OPINIÓN
El cerco de la ultraderecha: México y Brasil, los últimos contrapesos de América
Opinión, por Pedro Vargas Ávalos
Al concluir los recuentos de los votos, tanto en Colombia como en Perú, el criticado por sus ligas con las mafias, Abelardo De la Espriella, así como la ultraderechista Keiko Fujimori, surgieron como ganadores en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en esos países. La suma de los sufragios que cada uno recibió fue muy apretada frente a sus adversarios de la izquierda, Iván Cepeda y Roberto Sánchez, respectivamente: menos de un 1 % separó a De la Espriella de Cepeda en esa segunda vuelta electoral celebrada el pasado domingo 21 de junio.
Cepeda dijo haber «decidido aceptar el resultado» y que «Abelardo De la Espriella es el nuevo presidente de la República», añadiendo que, como muestra de su espíritu republicano y cívico, lo hacía «…como un acto de responsabilidad democrática. Lo hago para contribuir a la convivencia, a la paz y al diálogo entre colombianos. Lo hago porque creemos profundamente en la democracia y estamos convencidos de que las diferencias políticas deben resolverse mediante la participación ciudadana, el respeto a las instituciones y la deliberación pública».
Por su parte, Fujimori, candidata del partido Fuerza Popular, obtuvo el 7 de junio el 50.135 % de los votos válidos, frente al 49.865 % del candidato de izquierda Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, según la autoridad electoral peruana. Es decir, esa diferencia entre ambos candidatos presidenciales fue de 49 mil 641 votos, uno de los márgenes más estrechos registrados en una elección presidencial durante las últimas décadas.
En ambos casos hubo una fuerte polarización política y se marcaron varios factores comunes: la fragmentación de las fuerzas populares; la intervención descarada de los intereses yanquis, que auspiciaron derramas de dólares para comprar votos; la participación de la derecha que, sumada al empresariado reaccionario, presionó a la clase trabajadora para votar contra los mandatarios salientes y, desde luego, una administración gubernamental apenas mediana de esos gobernantes, quienes no pudieron convencer a las mayorías para refrendar sus regímenes de izquierda.
A los acontecimientos electorales anteriores habremos de sumar lo registrado en Argentina, Bolivia, Ecuador y Chile, donde triunfaron los aspirantes presidenciales que se alinearon con los injerencismos trumpistas.
En el caso del «che» Javier Milei, ya sabemos lo desaforado que es en su comportamiento y su actitud vasalla ante Donald Trump. Por lo que ve a los bolivianos, el actual presidente de su país, Rodrigo Paz Pereira, quien asumió el cargo el 8 de noviembre de 2025, marcó el fin de casi dos décadas de mandatos de izquierda del partido Movimiento al Socialismo, que alentaba el expresidente Evo Morales y que ahora está fragmentado.
El gobierno de Paz ya eliminó la visa para los ciudadanos estadounidenses, promovió el regreso de un embajador de Estados Unidos a Bolivia —expulsado en los tiempos de Evo Morales— y logró préstamos multimillonarios, incluido un paquete del Banco Interamericano de Desarrollo, con sede en Washington, a fin de —eso dice— impulsar la economía y crear empleos.
En Ecuador, el bautizado como «gringo», Daniel Noboa Azín, es un junior (su padre, Álvaro Noboa, es reputado como el ecuatoriano más rico y aspiró a la Presidencia varias veces), nacido en Miami, en medio de la opulencia, y educado en Estados Unidos. Sorpresivamente llegó a la Presidencia en 2023 por una crisis política que acabó con el mandato de Guillermo Lasso; se reeligió en 2025 con el apoyo del Tío Sam, encarnado en el camorrista Trump, y contando, al igual que los anteriores exponentes, con los dirigentes locales de la reacción, millones de dólares, oposición dividida y autoridades electorales controladas. El acto más relevante de este «gringo» fue invadir la Embajada de México, violando el derecho internacional. Es, por lo tanto, un destacado servidor del dirigente de piel naranja de Estados Unidos.
En Chile, tras el devaluado gobierno del izquierdista Gabriel Boric, llegó al poder el neonazi José Antonio Kast el 11 de marzo de 2026, al ganar la segunda vuelta de las elecciones. Este nuevo jefe de Estado chileno, la más pura versión de la ultraderecha, es tan radical que los analistas políticos lo ubican dentro del neonazismo. Es, pues, otro súbdito de Trump.
