OPINIÓN
Raymundo Gómez Flores: Las lecciones que deja una vida
Por Violeta Moreno Haro.
Hay personas cuya ausencia obliga a detenerse porque, cuando se van, uno descubre que no solamente pierde a alguien cercano: pierde también una conversación, una mirada sobre el mundo y una de esas voces a las que acudía para entender mejor las cosas.
Raymundo Gómez Flores fue para mí una de esas personas.
Tuve en Raymundo a uno de mis amigos más cercanos, pero también a uno de esos hombres cuya experiencia termina convirtiéndose en escuela para quienes tienen el privilegio de escucharlos. Entre las mujeres que hacíamos política, probablemente fui la más cercana a él, por la cantidad de conversaciones, confidencias y aprendizajes que compartimos.
Hablábamos mucho. De política, de personajes, de gobiernos, de empresarios, de decisiones que cambian carreras y vidas. También de bromas, porque teníamos el mismo tipo de humor, y de temas que podían convertir una comida en cena.
Una de esas conversaciones se me quedó especialmente grabada.
Raymundo me contó que, después de haber trabajado en el Ayuntamiento de Guadalajara, hubo una época en la que vendía comida y preparaba diariamente un carrito. Trabajaba tantas horas que prácticamente no dormía. Hasta que un día, mientras empujaba aquel carrito, entendió algo esencial: podía dedicar la misma cantidad de tiempo a una actividad que apenas le permitiera salir adelante o utilizar esas horas para construir algo de mayor escala.
No fue una revelación sobre trabajar menos. Fue una revelación sobre pensar mejor.
Entendió que el tiempo tenía un valor y que el verdadero salto estaba en aprender a multiplicar el resultado del esfuerzo. Siempre pensé que en esa historia estaba contenido mucho del Raymundo que después conoció Jalisco.
Porque Raymundo tenía algo difícil de enseñar: visión.
Sabía trabajar, pero también sabía leer. Leer personas, momentos, negocios, política y posibilidades. Ese modo de pensar dejó huella en Jalisco desde el lugar que le tocó ocupar, y no me queda duda de que hubiera sido uno de los gobernadores más revolucionarios que hubiéramos tenido.
Provenía además de una familia de emprendedores. Había una cultura alrededor del trabajo, pero después cada persona construye su propia historia, y Raymundo construyó una enorme.
Yo conocí también esa parte. Al hombre.
El que podía hablar del poder sin deslumbrarse por él. El empresario que recordaba los días en que dormir era casi un lujo. El hombre capaz de dejar una lección a partir de una historia sencilla o incluso de una película como Zorba el griego.
Y si hay algo por lo que debemos recordarlo es por su profundo amor por México, por Jalisco y por Guadalajara. Había conocido prácticamente todo el mundo. Era un ciudadano del mundo y podía haber elegido muchos lugares para vivir. Sin embargo, me dijo muchas veces cuánto amaba estar y vivir en Guadalajara.
Ese amor tenía todavía más valor porque nacía de la posibilidad de elegir. Conocía otras ciudades, otros países y otras formas de vida, y aun así elegía volver. Amaba profundamente México, tenía un amor infinito por Jalisco y Guadalajara era el lugar al que pertenecía y el que más amaba.
Hoy, además de recordarlo, toca honrarlo viviendo.
Viviendo la vida al máximo, como él la vivió. Con alegría, intensidad, curiosidad, pasión y esa voluntad de seguir adelante aun cuando las circunstancias cambian.
Raymundo entendía que la vida no era para contemplarla desde lejos. Había que construirla, disfrutarla, aprender de ella y volver a empezar cuantas veces fuera necesario.
Quizá la mejor manera de recordarlo no sea únicamente mirar hacia atrás, sino seguir adelante justo como él lo hubiera hecho: con pasión por lo que viene, con alegría por estar vivos y con la determinación de hacer que nuestro tiempo valga más.
Yo puedo decir muchas veces de Raymundo Gómez Flores: esto me lo enseñó él. Y siempre podré decirlo con orgullo.



