OPINIÓN
Vitrina mundialista, realidad ciudadana
Luchas Sociales, por Mónica Ortiz
Y aunque la euforia del Mundial 2026 nos mantiene, con justa razón, el espíritu enaltecido, la planeación y ejecución de un evento de esta magnitud son, en el fondo, una tarea de estricta administración pública. La gestión logística, la seguridad, así como la coordinación entre el gobierno estatal y los municipales, tanto antes como durante la justa, constituyen una métrica fundamental del quehacer gubernamental. Al final, gobernar consiste precisamente en eso: saber canalizar, organizar y materializar lo que la sociedad demanda.
La derrama económica y el posicionamiento de nuestra entidad como anfitriona internacional son logros con un indudable mérito institucional, pero también son asignaturas sujetas a la evaluación ciudadana. Por ello, la eficiencia en la organización de este magno evento será, sin duda, un activo central en la narrativa de los próximos procesos electorales, capitalizado tanto por la oposición como por quienes hoy ostentan el poder.
En este sentido, es indudable que la derrama económica para Jalisco es importante y que posicionar al estado como un destino turístico clave resulta fundamental, un estatus que poseemos a pesar de los desafíos en materia de seguridad. Sin embargo, diversos sectores empresariales sostienen que las expectativas han quedado por debajo de lo proyectado. Mientras tanto, las autoridades locales despliegan una sutil campaña anticipada sobre los logros, las obras y la infraestructura creados para este evento.
Lo que no visualizan los actuales gobernantes es que no era necesaria la presión de un Mundial para intervenir estructuras obsoletas, como las vialidades, o para consolidar líneas de transporte público que ya eran una necesidad imperante para la ciudadanía. En teoría, la preparación para recibir la justa internacional es positiva, pero la visibilidad del turista no debió ser el único motor de la conectividad urbana. Al concluir el torneo, los gobiernos deberán mantener el ritmo de mejora y responder a las demandas sociales, pues la obligación de transformar la entidad es permanente, incluso cuando no haya visitantes extranjeros que nos observen.
Sin embargo, no todo ha sido miel sobre hojuelas. Durante casi todo el año, la ciudadanía ha padecido los estragos de los preparativos y las obras de mejoramiento urbano para recibir este evento mundialista. Hasta el momento, quienes han sufrido con mayor rigor el costo de este proceso son los comerciantes del Centro Histórico de Guadalajara; las remodelaciones previas, sumadas al deficiente esquema de instalación del FIFA Fan Fest, les han ocasionado severas pérdidas económicas, a pesar de la promesa oficial de que el Mundial traería consigo su recuperación financiera.
La decisión del Ayuntamiento de Guadalajara, del Gobierno del Estado y de los organizadores de “amurallar” el recinto dejó aislados a los negocios locales, privándolos de la oportunidad de participar en la derrama económica proyectada.
Que el beneficio se concentre en las arcas gubernamentales o en patrocinadores externos, a costa de asfixiar al comercio local establecido en los municipios, constituye un grave error de planeación. Esta falta de sensibilidad social e institucional deberá ser recordada y sopesada por los afectados cuando se busquen las reelecciones en los ayuntamientos, pues un político que encabeza la administración pública tiene la obligación de gobernar con una visión integral y jamás prosperar a expensas del bienestar de sus propios ciudadanos.
Una parte importante de la opinión pública jalisciense mantiene la percepción de una profunda desconexión entre las prioridades de la agenda oficial —enfocada en la proyección internacional, la infraestructura para espectáculos y los modelos de recaudación eficientes— y la realidad de nuestra entidad, donde las urgencias cotidianas giran en torno a la seguridad, la accesibilidad económica, los servicios básicos y el respeto a los derechos humanos. Si bien es cierto que una justa deportiva internacional enorgullece y resulta culturalmente necesaria para elevar el ánimo de un país afectado por la violencia generalizada, las desapariciones y la injerencia del crimen organizado, también es urgente que los gobiernos y la clase política entiendan que la ciudadanía ha cambiado.
Hoy en día, la sociedad evalúa y contrasta información verificable al instante, y ya no idealiza partidos ni colores; se ha vuelto más crítica y pragmática. Por ello, este magno evento debe dejar en la conciencia colectiva la necesidad de erradicar la simulación política y gubernamental. Frente al inicio de un nuevo periodo electoral, el compromiso ciudadano exige decidir con absoluta conciencia.
Al final, el evento terminará, las obras permanecerán y las lecciones quedarán. Entonces, los gobiernos deberán evaluar qué sigue pendiente por reparar, mejorar o construir más allá de un estadio, para que el ciudadano perciba un trabajo público constante y no únicamente el esfuerzo desplegado para recibir visitantes.
Porque, al final, los visitantes también son ellos: quienes hoy ocupan los gobiernos, los curules y los cabildos. La diferencia es que los ciudadanos se quedan; los políticos están de paso.





