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El país que volvió a creer: El Mundial que devolvió la ilusión a millones de mexicanos

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Por Diego Morales Heredia

Hubo un momento en que dejó de importar la ciudad desde donde se miraba el partido. Guadalajara, Monterrey, Mérida, Puebla, Tijuana o la Ciudad de México parecían el mismo lugar. Miles de personas vestidas de verde abrazaban a desconocidos, hacían sonar el claxon, levantaban banderas y repetían una pregunta que durante años parecía prohibida para la afición mexicana: ¿Y si sí?

No era únicamente futbol. Era la sensación, casi olvidada, de volver a ilusionarse sin miedo.

Durante mucho tiempo, cada Copa del Mundo terminó de una manera parecida. México competía, avanzaba cuanto podía y, cuando llegaban los partidos de eliminación directa, el sueño se apagaba demasiado pronto. La costumbre fue convirtiendo la prudencia en una defensa emocional. Mejor no ilusionarse demasiado. Mejor no decirlo en voz alta. Mejor no creer antes de tiempo.

Pero este Mundial cambió algo. No solo porque la Selección Mexicana derrotó 2-0 a Ecuador, avanzó a los octavos de final y consiguió su primera victoria en una fase de eliminación mundialista en cuatro décadas. Lo hizo, sobre todo, porque logró que millones de personas volvieran a creer antes de conocer el desenlace.

En Guadalajara, la ilusión encontró una de sus postales más poderosas. Desde horas antes del partido, la ciudad comenzó a vestirse de verde, blanco y rojo. El FIFA Fan Fest del Centro Histórico volvió a llenar su aforo, con miles de personas reunidas desde antes de las cuatro de la tarde. La Minerva, como tantas otras veces en la historia deportiva de Jalisco, empezó a convertirse en punto de encuentro, desahogo y esperanza.

Llegaron familias completas, grupos de amigos, niños con la camiseta verde, jóvenes envueltos en banderas y adultos que han visto pasar generaciones mundialistas sin perder del todo la fe. Había cornetas, música, vendedores, figuras del “Pato Merlín”, de Javier Aguirre y de los futbolistas mexicanos. Había nervios. Había ansiedad. Pero, sobre todo, había una emoción que hacía mucho tiempo no recorría las calles con tanta fuerza.

El primer gol tuvo incluso algo de misterio. Justo cuando México abrió el marcador, la pantalla instalada en La Minerva sufrió una falla y la transmisión se interrumpió. Durante unos segundos nadie supo exactamente qué había pasado. La imagen regresó mostrando únicamente a los jugadores mexicanos celebrando. Bastó esa escena para que miles de personas entendieran todo sin necesidad de ver la repetición.

Entonces explotó la glorieta. Volaron cervezas, ondearon banderas, aparecieron los abrazos y algunos lloraron como si aquel gol hubiera roto algo más que un empate. Después llegó el segundo. Después, el silbatazo final. Y entonces Guadalajara dejó de contenerse.

La Minerva se llenó de claxonazos, cánticos, humo verde, blanco y rojo, niños sobre los hombros de sus padres y voces que celebraban no solo una victoria, sino el regreso de una esperanza colectiva. De acuerdo con reportes de las autoridades, más de 45 mil personas se concentraron en la glorieta, mientras que el Fan Festival del centro tapatío reunió a más de 51 mil asistentes durante la jornada.

No todo fue celebración. Durante la transmisión del encuentro se registraron disturbios en el Fan Fest del Centro Histórico, que derivaron en la detención de al menos cinco personas. Fueron momentos de tensión dentro de una jornada marcada, en su mayoría, por una movilización multitudinaria y festiva.

La escena, sin embargo, no pertenecía solo a Guadalajara. En distintos puntos del país se repitió el mismo impulso. Plazas públicas, avenidas, bares, restaurantes y monumentos se llenaron de aficionados que salieron a celebrar una clasificación que se sentía distinta. Por unas horas, México volvió a reconocerse bajo una misma camiseta, una misma bandera e ilusión.

Había algo nuevo en el ambiente. No era únicamente la alegría del triunfo. Era la sensación de que esta selección transmite una solidez poco habitual en los últimos años. México no solo ganó: compitió, resistió, no recibió gol y llegó a la siguiente ronda con argumentos para alimentar una esperanza que ya no parecía simple terquedad de aficionado.

Después quedó definido el siguiente desafío. Inglaterra será el rival en los octavos de final. Una selección histórica, encabezada por figuras de talla mundial y acostumbrada a disputar grandes escenarios. El reto es enorme. Pero el ánimo ya no es el mismo.

Apenas se confirmó el enfrentamiento, la expectativa se desbordó. Los boletos en la reventa alcanzaron cifras millonarias, las redes sociales se llenaron de pronósticos, memes y mensajes de aliento, y en las conversaciones cotidianas volvió a aparecer la misma pregunta. ¿Y si sí?

Quizá sea demasiado pronto para hablar de hazañas. El cierre de edición nos impide profundizar. Quizá Inglaterra imponga el peso de su historia. Quizá México escriba una de las páginas más importantes de su futbol. Eso se sabrá cuando ruede el balón.

Pero hay algo que este Mundial ya consiguió. Logró que un país acostumbrado a despedirse demasiado pronto volviera a permitirse el lujo de soñar. Logró que desconocidos se abrazaran en las calles, que las familias salieran juntas a festejar, que los niños vieran a sus padres emocionarse y que una generación entera recuperara, aunque fuera por unas semanas, la fe en una camiseta.

Esa victoria no aparecerá en las estadísticas. Pero quizá sea una de las más importantes que el futbol mexicano ha conseguido en muchos años.


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