó en Filosofía y Letras. Su padre le sugirió una profesión “más tradicional”, pero le dio un consejo que marcaría su vida: nunca abandonar sus pasiones. Eligió Arquitectura, convencido de que, al menos, seguía siendo una de las bellas artes. Y tenía razón: la sensibilidad estética que desarrolló ahí terminaría filtrándose en su escritura.
El giro decisivo llegó cuando conoció al escritor Dante Velázquez, quien lo invitó al Perro Taller Literario. Ahí, por primera vez, alguien leyó sus textos con rigor. “Siempre hay una reticencia a mostrar lo que uno escribe… pero me sentí muy cómodo”. Ese taller le dio estructura, comunidad y su primera publicación: una crónica incluida en Espiral Viajero. “Ver mis palabras en un libro fue maravilloso… como decir: ya me puedo morir en paz”.
Tras terminar la carrera, Torres se mudó a Tijuana y comenzó a trabajar en un proyecto ambicioso: una novela histórica sobre Gilles de Rais, mariscal francés y figura oscura del siglo XV. “Era un proyecto enorme… no sabía cómo empezarlo”. Entre talleres breves, lecturas y un trabajo de oficina que lo dejaba exhausto, avanzó lentamente. A veces solo escribía un párrafo por noche, pero nunca dejó de hacerlo. “Estamos acostumbrados a que todo llegue rápido… pero la constancia es más importante que el talento”.
Siete años después, la novela quedó terminada. Aún espera una editorial que apueste por ella, pero para Torres ya es un logro invaluable.
De vuelta en Guadalajara, retomó talleres y siguió escribiendo. Pero también empezó a rondarle una idea: abrir su propio taller literario. No se sentía preparado; no había estudiado Letras formalmente. Todo cambió cuando conoció a su esposa, quien sí provenía de Letras Hispánicas. “A las dos semanas le propuse hacer un taller”.
La primera sesión fue un fracaso: nadie llegó. Pero volvieron el siguiente domingo. Y el siguiente. Y el siguiente. “Es una pasión… aunque nadie nos oyera, lo íbamos a hacer”. Cinco años después, Taller Ermitaño tiene grupos todos los días, una comunidad sólida y dos antologías publicadas.
El nombre viene del cangrejo ermitaño: crece en comunidad y cambia de concha cuando necesita expandirse. “Queremos ser esa primera concha”, dice Torres. “Después, que cada quien encuentre la suya”.
En medio de esa vida de talleres surgió Cuando el miedo se vaya, obra ganadora de la convocatoria La Maleta de Hemingway. Originalmente iba a ser un cuento, pero en el taller le sugirieron convertirlo en novela. Con solo dos capítulos revisados y el tiempo encima, Torres se lanzó a escribir sin descanso. “Soy lentísimo para escribir… releo cada frase mil veces”.
Aun así, terminó justo a tiempo. La historia —distópica, violenta y emocional— está inspirada en una persona real, aunque transformada por la ficción. El final fue lo más difícil de resolver. “Tenía que ser dramático… era necesario cerrar fuerte”. El protagonista se ama y se odia al mismo tiempo. “Eso me hace pensar que el trabajo estuvo bien hecho”.
Además de escribir, Torres se ha convertido en un promotor cultural. Con Habítame, la segunda antología del taller, reunió a 30 autores que escribieron sobre lugares reales o imaginarios. Él mismo ilustró el libro con acuarelas y bocetos arquitectónicos. Presentarlo en la FIL Guadalajara —gracias a la alianza con Mandrágora Ediciones— fue un logro colectivo.
El taller no busca formar únicamente escritores profesionales. También recibe personas que escriben por terapia, por memoria familiar, por curiosidad o por simple placer. “Cada quien tiene un propósito”.
Gilbert Torres habla de legado, pero lo que deja ver es algo más simple y profundo: la necesidad de contar. De transformar lo vivido, lo leído y lo imaginado en algo que pueda acompañar a otros. Si la literatura es un refugio, él ha decidido construirlo a mano, palabra por palabra.