Por lo que ve a la más reciente victoria de la derecha en Perú, la japonés-peruana Keiko Fujimori significa una verdadera tragedia para la democracia y, desde luego, para el país andino: es «el retorno de un proyecto político que en su primera encarnación (1990-2000, presidencia y luego dictadura de Alberto Fujimori) implantó de manera irreversible el modelo neoliberal, perpetró documentados crímenes de lesa humanidad, llevó la corrupción a niveles inéditos y puso en marcha un intento de limpieza étnica mediante la esterilización forzosa de más de 270 mil mujeres, en su inmensa mayoría indígenas, campesinas y quechuahablantes. Keiko fue primera dama de su padre, Alberto, cuando tuvieron lugar estos crímenes.
Lejos de denunciarlos, la mandataria electa sostiene que su progenitor ha sido el mejor presidente en la historia de Perú» (La Jornada, 30-VI-2026). Es un acabado ejemplar de cómo se actúa sin escrúpulos en política. De esa forma tuvo la habilidad de dominar el Poder Legislativo y, desde allí, librarse de procesos penales, derrumbar gobiernos legítimos, impulsar la corrupción, adulterar la democracia y ahora apoderarse de la Presidencia.
Cuando asuma el mando contará con 41 de los 44 diputados necesarios para bloquear una destitución, por lo que será la primera gobernante nacional en completar su mandato desde Ollanta Humala (2011-2016). Así, Perú, con un robusto neoliberalismo, pasará de la inestabilidad a una autocracia que revivirá el primer fujimorato.
Todo lo anteriormente narrado estrecha el cerco de la ultraderecha sobre América Latina y confirma que —como dice el artículo antes citado— «la región atraviesa un ciclo en el que el populismo punitivo, la glorificación de la violencia de Estado, el individualismo y la demonización de la solidaridad son los principales imanes del voto en sociedades exhaustas por la inseguridad e incapaces de formular respuestas colectivas a la exclusión y la desigualdad».
Al trumpismo solo le resta asaltar las dos naciones más grandes de Iberoamérica: México y Brasil. Y hace lo posible por desestabilizarlas.
Por lo que ve a la gran república sudamericana, Luiz Inácio Lula da Silva se erige como un bastión formidable para evitar que triunfe la derecha. Sin embargo, como esta corriente —la derecha— no tiene escrúpulos, pero sí mucha hipocresía y dinero, además del apoyo de la reacción internacional encabezada por Trump, Brasil debe estar muy atento o podría retornar el señor Bolsonaro, líder de la oposición con sello trumpista.
Lula fue el primer líder sindical en alcanzar la Presidencia brasileña en 2002. Después de dos mandatos muy populares, entre 2003 y 2010, y luego del gobierno del fascista Jair Bolsonaro —quien lo encarceló—, retornó al poder en 2023 tras una victoria electoral histórica. Ahora es el baluarte democrático en el sur de América.
En cuanto a México, ya sabemos que en 2018 la ciudadanía se rebeló y en las urnas le dio en la cara al neoliberalismo, llevando al poder al líder del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Tras el sexenio de este, le sucedió la actual mandataria, Claudia Sheinbaum Pardo, quien arribó al poder tras un histórico triunfo electoral, pues fue aplastante —casi 35 millones de sufragios— la votación que obtuvo frente a sus opositores. A la fecha, todas las encuestas —incluyendo las que auspician sus críticos— le dan un respaldo ciudadano que gira alrededor del 70 %.
Cuando asumió la Presidencia aseguró: «No llego sola, llegamos todas. Con las heroínas que nos dieron patria, nuestras ancestras, nuestras madres, nuestras hijas y nuestras nietas», y refrendó las banderas de su antecesor: «Por el bien de todos, primero los pobres; con el pueblo todo, contra el pueblo nada; no puede haber un gobierno rico con un pueblo pobre. Nunca traicionar, ni mentir ni robar».
Son, pues, México y Brasil dos salvedades, recios contrafuertes que sostienen, por ahora, los principios democráticos de libertad, soberanía, fraternidad y desarrollo compartido, mediante los cuales se han constituido como los valladares frente a la ultraderecha, el entreguismo y la reacción que amenazan a Hispanoamérica.



