OPINIÓN
Tecnofeudalismo: Los nuevos señores feudales
Opinión, por Miguel Anaya
Durante siglos pensamos que el feudalismo era una reliquia de los libros de historia. Castillos, armaduras, caballeros y campesinos inclinando la cabeza frente al señor del castillo. Un sistema tan antiguo que parecía imposible imaginarlo fuera de un museo.
Con la llegada del capitalismo, nos convencimos de que la riqueza ya no dependía de la sangre ni de la tierra, sino de la innovación, el esfuerzo individual y la competencia. El mercado reemplazaba a la nobleza y cualquiera, al menos en teoría, podía prosperar.
Pero la historia tiene otros datos.
Hace no mucho, el economista griego Yanis Varoufakis lanzó una provocación intelectual que muchos consideran exagerada. Sostiene que quizá el capitalismo no está evolucionando, sino que está siendo reemplazado por algo distinto: el tecnofeudalismo.
La palabra suena excesiva. Casi diseñada para escandalizar. Sin embargo, las mejores preguntas suelen disfrazarse de exageraciones.
El feudalismo no consistía únicamente en que unos pocos nobles fueran ricos y muchos plebeyos pobres. Su característica esencial era mucho más sencilla: el señor controlaba el acceso. La tierra no era valiosa solo porque produjera trigo. Era valiosa porque nadie podía vivir en ella sin permiso. Quien quería trabajar debía aceptar las condiciones del propietario.
El poder nacía del control. Hoy, casi nadie necesita un campo para sobrevivir; necesita una pantalla.
Google no escribe los millones de artículos que hay en Internet. Amazon no fabrica la mayoría de los productos que vende. Meta no produce las fotografías que aparecen cada minuto en Instagram. Uber no posee la mayoría de los automóviles que utiliza. ChatGPT se alimenta de todo lo anterior y de las ideas que vamos introduciendo.
Sin embargo, todos cobran, y lo hacen porque controlan el lugar donde ocurre el intercambio.
La riqueza ya no pertenece únicamente a quien fabrica el producto. Pertenece más a quien posee la puerta de entrada. Y las puertas son un negocio extraordinario.
Durante décadas pensamos que la competencia consistía en fabricar mejores automóviles, mejores refrigeradores o mejores computadoras. Hoy, una buena parte de la economía consiste en lograr que nadie pueda entrar o salir de una plataforma sin pagar un costo.
Quien quiere vender necesita aparecer en un buscador. Quien quiere desarrollar una aplicación necesita entrar a una tienda digital. Quien desea que su restaurante exista para millones de consumidores termina pagando comisiones a plataformas que, hace veinte años, ni siquiera existían.
La «plaza pública digital» tiene propietario, tiene algoritmo y tiene vigilancia. Mucha vigilancia. Por supuesto, también tiene términos y condiciones que aceptamos sin leer, con el mismo entusiasmo con el que antes se firmaban contratos que nadie entendía.
Por supuesto, aquí aparecen los matices.
Muchos economistas consideran que Varoufakis exagera. Después de todo, seguimos viviendo bajo reglas capitalistas: existe propiedad privada, competencia, inversión, ganancias y trabajo asalariado. No han regresado los castillos ni los títulos nobiliarios.
Probablemente tengan razón. Quizá el nombre sea incorrecto o algo exagerado.
Pero también es posible que la discusión importante no sea cómo llamar al sistema, sino reconocer que la naturaleza del poder está cambiando. Y no sería la primera vez que ocurre.
La Revolución Industrial no solo inventó máquinas; inventó empresarios, obreros, sindicatos y fábricas con supervisores y gerentes. Cambió la manera de producir y terminó cambiando la política, la cultura y hasta la forma de entender el tiempo.
Ahora está ocurriendo algo parecido.
Ya no basta distinguir entre ricos y pobres; empieza a dibujarse otra frontera.
Entre quienes diseñan los algoritmos y quienes viven sometidos a ellos; entre quienes poseen plataformas y quienes dependen de ellas para trabajar; entre quienes convierten nuestra atención en ganancias y quienes regalamos horas enteras creyendo que el producto era gratuito.
Ni siquiera los nuevos millonarios se parecen a los antiguos industriales. Muchos no producen acero, automóviles o petróleo. Producen atención. Su materia prima es el tiempo que millones de personas entregan voluntariamente frente a una pantalla. Descubrieron que, en la economía digital, capturar la mirada vale más que fabricar una máquina.
Quizá, dentro de cien años, nadie recuerde si esto era capitalismo digital, capitalismo de plataformas o tecnofeudalismo. Los historiadores siempre bautizan las épocas cuando ya terminaron.
Lo verdaderamente interesante será:
¿En qué momento dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en usuarios? Y, sobre todo, ¿cuándo aceptamos que la nueva forma de obediencia ya no necesitaba cadenas, sino una contraseña impuesta por nosotros mismos?




