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OPINIÓN

Lo que decidimos admirar: El éxito en la era del algoritmo

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Nunca había sido tan sencillo captar la atención de millones de personas. Basta un teléfono celular, una conexión a internet y un algoritmo dispuesto a mostrar aquello que consigue más interacciones. En cuestión de horas, una persona puede convertirse en el centro de la conversación pública sin haber escrito un libro, desarrollado un descubrimiento científico, construido una empresa o alcanzado una hazaña deportiva.

La atención dejó de ser, en muchos casos, la consecuencia de una trayectoria para convertirse en un objetivo por sí mismo. Lo preocupante es que ese cambio, que a primera vista parece únicamente tecnológico, está modificando silenciosamente la manera en que entendemos el éxito, el prestigio y aquello que, como sociedad, decidimos admirar.

Toda comunidad necesita referentes. No porque todos vayamos a recorrer el mismo camino, sino porque las personas a las que admiramos terminan influyendo, consciente o inconscientemente, en aquello que consideramos digno de aspirar. Un niño que crece admirando a un científico probablemente descubrirá el valor del conocimiento; quien encuentra inspiración en un deportista comprenderá la disciplina que exige alcanzar la excelencia; quien observa el recorrido de un empresario serio entenderá que detrás de cada proyecto exitoso suelen existir años de trabajo, fracasos y perseverancia. Los referentes no determinan nuestro destino, pero sí ayudan a moldear nuestras aspiraciones, pues terminan definiendo qué conductas reciben reconocimiento social y cuáles pasan inadvertidas.

Durante mucho tiempo, el reconocimiento social estuvo ligado, al menos en cierta medida, al mérito. Nadie se convertía en un médico respetado de la noche a la mañana; un investigador dedicaba años a su formación antes de hacer una aportación relevante; un artista construía una obra a lo largo de décadas y un profesionista consolidaba su prestigio con el paso del tiempo. El reconocimiento no era inmediato, pero precisamente por eso tenía un significado especial: representaba el resultado de una trayectoria. Primero venía el trabajo; después llegaba el reconocimiento. La fama era una consecuencia, no el objetivo.

Las redes sociales alteraron profundamente esa lógica. No porque hayan eliminado el mérito, que sigue existiendo y sigue siendo indispensable, sino porque cambiaron los incentivos. Hoy, la atención puede obtenerse por caminos muy distintos y el algoritmo no distingue entre aquello que aporta valor y aquello que simplemente provoca más reacciones. Su objetivo no es formar ciudadanos ni promover la cultura; su función consiste en mantenernos conectados el mayor tiempo posible.

Sin embargo, sería injusto responsabilizar exclusivamente a las plataformas. Al final, los algoritmos no hacen otra cosa que amplificar nuestras propias preferencias. Si el contenido basado en la ostentación, el escándalo o el exceso alcanza millones de reproducciones, es porque millones de personas decidimos detenernos a verlo. Las redes sociales funcionan como un espejo que refleja aquello que consumimos, compartimos y celebramos. El problema no es el espejo; el problema es lo que hemos comenzado a aplaudir.

Quizá por eso hoy resulta más sencillo reconocer el automóvil de un creador de contenido que el nombre de un investigador mexicano; conocemos con detalle la vida privada de personas cuya única virtud es mantenerse visibles, mientras ignoramos a quienes todos los días producen conocimiento, emprenden, enseñan, crean arte, innovan o dedican su vida al servicio público con honestidad. No es que esas personas hayan desaparecido. Siguen ahí. Lo que ha cambiado es la cantidad de atención que estamos dispuestos a concederles y, con ello, el tipo de reconocimiento que otorgamos como sociedad.

Lo verdaderamente preocupante no es que existan personas exitosas o que alguien disfrute legítimamente del fruto de su trabajo. Aspirar a una mejor calidad de vida es natural y deseable. La diferencia está en aquello que admiramos. Una cosa es reconocer el esfuerzo que hizo posible una trayectoria y otra muy distinta es admirar únicamente la apariencia del éxito.

Cuando dejamos de interesarnos por el camino y solo nos obsesiona el resultado, terminamos enviando un mensaje peligroso, especialmente a las nuevas generaciones: que lo importante no es construir una vida valiosa, sino proyectar una vida envidiable.

Esa transformación cultural tiene consecuencias que van mucho más allá de las redes sociales. Una sociedad que premia sistemáticamente la visibilidad por encima del mérito termina modificando sus propios incentivos.

Si el reconocimiento público depende cada vez menos del conocimiento, de la creatividad, de la disciplina o del trabajo, y cada vez más de la capacidad para llamar la atención, no debería sorprendernos que muchos jóvenes orienten sus esfuerzos hacia aquello que perciben como la ruta más rápida al reconocimiento. No porque sean menos capaces o comprometidos que las generaciones anteriores, sino porque toda sociedad responde, inevitablemente, a los incentivos que construye.

No se trata de condenar la tecnología ni de idealizar el pasado. Las redes sociales también han democratizado el acceso a la información, han permitido que miles de emprendedores encuentren clientes, que artistas difundan su obra y que especialistas compartan conocimiento con audiencias que hace apenas unos años eran impensables. La tecnología, por sí misma, es neutral. Somos nosotros quienes decidimos qué hacemos con ella y, sobre todo, a quién convertimos en referente dentro de ese inmenso escaparate digital.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué entendemos hoy por prestigio. Si realmente queremos construir una sociedad más preparada, más innovadora y más justa, tendremos que volver a reconocer el valor del esfuerzo silencioso, de la preparación constante, del talento cultivado y de las trayectorias construidas con paciencia.

Las sociedades no cambian únicamente cuando aprueban nuevas leyes o eligen nuevos gobiernos. También cambian cuando transforman aquello que consideran digno de reconocimiento. Al final, la cultura no se construye solo en las escuelas o en las familias; también se construye cada vez que decidimos a quién seguimos, a quién escuchamos, a quién convertimos en modelo y, en última instancia, a quién admiramos.

Mientras sigamos confundiendo notoriedad con grandeza y visibilidad con mérito, corremos el riesgo de formar generaciones convencidas de que llamar la atención es mucho más importante que aportar algo valioso al mundo.


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