OPINIÓN
FIFA, la máscara de la democracia y la injerencia de Trump
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
El fútbol, ese opio de las masas que mueve voluntades y fortunas incalculables, ha dejado de ser el territorio neutral que la FIFA pregonaba a los cuatro vientos. En medio de la fiesta futbolera, lo que queda en el aire es un hedor a política, resultados dudosos con arbitrajes muy parciales, una deshumanización que avergüenza.
La careta de la “apolítica” FIFA cayó estrepitosamente en este Mundial. El caso de Folarin Balogun, el máximo goleador de la Selección de Estados Unidos, es el botón de muestra de una injerencia inédita: una llamada de Donald Trump al presidente Gianni Infantino bastó para revertir una sanción reglamentaria. Un pisotón, una tarjeta roja indiscutible, se transformó, por arte de magia y presión política, en un año de prueba para que la estrella de la casa pudiera jugar.
¿Dónde queda el “juego limpio”? Infantino, lejos de defender la autonomía arbitral, capituló ante el poder del país anfitrión, validando la tesis de que, para la FIFA, los reglamentos se doblan si el teléfono suena desde la Casa Blanca.
Mientras tanto, en otro rincón del tablero, la sombra de la duda se cierne sobre Argentina. Su triunfo ante Egipto en octavos —con un gol anulado y un penal escamoteado a los egipcios— huele a favor arbitral hacia el producto comercial más redituable de las últimas décadas: Lionel Messi. Es innegable el talento del argentino, pero el arbitraje parece siempre inclinar la balanza hacia los gigantes. Ante la ausencia de un Egipto poderoso en los pasillos de la FIFA, el VAR se convirtió en un adorno, dejando claro que en este negocio no todos los países pesan igual.
A esto sumamos la frialdad inhumana de un organismo que nada en la opulencia. Mientras las utilidades de este Mundial crecen un 70% y los boletos se vuelven bienes de lujo, la FIFA apenas atinó a un minuto de silencio ante la tragedia de los terremotos en Venezuela. Ni un gesto económico contundente, ni solidaridad real. Solo la opacidad de siempre y un discurso de “cultura de paz” que se desmorona ante la realidad de un negocio que se sabe deshumanizado.
El fútbol, hoy, es una extensión del tablero geopolítico. La intervención de Trump y el arbitraje a modo no son errores aislados, son el síntoma de una organización que ha perdido su alma.
La pregunta es si alguien, desde dentro, tendrá el valor de frenar esta decadencia o si, como parece, seguiremos presenciando un juego donde el verdadero campeón no es el que mete más goles, sino el que tiene más poder para manipular las reglas del encuentro.



