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OPINIÓN

Imaginar otra sociedad

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Por Miguel Anaya.

Durante siglos, la humanidad organizó su vida alrededor de una idea bastante sencilla: quien trabaja produce, quien produce recibe un ingreso y quien recibe un ingreso puede consumir. Sobre esa estructura levantamos nuestras familias, nuestras ciudades, nuestros gobiernos, nuestras pensiones y hasta nuestra autoestima.

El problema es que la inteligencia artificial está comenzando a modificar, de manera irreversible, cada una de esas premisas.

A veces pensamos en la IA como si se tratara únicamente de una nueva aplicación para redactar correos, hacer imágenes o contestar preguntas, como si fuera otra plataforma de entretenimiento. No es así. Estamos frente a una transformación profunda de nuestra realidad.

La inteligencia artificial ya puede analizar información, redactar documentos, programar, traducir, diagnosticar patrones, diseñar estrategias y realizar tareas que antes exigían años de formación. Todavía comete errores y depende de infraestructura humana. Pero el punto no es lo que hace hoy, sino la velocidad con la que está mejorando. El cambio de era podría llegar mucho antes de que nuestras instituciones terminen de entender qué está ocurriendo.

La historia ofrece una advertencia importante: la tecnología nunca ha garantizado que la riqueza se distribuya de manera justa. Durante la Revolución Industrial, la productividad aumentó considerablemente mientras millones de trabajadores vivían en condiciones precarias y sus salarios tardaron décadas en mejorar. Más tarde, los derechos civiles, las instituciones gubernamentales y la educación pública permitieron que una parte mayor de esa riqueza llegara a la población.

La lección es clara: la tecnología produce posibilidades; las instituciones deciden quién se beneficia.

Por eso, la pregunta central no es si la inteligencia artificial destruirá empleos; seguramente lo hará. La pregunta es: ¿qué ocurrirá cuando la riqueza pueda producirse con cada vez menos trabajo humano?

Si el ingreso continúa dependiendo principalmente de tener un empleo, el sistema enfrentará una contradicción gigantesca. Las máquinas podrán producir más, pero millones de personas tendrán menos capacidad para comprar aquello que las máquinas producen. Podríamos terminar en una economía de abundancia y una sociedad de escasez. Mucha riqueza, pero concentrada en muy pocas manos.

Y aquí aparece el problema decisivo: ¿quién será dueño de las máquinas que producen la riqueza?

Si la inteligencia artificial y la robótica quedan concentradas en unas cuantas empresas, sus propietarios tendrán un poder económico y político todavía mayor que el de los grandes industriales del pasado o el de los señores feudales.

Por eso resulta ingenuo suponer que el progreso tecnológico terminará beneficiando automáticamente a todos. Nunca ha sucedido así. La distribución no es un efecto natural de la innovación: es una decisión política.

Tal vez debamos comenzar a pensar en mecanismos como una renta básica, servicios públicos universales o diferentes formas de propiedad sobre la infraestructura tecnológica. No porque exista una fórmula perfecta, sino porque las respuestas conocidas han sido diseñadas para una sociedad que pronto cambiará radicalmente.

También tendremos que replantear la idea misma de individuo.

Durante mucho tiempo se nos dijo que nuestro valor dependía de ser productivos, competitivos, exitosos y económicamente útiles. Estudiar, trabajar, ascender, comprar y acumular. Pero ¿qué ocurre cuando una máquina puede hacer muchas de esas cosas mejor, más rápido y más barato?

¿Dejaremos de tener valor porque ya no somos los más eficientes?

Esa sería una conclusión profundamente pobre. El ser humano no debería definirse únicamente por su capacidad de producir mercancías. Una sociedad más avanzada tendría que valorar también la amistad, la participación política, la creación cultural, el conocimiento, la capacidad de construir proyectos colectivos… No se trata de romantizar la improductividad, sino de dejar de confundir el sentido con el rendimiento económico.

La inteligencia artificial nos obliga a imaginar una sociedad muy distinta a la de los últimos siglos, y los gobiernos deberían estar legislando desde ahora sobre concentración tecnológica, propiedad de datos, seguridad social universal, renta básica, reconversión profesional, acceso público a herramientas de inteligencia artificial, etc. No para frenar el progreso tecnológico, sino para evitar que ese progreso termine convertido en una nueva forma de desigualdad, dependencia o precarización.

El cambio de era ya comenzó. Lo que todavía no ha comenzado, con la misma intensidad, es nuestra labor política.

Y quizá esa sea la tarea más urgente: dejar de preguntar cómo conservar intacta la sociedad que conocimos y empezar a pensar qué sociedad queremos construir cuando ya nada funcione como antes.

Porque el futuro no será determinado únicamente por lo que la inteligencia artificial sea capaz de hacer, sino por lo que nosotros decidamos permitir, regular, compartir y defender colectivamente.


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