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OPINIÓN

El fútbol hizo lo que la política no quiso

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Opinión, por Violeta Moreno Haro

A veces, el país necesita muy poco para recordar que todavía puede sentirse unido. Un gol, una jugada, una pantalla compartida, una familia viendo el partido en la sala, una calle llena de camisetas verdes, una mesa donde, por un rato, nadie pregunta por quién votaste. Y eso, en el México de hoy, no es menor.

El fútbol hizo algo que la política lleva años deshaciendo: nos puso del mismo lado de la emoción. No resolvió los problemas del país, no acabó con la violencia, no arregló la economía, no corrigió la desigualdad ni devolvió la confianza en las instituciones. Pero, por noventa minutos, logró algo que muchos discursos oficiales no han podido: que millones de personas se reconocieran en una misma esperanza.

Eso debería decirnos algo.

México vive demasiado fragmentado. Nos acostumbraron a mirar al otro como adversario, fifí, conservador, traidor, vendido, resentido, privilegiado, ignorante o enemigo del pueblo. La política, especialmente desde el poder, ha abusado de esa lógica: divide, etiqueta, señala y luego se sorprende de que la sociedad esté cansada, desconfiada y emocionalmente rota.

El problema no es que existan diferencias. Una democracia vive de las diferencias. El problema es convertir cada diferencia en una frontera moral. Si no piensas como yo, eres parte del problema. Si criticas al gobierno, estás contra el pueblo. Si defiendes algo distinto, eres sospechoso. Esa narrativa puede servir para ganar elecciones, pero no sirve para construir país.

Por eso el Mundial terminó mostrando una contradicción hermosa y dolorosa. El mismo país que no se siente escuchado por sus gobiernos, que se siente lejos de sus autoridades, que desconfía de sus partidos y que, muchas veces, vive agotado por la violencia cotidiana, encontró en el fútbol un espacio mínimo de pertenencia. No perfecto, no profundo, no suficiente, pero real.

Ahí estaban personas de distintas clases, edades, colonias, partidos, estados y formas de vida celebrando lo mismo. Algunos en estadios; otros, en plazas; otros, en fondas; otros, en casas; otros, frente a televisiones viejas o pantallas gigantes. La pelota logró juntar lo que los discursos dividen.

Y, claro, eso también tiene algo de escapismo. Sería ingenuo negarlo. El fútbol puede ser descanso, anestesia, consuelo, fiesta y negocio al mismo tiempo. Puede unirnos un rato y dejarnos, mañana, frente a los mismos pendientes. Pero incluso ese rato importa, porque un país que solo vive en el enojo también se enferma.

Lo delicado es que la política debería aprender de esa emoción compartida, no intentar apropiársela. El ánimo nacional no se decreta desde una conferencia, no se fabrica con propaganda y no se administra desde un partido. Se construye cuando la gente siente que pertenece a algo más grande que su cansancio.

Tal vez por eso el fútbol pegó tanto: porque no pidió credencial ideológica. No preguntó si eras oficialista u opositor. No exigió obediencia. Solo ofreció una posibilidad sencilla: gritar juntos.

México no necesita menos política; necesita mejor política. Una que no confunda gobernar con dividir, ni comunicar con pelear, ni mayoría con permiso para humillar.

El fútbol nos recordó que todavía hay país debajo del ruido. Ojalá la política lo entendiera antes de seguir rompiéndolo.


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